sábado, 20 de agosto de 2016

Heroísmo e Islam

     Nuestra vocación más importante, la principal tarea que habremos de realizar en este mundo, siguiendo un íntimo e ineludible mandato, es llegar a ser héroes. Y las diferentes culturas no son, o no han sido, sino moldes diversos que a los individuos se nos han propuesto sobre maneras posibles de encajar nuestra actividad vital en tal aspiración. El filósofo y psicólogo estadounidense William James (1842-1910) así venía a afirmarlo cuando decía que “el mundo es esencialmente un escenario para el heroísmo”. Una tarea esa a la altura de todo lo que tenemos que superar para llegar a compensar nuestra nadería de partida. Porque empezamos por ser la expresión máxima de la vulnerabilidad y la insignificancia: al nacer, en nada éramos capaces de valernos por nosotros mismos, nuestro cuerpo nos abrumaba bañándonos en vómitos y excrementos, el mundo que nos rodeaba nos resultaba vertiginoso y caótico… Mero anticipo de lo que más adelante aún nos esperaba: tomar conciencia de que tarde o temprano nos llegará la muerte. Embadurnados de mierda, arrojados a un mundo incomprensible y enfrentados a un riesgo permanente de desaparecer: mal empezamos, es evidente. Por eso hemos tenido que construir trayectorias, mitologías, objetivos a través de los cuales contrarrestar nuestras iniciales miserias, elevarnos, como Hölderlin preveía, desde nuestra inicial condición de mendigos, cuando reflexionamos a ras de tierra, hasta la de ser dioses, tal y como nuestros sueños nos proponen. Blaise Pascal observó cómo la religión cristiana atendía a ese difícil equilibrio que nos hace ser miserables para empezar, pero también virtualmente semejantes a Dios: “El cristianismo es extraño –decía–; ordena al hombre reconocer que es vil e incluso abominable, y le ordena querer ser semejante a Dios. Sin tal contrapeso esta elevación le volvería horriblemente vano, o este rebajamiento le volvería horriblemente abyecto”. Cuando el oráculo de Delfos y, evocándolo, el mismo Sócrates nos recomendaba: “conócete a ti mismo”, y Aristóteles venía a plantearnos: “llega a ser el que eres”, ambos ponían también ante nosotros esa tarea de elevarnos hasta nuestra naturaleza divina, sobreponernos a la insustancial apariencia de partida, la insignificante materia prima que inicialmente nos constituye. Y cuando Ulises reconocía ante el cíclope Polifemo que su nombre era “Nadie”, no dejaba de latir en esa constatación su auténtica y más profunda naturaleza, la que, entonces de modo aún tácito y por demostrar, le elevaba a la condición de rey, rey de Ítaca, que su heroísmo acabaría por desvelar.
     Pero ¿cómo conciliar estos enunciados y reflexiones sobre nuestra heroica naturaleza con la evidencia de la universal cobardía de que habitualmente hacemos gala los humanos en las más diversas circunstancias? No hay tal. Una cobardía no es, en realidad, más que una retirada táctica hacia posiciones donde nuestra tarea heroica pueda plasmarse o resultar patente. La psicosis extrae del delirio y la alucinación los recursos necesarios para que uno mismo pueda convencerse, como Don Quijote, de que está haciendo lo necesario para llevar adelante su heroica misión. Y en la neurosis, esa retirada táctica solo precisa del añadido de los ensueños para dejar a salvo la entereza de la propia imagen al contrastarla con aquel objetivo. En general, escogemos vivir en, o atender a, solo aquella parcela del mundo en la que podamos convencernos de que estamos llevando adelante la heroica tarea de compensar nuestras miserias o insuficiencias de partida. Lo que del mundo excede de esas estrictas parcelas en las que se desenvuelve nuestra misión queda desactivado con nuestra desatención, al menos emocional. Y si no nos sentimos capaces de llevar adelante nuestra tarea redentora en primera instancia, aún nos queda el recurso de identificarnos con la que realice un héroe auténtico que nos represente, que siendo capaz de vencer a la muerte, o al menos eclipsarla, nos incluya también a nosotros, por adhesión o por imitación, en su misión redentora.
     Héroe, en última instancia, es el que tiene el valor de desafiar a la muerte. “Valor” es una palabra que procede de “vir”, lo mismo que “virilidad” y que “virtud”. Héroe es el que practica la virtud, y lo hace porque siente que la victoria es posible, y que la vida que, por el contrario, solo mueve la inercia, la aceptación de lo que no exige ningún esfuerzo, la vida viciosa en suma, es un destino inaceptable que nos devuelve a nuestros miserables orígenes. Nuestra cultura occidental parece hoy remansarse, en gran medida, en la hondonada que forman los antihéroes, la aceptación de lo que hay, un arte que impone la vigencia de lo escatológico y de la fealdad, la negación de que, más allá de la neblina que aparenta clausurar lo presente, exista algo más que movilice nuestras ilusiones… en suma, en la aceptación del fracaso y correspondiente hipérbole en el consumo de psicofármacos. La civilización que más lejos ha llevado al hombre, que más héroes ha producido a lo largo de la historia, atraviesa, en muchos sentidos, por un período de fatiga en el que solo parece quedar sitio para esa mitad de lo que somos que más nos empuja, o nos paraliza, hacia la inercia.
 
