sábado, 8 de julio de 2017

De cómo el lenguaje sirve para compartir delirios


Resumen: Debemos estar agradecidos a nuestra vulnerabilidad, a lo insignificante de nuestra condición de partida cuando aterrizamos en este mundo. Ello hizo de nosotros, como dijo Ortega, seres “esencialmente inadaptados e inadaptables”. Por ello, lo primero que inventamos los homines sapiens fue ese refugio frente a la realidad que es la fantasía. De ella nació nuestra inteligencia y nuestro peculiar lenguaje. Y debido a ellos podemos decir que el “homo sapiens” es el único animal capaz de delirar.
     El hombre lo es porque, a diferencia del resto de los animales, se hizo capaz de fabricar utensilios. Para ello tuvo que renunciar a andar a cuatro patas y liberar sus extremidades delanteras, que pasó a utilizar en esa fabricación. Pero alcanzar la verticalidad no fue una tarea fácil para nosotros, los humanos. Especialmente para las mujeres, puesto que una andadura erecta requería caderas más estrechas, lo que redujo el canal del parto, y ello coincidiendo, además, con el momento en el que el cerebro humano estaba aumentando y, por tanto, la cabeza de los bebés haciéndose cada vez más grande. La evolución empujó entonces en la dirección de favorecer los nacimientos más tempranos, para que fuera más fácil realizar el parto. En consecuencia, y ya desde entonces, los seres humanos nacemos prematuramente. Mientras que un potro puede trotar poco después de nacer y un gatito con pocas semanas de vida es capaz de irse a buscar comida por su cuenta, los bebés humanos no podrían sobrevivir si, durante mucho tiempo después de nacer, no hubiera alguien que les procurara sustento, protección y afecto. Por lo demás, su vulnerabilidad hizo que los hombres desarrollaran una sociabilidad y apoyo mutuo mucho mayor que cualquier otro animal.
     Así que empezamos por ser, o al menos sentirnos, insignificantes, más que ningún otro ser vivo, y rápidamente nos dimos cuenta de ello: cuando a un niño lo dejan solo, enseguida sufre la sensación de abandono y le entra el pánico. La insignificancia, la sensación de extrañamiento, el miedo… son las primeras marcas que se incrustan en nuestra personalidad en cuanto reparamos en que hemos llegado a este mundo.
     Es curioso, de todas formas: porque resulta que nuestro triunfo como especie se debe precisamente a nuestra vulnerabilidad, a nuestra insignificancia de partida. Y es que, para compensarlas, desarrollamos ese órgano exclusivo que nos hizo tan diferentes: la inteligencia, el pensamiento abstracto, que, aparentemente al menos, fueron las inmediatas secuelas de nuestro plus de sociabilidad y consiguiente necesidad de comunicarnos, es decir, de la aparición del lenguaje. Esto sería así, pues, si la inteligencia hubiera evolucionado como consecuencia de nuestra capacidad de poner nombre a las cosas. Yuval Noah Harari llama la atención, sin embargo, en su mundialmente exitoso libro “De animales a dioses”, sobre el hecho de que el tipo de lenguaje que hizo triunfar al homo sapiens sobre el resto de los animales y, más significativamente, sobre los neandertales y las otras especies del género humano, fue un lenguaje que no se reducía a describir las cosas concretas del mundo que le rodeaba, sino que se basaba, y se sigue basando, en ficciones; por tanto en algo que, sin muchos reparos, podríamos considerar delirios, fantasías que la mente de los individuos superpone a la estricta realidad. Eran esas ficciones, los mitos compartidos, las que constituyeron el núcleo de la revolución cognitiva que tuvo lugar hace 70.000 años, y con la que el homo sapiens dejó atrás a todas las demás especies. Mientras que la información compartida a partir de un lenguaje dedicado a describir las cosas reales –la comunicación característica de los neandertales–, solo conseguía sustentar un mundo común del que apenas participaban comunidades, todo lo más, de 150 individuos, compartir mundos ficticios, que era lo que hacía posible el lenguaje a los sapiens, hacía que las comunidades formadas por estos alcanzasen números mucho mayores. Ideas como espíritus, nación, ley, dinero, derechos humanos, Dios… no hacen referencia a ninguna cosa objetivamente constatable, son abstracciones que viven en la mente de los individuos, y, cuando esas abstracciones o ficciones son creídas y compartidas por una comunidad, se alcanza entre sus individuos un grado de cohesión interna que hace que no sea un requisito previo que tales individuos se conozcan para que se sientan parte de una misma comunidad. De esa manera se hizo posible la formación de comunidades de cientos, miles y, a la larga, millones de individuos. Ahí radica la esencial superioridad del homo sapiens.
     Por tanto, parece ser que el lenguaje de esta concreta especie humana no surge primariamente de la necesidad de compartir información referida al mundo exterior, sino que se originó en las entrañas de aquellos individuos, en una fantasía que hay que entender que vino a servir de refugio frente a una realidad que se vivía como hostil. “La imaginación es el poder liberador que el hombre tiene”, decía Ortega; y, evidentemente, de lo que esa imaginación libera es de las apreturas y tribulaciones que produce la realidad. Nuestra esencial inadaptación a esa realidad que sirve de correlato a nuestra intrínseca vulnerabilidad, a nuestra constitutiva insignificancia, habría servido de hornacina para que en ella buscase acomodo nuestro evasivo, introvertido fantaseo. Dios, por ejemplo, sería una alternativa a la realidad; lo mismo que el espíritu, los derechos humanos, la fe en lo que no vemos y todo ese conjunto de ficciones que, una vez compartidas, dan sustento a una cultura y a una sociedad. Y aquel lenguaje del homo sapiens, el mismo que en lo esencial hoy mantenemos, vendría a dar expresión a esas fantasías, a esas ficciones que, en su origen serían elaboraciones de la angustia, del sentimiento de insuficiencia frente a la realidad. Un mito sería así una manera compartida de evadirse de la realidad para tratar de compensar las insuficiencias que sufrimos frente a ella, las incógnitas que nos produce, los miedos que en nosotros desencadena, las esperanzas que, por encima de ella, nos mueven. El mito solo recoge elementos de la realidad como modo coyuntural de dar vestidura a predisposiciones íntimas. Casi, casi podríamos decir, en conclusión, que aquel lenguaje que más nos ha caracterizado desde la revolución cognitiva de hace 70.000 años de la que habla Harari es un a modo de expresión de angustias y derivados suyos compartidos. Eso que, al contrastarlo con la realidad, le hemos puesto, entre otros nombres, el de delirios.