 
 
     Complementariamente, en los aledaños y en los intersticios de nuestra civilización se ha apostado otra civilización que hace dudar si no sería mejor referirse a ella como modalidad de barbarie: el Islam. Son 1.500 millones los musulmanes que hay en el mundo; a muchos de ellos los ha traído a Europa la inmigración paulatina o impetuosa que se originó a partir de la Segunda Guerra Mundial. En España, la población musulmana alcanza el 4,06% de la población; en Francia, el 8%, en Alemania, el 6%, en Bélgica, el 6% (el 25,5% en Bruselas), en el Reino Unido, el 5%. Son contingentes de población que, en su gran mayoría, no aceptan incorporarse a los modos de vida y a los tejidos sociales de los países que los han acogido. Prefieren formar guetos suburbanos en los que no solo mantienen vivas las enseñanzas coránicas, sino el correspondiente rechazo de todo lo que Occidente significa. Es normal que el resultado último de este choque cultural, considerado desde la perspectiva de las sociedades en que estos musulmanes trabajan, estudian y, les guste o no, realizan su vida –muchas veces ya desde que nacen–, sea la inadaptación. Especialmente los jóvenes, no se identifican en absoluto con el país en el que viven o incluso han nacido. En edades en las que tan necesario resulta tener una identidad, solo mantienen realmente activa una fuente a través de la cual lograrla: su condición de musulmanes. Y el cauce cultural a través del cual lograr llevar a la práctica esa íntima exigencia que todos tenemos de alcanzar la condición de héroes, queda, por tanto, muy restringido. Poner la propia vida al servicio de una misión, sentir que uno se eleva sobre su miserable condición de partida, hacer algo en la vida que merezca la pena, y que no va a estar relacionado ni con sus estudios, ni con su trabajo, ni con las diferentes tareas vitales que la cultura occidental en la que están inmersos propone… ¿cómo hacerlo posible? ¿Qué queda en este sentido al alcance de la mano para un joven musulmán desarraigado y en riesgo de caer en la depresión por no tener nada importante ni interesante que hacer con su vida?
     Gracias a internet, ese joven puede llegar a comprender que aún le queda algo importante que hacer, alguna tarea heroica sobra la que apuntalar su precaria autoestima. No se siente europeo, no tiene ilusión por realizar su proyecto de vida trabajando en ninguna de estas naciones occidentales en las que vive, desprecia la flacidez o morbosidad de las fórmulas de ocio con las que se entretienen sus infieles coetáneos… pero, frente a todo eso, aún le queda un sentimiento de identidad al que aferrarse: es musulmán. Y no un musulmán tibio y contemporizador: eso no sería suficiente. Aún puede poner su vida al servicio de una causa, hacer algo importante… ser un héroe. Las páginas web del Estado Islámico vendrán a hacer el resto.

sábado, 6 de agosto de 2016

La función de la memoria

     Venir a la vida, descender a la realidad, es venir a parar al reino de lo concreto e individual, de la experiencia múltiple, diversa y caótica. Pero ya desde el principio traemos con nosotros una misión: ir agavillando ese sinfín de particularidades mundanas en generalidades, en formas unificadoras, en abstracciones supramundanas. Porque, en lo esencial, somos creadores de hornacinas conceptuales en las que ir introduciendo esa inagotable cantidad de experiencias, sucesos y fenómenos concretos en que la vida consiste, hasta conseguir hacerlos regresar al reino de la Unidad del que sentimos proceder y estar desterrados.
     El infante (también el enfermo mental), rodeado aún por el caos de inconsistencias al que ha venido a parar, trata de escapar, de huir de la realidad. Incapaz de hacerse con conceptos, con generalizaciones que le ayuden a transitar por su circunstancia externa, regresa a su mundo interior, donde sigue vigente el imperio de la estabilidad, de la recurrencia y de la imitación. Escindida como está todavía su necesidad de orden del ámbito de la experiencia, atiende más a aquel que a esta. Empezará a hacer hueco en su memoria (empezará a haber memoria) cuando descubra ahí afuera alguna reiteración que poner a salvo, cuando consiga incorporar lo dado a alguna clase de generalización que lo convierta en significativo, cuando por encima de la dispersión sobre la que todo fluye descubra algo a lo que aferrarse y en lo que ponerse a salvo… cuando de algo descubra que tiene un ser.
 
Representación del Mito de la Caverna, de Platón
 
     Pese a aquellos fracasos de los desmemoriados, el hombre como conjunto es el único ser al que le ha sido permitido adentrarse cabalmente en la realidad, abismarse en el caos de las particularidades, descubrirse como individuo. Platón diría que ha venido a introducirse en el mundo de las apariencias, de lo opinable y paradójico. Y su tarea, dice también, es recordar, descubrir lo esencial detrás de ese velo de singularidades, regresar, después de su experiencia mundana, al ámbito de lo ideal, lo modélico, lo arquetípico. Por eso, la memoria va evolucionando de manera que, cuando uno progresa y se hace mayor, empieza a encontrar dificultades en recordar las cosas concretas y sus nombres, y aumenta, sin embargo, su capacidad de abstracción. Y cuando la memoria va deteriorándose, lo hace, como dice Henri Bergson, como si supiera gramática: primero desaparecen los nombres propios, luego los nombres comunes, más tarde los adjetivos, y por fin, los verbos, recorriendo un camino que va desde lo más particular y, por tanto mundano, hasta lo más abstracto y, por eso, ultrarreal, hasta atravesar de nuevo el umbral del más allá, del cual un día se desprendió.

domingo, 24 de julio de 2016

Suicidio y desestructuración social en España

     El suicidio constituye la primera causa de muerte violenta en España, con un número que excede holgadamente al de los muertos por accidente de tráfico, accidentes laborales y homicidios juntos. Según el Instituto Nacional de Estadística, un total de 3.910 personas (2.938 hombres y 972 mujeres) falleció por este motivo durante 2014. Es un 20% más que lo que se registró en 2007, antes de la crisis económica, y la cifra más alta alcanzada en los últimos 25 años, que es la época de la que el I.N.E. ofrece cifras (en la década de los 80 se contabilizaban poco más de 1.500 suicidios al año). Entre 2007 y 2014, desde que empezó la actual crisis hasta el momento más próximo en que contamos con datos del I. N. E., el número de suicidios al año ha crecido en 647 personas. Por otro lado, por cada suicidio consumado hay entre veinte y treinta intentos de suicidio. Hay, además, muchas muertes que posiblemente sean suicidios, pero que no se contabilizan como tales (envenenamientos, accidentes de tráfico, ahogamientos…). El índice de suicidios anuales en nuestro país es de 8,4 por cada 100.000 personas. Es una tasa baja en relación a las de otros países de Europa, y así ha venido siendo desde siempre; según los últimos datos de Eurostat, correspondientes a 2013, la media de la UE estaba en una tasa de 11,6 por 100.000 habitantes. En las cinco últimas décadas, la tasa de suicidios se ha incrementado de forma global en un 60%. Y lo más llamativo es que España, a pesar de su bajo índice de partida, resulta ser el país de Occidente donde proporcionalmente más se ha incrementado el número de suicidios en los últimos veinticinco años. Las cifras son especialmente alarmantes entre los adolescentes, donde ese número se ha cuadruplicado entre los chicos y triplicado entre las chicas (ver capítulo de Redes 310, programa dirigido por Eduardo Punset, de 31 de diciembre de 2012).

Activistas en Berlín pretenden generar conciencia sobre el suicidio (Efe)
     Resulta equívoco atribuir, como se ha hecho, el aumento de suicidios a un problema de empobrecimiento de la población o de incremento del paro o de los desahucios. De hecho, países con elevados índices de bienestar son los que tienen tasas de suicidio más altas, lo que no resultaría entendible desde esa óptica que lo relaciona con la pobreza. Emile Durkheim (1858-1917), uno de los padres fundadores de la moderna sociología, dedicó a este tema del suicidio un estudio que publicó en 1897, y que ha pasado a ser canónico. En él llega a la conclusión de que las crisis económicas tienen, efectivamente, una influencia agravante sobre la tendencia al suicidio; sin embargo, esa tendencia se agrava tanto en el caso de las crisis que conducen a un mayor empobrecimiento como de las que suponen un rápido enriquecimiento de la población. “Hasta las crisis dichosas –afirma, en efecto–, cuyo efecto es el de acrecentar bruscamente la prosperidad de un país, influyen en el suicidio lo mismo que los desastres económicos”. Sostiene su afirmación sobre la base de minuciosos y exhaustivos análisis estadísticos. “Pero –prosigue, analizando los datos de la época– lo que demuestra mejor aún que el desastre económico no tiene la influencia agravante que se le ha atribuido a menudo, es que produce más bien el efecto contrario. En Irlanda, donde el aldeano vive una vida tan penosa, se matan muy poco. La miserable Calabria, no cuenta, por decirlo así, con suicidios; España tiene 10 veces menos que Francia. Hasta se puede decir que la miseria protege”. Y por el contrario: “En los diferentes departamentos franceses, los suicidios son tanto más numerosos, cuanto más gentes hay que viven de sus rentas”. De modo que extrae una inferencia concluyente: “Así, pues, si las crisis industriales o financieras aumentan los suicidios, no es porque empobrecen, puesto que las crisis de prosperidad tienen el mismo resultado; es porque son crisis, es decir, perturbaciones del orden colectivo. Toda rotura de equilibrio, aun cuando de ella resulte un bienestar más grande y un alza de la vitalidad general, empuja a la muerte voluntaria. Cuantas veces se producen en el cuerpo social graves reorganizaciones, ya sean debidas a un súbito movimiento de crecimiento o a un cataclismo inesperado, el hombre se mata más fácilmente”.
     Pasa entonces Durkheim a investigar la naturaleza de esas perturbaciones del orden colectivo, de esa ruptura del equilibrio social que vendría a dar sustento al correspondiente aumento de los comportamientos autodestructivos. Y va construyendo una línea argumental que parte de esa peculiar condición del hombre que le convierte en un ser insaciable, acuciado por versátiles y persistentes necesidades que nunca llegan a ser del todo satisfechas: “¿Cómo fijar –se pregunta– la cantidad de bienestar, de confort, de lujo que puede legítimamente perseguir un ser humano? Ni en la constitución orgánica, ni en la constitución psicológica del hombre se encuentra nada que marque un límite a semejantes inclinaciones”. Las necesidades a satisfacer que aparecen en el horizonte de los individuos son, pues, ilimitadas, y trascienden sobradamente el tope de las que pueden llegar a ser satisfechas. Son esas necesidades las mismas que empujan recurrentemente hacia la utópica aspiración a lo que no puede ser, y otras tantas veces hacia una frustración que, en el sentido que estamos analizando, puede llegar a resultar fatal: “Por sí misma –confirma Durkheim–, hecha abstracción de todo poder exterior que la regule, nuestra sensibilidad es un abismo sin fondo que nada puede colmar. Pero entonces, si nada viene a contenerla desde fuera, no puede ser por sí misma más que un manantial de tormentos”. Esa sed inextinguible que el hombre siente, si no encuentra la forma de ser, ya que no saciada, al menos controlada, se convierte en “un suplicio perpetuamente renovado”, que provoca un permanente estado de descontento. Y es ese descontento lo que puede acabar abocando al desistimiento de la vida.
     Ha de aparecer, pues, un poder regulador que acote nuestras aspiraciones, que nos permita metabolizar la dosis de decepción necesaria, la aceptación de los límites que, de una u otra forma, en uno u otro grado, nos impone la realidad. Ese poder regulador que comprime el grado de satisfacción al que podemos aspirar hasta que acabe encajando en el marco de aquella realidad que nos trasciende, es a lo que llamamos moral. Y es la sociedad en su conjunto o a través de sus instituciones la que impone esa regulación, esa moral. “Ella sola tiene la autoridad necesaria para (…) marcar a las pasiones el punto más allá del cual no deben ir… En bien del interés común”. Sigue explicando Durkheim cómo la sociedad se constituye sobre un conjunto de ideas aceptadas por la generalidad de sus componentes, y que llevan a admitir que hay un  cierto modo de vivir que se considera como el límite superior que, por ejemplo, puede proponerse el obrero en los esfuerzos que hace para mejorar su existencia, y un límite inferior por bajo del cual se tolera difícilmente que descienda, si no se ha degradado gravemente. Uno y otro límites son diferentes para el obrero de la ciudad y el del campo, para el criado y para el jornalero, para el empleado de comercio y para el funcionario, etc., etc. Así se va formando, pues, esa reglamentación colectiva que no necesita plasmarse en ningún texto jurídico, pero que ejerce la suficiente presión para que cada cual, en su esfera de acción, se dé cuenta suficientemente del punto extremo hasta el que pueden llegar sus ambiciones, y desde el que debe actuar su capacidad de conformarse.
     No hay ninguna sociedad que funcione sin que estén activados estos mecanismos de control moral. Desde luego, no serían aquellos de los que hablamos unos límites inamovibles, y toda sociedad va cambiando sobre la base de su necesaria ductilidad en este sentido, pero a la vez deben de ser estos límites lo suficientemente claros y rotundos como para que el orden social resulte viable. Cuando esos topes se remueven, pueden hacerlo en dos direcciones: hacia una ambición productiva, si las nuevas aspiraciones se adecuan lo suficientemente a la realidad, o hacia la frustración y desesperación, cuando esas aspiraciones chocan abruptamente con ella. Y cuando se producen crisis, tanto dolorosas como felices, cuando, consiguientemente, deja de saberse lo que es posible y lo que no lo es, lo que es justo y lo que es injusto, cuáles son las reivindicaciones y las esperanzas legítimas, y cuáles las que pasan de la medida, es cuando –señala Durkheim– se ha alcanzado el estado de anomia, de ausencia de la regulación moral y social sobre la que se constituye una sociedad. Es entonces cuando aparecen esas bruscas ascensiones de la curva de los suicidios. Y es desde aquí desde donde podemos entender que la pobreza incluso proteja contra el suicidio, porque el pobre está acostumbrado a contar con los medios a su alcance para determinar aquello que quisiera tener. Mientras que la riqueza, al disminuir la resistencia que nos oponen las cosas, nos induce a creer que esa resistencia puede ser vencida con más facilidad de la real. Incluso es la riqueza la que exalta más de lo debido al individuo, la que más excita su espíritu de rebelión. La realidad, en este caso, se va volviendo inconsistente y se desdeña en la misma medida en que las imaginaciones calenturientas van sobrepasando con sus aspiraciones el tope de lo posible. Y entonces, al menor revés que sobrevenga, faltan las fuerzas para soportarlo.
     Si hubiéramos de hacer derivar estas reflexiones hacia el contexto de lo que efectivamente pasa en España, salta a la vista la escasa vinculación que grandes sectores de nuestra población sienten hacia la sociedad a la que pertenecen, hasta el punto de que, en muchos casos, hasta pronunciar la palabra “España” resulta algo rechazable. La disociación, la anomia resulta ser una consecuencia ineludible, que ha de generar repercusiones en el ámbito de problemas que estamos analizando. Esa anomia es lo que hay que entender que está detrás de la aparición de mesianismos, utopismos o nacionalismos a los que es tan propensa nuestra raza.
     Así pues, el origen de los males que pueden acabar empujando al suicidio sería, para Dukheim, lo que podríamos llamar el mal del infinito, la sed insaciable de lo que no existe, que puede acabar rompiendo las costuras de la regulación social y desembocar en la anomia. Pero esta desregulación favorecedora del suicidio no procede tan solo de las eventuales crisis que tengan un origen económico o político. Durkheim resalta que la anomia proviene también de la desintegración de las sociedades religiosas y de las domésticas. No por consecuencia de caracteres particulares de cada una de esas sociedades, sino por una causa que es común a todas ellas, y que es la quiebra de su poder regulador sobre esa sed insaciable que a todos nos constituye.
     Llegamos, pues, a esta conclusión general: el suicidio varía en razón directa del grado de desintegración de los grupos sociales de que forma parte el individuo. Nos ceñiremos por esta vez, además de a lo ya expuesto, al análisis que hizo Durkheim de la relación entre la desestructuración de la sociedad familiar y el aumento del índice de suicidios. Para empezar, este autor comprobó estadísticamente cómo en toda Europa el número de los suicidios variaba en proporción al de los divorcios y las separaciones. “En todos los países, de donde tenemos los informes necesarios –confirma–, los suicidios de divorciados son incomparablemente superiores en número a los que proporcionan las otras partes de la población”. Según las estadísticas de la época, los divorciados de los dos sexos se matan de tres a cuatro veces más que los casados, y sensiblemente más que los viudos, a pesar de la agravación que resulta para estos últimos de su edad avanzada. Su explicación del fenómeno viene a confluir con la que daba en relación con las crisis económicas. Parte de nuevo de la insaciabilidad humana, en este caso, la referida al instinto sexual y a la búsqueda de horizontes relacionales. La función del matrimonio sería, precisamente, la de regular toda esa potencia pasional, cerrar el horizonte, asignando a cada hombre y a cada mujer una pareja rigurosamente definida, y siempre la misma. “Esta determinación –dice Durkheim– es la que produce el estado de equilibrio moral con que se beneficia el esposo. Parque no puede, sin faltar a sus deberes, buscar otras satisfacciones que las que así le están permitidas, limitando sus deseos. La saludable disciplina a que está sometido le fuerza a encontrar su felicidad en su condición, y, por eso mismo, le suministra los medios de ella (…) Si sus goces están definidos, también están asegurados, y esta certidumbre consolida su consistencia mental. Completamente distinta es la situación del célibe. Como puede legítimamente ligarse a lo que le plazca, aspira a todo y nada le satisface. Este mal del infinito que la anomia lleva consigo por todas partes, puede alcanzar lo mismo esta zona de nuestra conciencia que cualquiera otra; toma, muy a menudo, una forma sexual”. De nuevo, a falta de una potencia reguladora, se tiende a soñar con lo imposible y a aspirar a lo que no existe, aunque sea en forma de mera ensoñación. De esa manera, el sujeto ni se entrega resueltamente ni posee nada con título definitivo. De todo esto resulta un estado de perturbación, de agitación y de descontento que aumenta necesariamente las probabilidades de suicidio. Y precisamente, concluye Durkheim, “el divorcio implica un debilitamiento de la reglamentación matrimonial. El límite que pone al placer no tiene la misma fijeza; si es cómodamente conmovido y cambiado de lugar, contiene menos enérgicamente a la pasión, y ésta, por consiguiente, tiende más a extenderse por fuera. Se resigna menos fácilmente a la condición que se le ha asignado”. Si la expectativa de un posible divorcio aumenta, la fortaleza de la relación disminuye, “no es posible encontrase fuertemente retenido por un lazo que a cada instante puede ser roto, sea de un lado, sea de otro. No es posible dejar de mirar más allá del punto donde uno se encuentra cuando no se siente firme el terreno que pisa”. En definitiva: “Es, pues, el estado de anomia conyugal, producido por la institución del divorcio, el que explica el desarrollo paralelo de los divorcios y los suicidios”. Es la eventual incorporación de su posibilidad en grado excesivo lo que, debilitando el vínculo de la pareja, convierte al divorcio en un factor favorecedor de la anomia conyugal. Durkheim observó también que la separación, en la medida en que constituye una ruptura del matrimonio menos drástica que el divorcio, está en relación con un número significativamente menor de suicidios que este. También comprobó que esta forma de anomia afectaba mucho menos a las mujeres que a los hombres.
     Toca ahora vincular estos presupuestos establecidos por Durkheim con lo que efectivamente ocurre en nuestro país. Y es el caso que España está a la cabeza del mundo en número de divorcios y rupturas matrimoniales, partiendo de la situación contraria cuando se legalizó el divorcio, en 1981. En este año, 1981, el número de rupturas fue de 16.362. En el año 2000, habían pasado  a ser 102.403. En 2014, el número total de rupturas, según datos del Instituto Nacional de Estadística, fue de 105.893. La tasa de rupturas matrimoniales por cada 1.000 habitantes en España fue de 2,3 en este año 2014. Lo cual quiere decir que en nuestro país un 61% de las uniones acaban en ruptura. En Europa estamos solo por detrás de Bélgica (70%), Portugal (68%), Hungría (67%) y la República Checa (66%). Y el hecho es que nueve de los diez países con más altas tasas de ruptura matrimonial en el mundo son europeos. Al tiempo, aumentan también en España los nacidos fuera del matrimonio y disminuyen constantemente los casamientos. Asimismo, los españoles se casan cada vez más mayores, con una media de 34,1 años en mujeres y de 37,2 años en hombres. Estos datos han de estar relacionados, sin duda, con el hecho de que la infidelidad sea también una conducta en la que los españoles estamos de nuevo  a la cabeza de Europa, según los datos de la red social para infieles Ashley Madison, la más importante de las redes que proporcionan “infidelidad sin riesgo” a sus usuarios.
     No tanto las cifras absolutas, pero sí las tendencias que de su análisis se derivan, avisan de que en España estamos caminando por una senda peligrosa. Nuestras tendencias prosociales han quedado muchas veces demostradas, por ejemplo, en el hecho de que en situaciones de catástrofe somos los primeros en arrimar el hombro, o en el de que desde hace décadas ocupemos el primer puesto en el ranking de donación de órganos en el mundo. Pero también se trasluce nuestra incapacidad para acomodarnos a los moldes sociales establecidos en la proliferación de nacionalismos centrífugos, de ideologías extremistas o en la debilidad de nuestra institución familiar, que acto seguido repercute en problemas tan graves como los de la violencia doméstica, el fracaso escolar, la drogadicción, los problemas mentales y de consumo de psicofármacos… Y en última instancia, volviendo a los orígenes de nuestro análisis, en el espectacular aumento del número de suicidios en relación con el exiguo índice de partida.

domingo, 10 de julio de 2016

Cómo nació la psicoterapia (la moderna curación por el espíritu)

     En el principio, antes de que llegáramos a la vida, solo existía el adentro; todos empezamos siendo autistas. La vida es lo que hemos venido a hacer afuera. Ortega y Gasset dice que, efectivamente, “la vida es precisamente un inexorable ¡afuera!, un incesante salir de sí al Universo (…) Es (el hombre) un dentro que tiene que convertirse en un fuera”. Idea que viene a contradecir otra de profunda raigambre en nuestra cultura, aquella que ya fundamentó el mecanicismo de Descartes y que, en lo esencial, reducía al hombre a ser mera tabla rasa, sin ninguna intimidad genuina que aportar a ese ser, salvo la que suponía la acumulación de aprendizajes, de pasiva recepción a lo largo del tiempo de las huellas que en nosotros van depositando los estímulos que emite el mundo exterior, y que dan como resultado final esa compleja configuración que llamamos personalidad.

     Esta influencia mecanicista le hizo afirmar a Rousseau en el “Emilio” que el movimiento en general procede de una causa que trasciende al objeto que se mueve: “Concebir la materia como productora de movimiento –decía– es concebir claramente un efecto sin causa, es no concebir absolutamente nada”. Tanto el mundo material como el hombre en su existencia corporal recibieron el movimiento. Rousseau postulaba la existencia de una Causa primera, un Dios que en el origen habría puesto en marcha el universo dotándolo de una determinada cantidad de movimiento. En congruencia, pues, con el mecanicismo, concluía que el movimiento en la materia y en los cuerpos era efecto de una causa externa a ellos; la acción, en este sentido, era siempre reacción. También Hobbes había afirmado que “el movimiento no tiene causa más que en el movimiento de un cuerpo contiguo”.
     El para entonces ex amigo de Rousseau, Denis Diderot, opinaba, por el contrario, que incluso cada molécula era portadora de una fuerza intrínseca, que se va asociando con la de las demás para dar como resultado las formas que tiene el mundo. Esa fuerza no procede del exterior y, por tanto, no está acotada por los márgenes que delimita la eventual causa que la produce, sino que es inagotable, inmutable y eterna, y empuja siempre más allá de los márgenes en los que la geometría encierra a los cuerpos. “La fuerza que actúa sobre la molécula se agota –decía en concreto–; la fuerza íntima de la molécula no se agota en absoluto”. El movimiento tendría así su origen último en el interior de los cuerpos. Habría que interpretar que las formas serían coyunturales estados de reposo de esa pulsión que empuja hacia el mundo exterior y que estaría en la base del movimiento, no modos de agotamiento de ese otro movimiento que nos es prestado desde fuera. Y las formas irían sucediéndose unas a otras, disolviéndose unas para recomponerse en otras, recombinándose, sublimando las potencialidades originarias, y estallando, en fin, en esa apoteosis de la diversidad que llamamos universo.
     Ya en el siglo XIX, Claude Bernard, situándose, en lo fundamental, dentro de la tradición mecanicista, hizo reposar sobre el concepto de reacción su idea principal, la de que una de las cualidades más características de todos los seres vivos es su capacidad para mantener la constancia de su medio interno a pesar de los cambios que puedan producirse en el medio externo. El organismo, pues, reaccionaba, se ponía en actividad, en respuesta a las alteraciones que el medio producía en él, rompiendo su tendencia a la estabilidad, es decir, a la inercia. Si se suprime el medio, se suprimen las modificaciones con las que el organismo responde. O dicho con más rotundidad: si se suprime el medio, queda suprimido el organismo. Y en fin, la vida, que no sería sino esa inquietud que pone en marcha el contacto y el contraste con el medio –que no sería, en suma, sino un efecto de una causa externa a ella–, también desaparece. Ideas estas que abocaron a Claude Bernard al determinismo, en la medida en que entendía que el movimiento de los cuerpos no tenía sustento propio, sino que era una previsible respuesta, una reacción mecánica, automática, desencadenada por el medio, el cual era a fin de cuentas el que decidía en qué habrían de consistir los fenómenos. “Los fenómenos de la vida no son las manifestaciones espontáneas de un principio vital interior –decía, en efecto–: son, por el contrario (…) el resultado de un conflicto entre la materia y las condiciones exteriores”. Lo cual le llevaba asimismo a hacer una afirmación con, pese a todo, muy fecundas implicaciones: “los venenos son los reactivos de la vida”. Gracias a las agresiones que sufren los organismos, existe la vida. Idea que recogería Hans Selye, y alrededor de la cual giró nuestro anterior artículo, a la hora de crear y dar contenido, más allá del estricto fenómeno vital, al concepto de “estrés” y de la enfermedad en general. “El verdadero concepto de enfermedad –concluía Selye, en línea con Bernard– presupone un choque entre las fuerzas de agresión y nuestras defensas”.
     La idea de lo que es la vida y esa forma de lucha por la vida en que consiste la enfermedad parecen encontrar acogida suficientemente holgada en estas líneas argumentales que vienen a culminar en la obra de Claude Bernard y Hans Selye. Sobre lo fecundas que resultan ser ya nos hemos explayado ampliamente en el artículo anterior. Pero según esas ideas, la vida, finalmente, no dejaría de ser sino un préstamo, nuestras acciones solo serían reacciones y la voluntad sería una manera eufemística de referirse al imperio de factores que nos son externos sobre nuestra conducta. ¿No hay nada, entonces, en nuestra vida que se deba a nosotros mismos? ¿Somos únicamente formaciones reactivas? 
     La aparición de Sigmund Freud supuso un singular refuerzo para la trayectoria intelectual del vitalismo, la que, por encima de los determinantes externos, situaba en la materia y en los cuerpos, igual que hizo Diderot, un principio generador de vida que antecedía a la influencia que sobre ellos ejercía el medio. La libido fue, para Freud, la energía que, brotando de dentro a fuera, resultaba ser una fuerza que solo debía al medio exterior la concreta forma que habría de adquirir. La estrecha cota que puso Freud a esa fuerza generadora al considerarla solo como energía sexual, hizo necesaria la aparición de contrapuntos como los que supusieron las ideas de algunos discípulos suyos –pronto centrifugados–, sobre todo las de Carl Gustav Jung. Pero, en lo fundamental, fueron las innovadoras ideas de Freud las que abrieron brecha en el mecanicismo predominante, el que estaba encargado de dar carta de naturaleza a toda indagación que aspirara a ser considerada científica.
     La libido busca, según Freud, salir al exterior, acoplarse con los objetos del mundo. Las emociones prestan su cauce a esa energía que, sin embargo, no suele conseguir ajustarse con suficiencia a esos objetos; diversos mecanismos mentales hacen que los afectos sean retenidos o desviados, de modo que los restos de esa energía que quedan estancados, sin poder aflorar, forman el sustrato de lo que, buscando desahogo, acabará irrumpiendo a través de los síntomas neuróticos. Todo lo que de una emoción y de su sustrato libidinal no consigue acoplarse con el mundo exterior, o lo hace con los modos infantiles de percibir ese mundo, resulta patógeno. Ya Nietzsche había explorado estos dinamismos psíquicos cuando habló de las diferencias entre las almas nobles y las resentidas. Los seres nobles no tienen retorcimientos en su manera de comportarse, son directos, se dejan llevar entusiásticamente por sus emociones, ya sean de rabia, de amor, de gratitud, de respeto o de venganza. Esas emociones, cuando se estancan, forman, sin embargo, el veneno psíquico que alimenta el alma de los resentidos.
     De esta manera, fue Freud el que logró dar un cabal contenido a la psicoterapia, es decir, a la búsqueda terapéutica de una salida para las emociones contenidas, para la energía intrínseca que, sirviendo de combustible para la vida, trata de acoplarse al mundo externo. El mecanicismo y sus herederos, especialmente los psicólogos conductistas, entenderán, en sentido contrario a Freud, que la enfermedad o el trastorno mental en general se originan en el medio exterior al individuo (bien sea el medio orgánico o el medio ambiente), y consiguientemente la terapia habrá de consistir ante todo en procurar de alguna forma el cambio de ese medio que generó la patología. Mientras tanto, la psicoterapia genuina recabará la ayuda del propio sujeto afectado, colaborará en la eliminación de resistencias y correlativa creación de cauces para que la energía vital original encuentre modos de manifestarse en el mundo, tareas o destinos que sirvan de medios a través de los cuales conseguir la catarsis, la expresión de los afectos que permanecían encerrados en los sótanos del alma.
     Pero no solo las enfermedades del alma encontrarían en esta perspectiva una explicación suficiente. Aquellas otras enfermedades que Hans Selye denominó “de adaptación”, es decir, de respuesta inadecuada a los alarmógenos que originaban el estrés, podrían también encontrar una posible reinterpretación no en términos de respuesta a esos alarmógenos, sino de interrupción o bloqueo de esa energía vital positiva, originados en los miedos que desde niños encorsetan nuestra alma y nos hacen tomar una actitud defensiva ante el mundo, de retracción hacia lo interior, hacia nuestro autismo original.

domingo, 26 de junio de 2016

Una teoría de la enfermedad basada en el estrés

     La medicina logró un incuestionable avance cuando sustituyó al chamán por el médico, cuando arrancó el sufrimiento de la esfera de lo sobrenatural, en la cual la enfermedad era una clase de castigo enviado por la divinidad y de la que el enfermo era el último responsable, y lo ubicó en el ámbito de los fenómenos naturales. Desde entonces, la enfermedad dejó de ser algo que afectaba al individuo en su totalidad y pasó a estar acotada en solo uno de sus órganos; y tanto el agente productor de la enfermedad como el tratamiento dejaron de ser referidos al alma del enfermo y pasaron a ser algo objetivado. Este ya no intervenía ni en la enfermedad ni en la curación, pues se había convertido en paciente, en sujeto pasivo y receptor tanto de la una como de la otra. A partir del siglo XIX, incluso el médico empezó a ser un elemento cada vez más marginal en el proceso curativo, y pasó a tomar preponderancia un factor completamente desprovisto de alma: el aparato. Paulatinamente, el laboratorio y la técnica fueron supliendo al médico en el diagnóstico y, subsiguientemente, en el tratamiento, que se deducían de los datos proporcionados por el análisis de fluidos, las radiografías, la resonancia magnética, el escáner, los instrumentos de medición, el termómetro, las exploraciones… En suma, por el conjunto de aparatos que venían a sustituir a la voluble intuición del antiguo médico de cabecera, apenas armado de un termómetro y un estetoscopio. Indudablemente, la medicina ha alcanzado logros muy meritorios y resultados muy fecundos desde que asumió la perspectiva según la cual la enfermedad es un proceso que le acaece al enfermo llegando desde fuera, en forma de microbios, virus o, en general, procesos en los que para nada interviene él, salvo como pasivo receptor; por ejemplo también, las taras genéticas. Desde esa perspectiva, Paracelso (1493-1541) no dejaría de ser un vulgar hechicero cuando, entre otras cosas, afirmaba: “Debéis saber que la acción de la voluntad es un factor importante en medicina”.

     Los caminos que el hombre recorre tratando de materializar sus pretensiones (nunca del todo realizables) tienen siempre, al final, un común destino: la exageración. Cuando en ese recorrido se llega a un punto de saturación, la ley de la paradoja emite su ineludible mandato y obliga a volver atrás, en busca de todo aquello que la hemipléjica exageración precedente había dejado desatendido. El paradigma hoy dominante en medicina todavía no lo sabe, pero ha llegado a ese punto de saturación, y por ello empiezan a asomar perspectivas que habría que situar como prolongación de aquellos otros modos de la medicina que quedaron interrumpidos en las prácticas chamánicas o que, en general, observaban la enfermedad como un proceso que nace, no tanto, o no siempre, en un agente externo, como en vicisitudes que implican al mismo enfermo y a su intimidad. Diferentes casos, por ejemplo, de curaciones inexplicables desde la perspectiva biomédica preponderante, en las que la mera sugestión es capaz de lograr lo que todo el arsenal tecnológico de la medicina no ha podido antes conseguir, empiezan a torcer la mirada de algunos investigadores médicos en busca de nuevas explicaciones sobre el hecho de la enfermedad. Esta emergente curiosidad está llevando a la medicina, dice Stefan Zweig, a atender “el fenómeno de las ‘curaciones por el espíritu’ que todavía en el siglo XIX eran reprobadas y ridiculizadas despectivamente por los graduados como embustes, patrañas e idioteces (…) De manera inequívoca se nota en los médicos más juiciosos y humanos una nostalgia por el viejo universalismo, un deseo vehemente de volver a encontrar el camino que les lleve de la exclusiva patología local a una terapia constitucional, un deseo de saber no sólo acerca de las enfermedades particulares que afectan al hombre, sino acerca de la personalidad que este hombre representa. Después de que el afán productivo de saber ha investigado el cuerpo y la célula como sustancia general casi hasta la molécula, al fin vuelve de nuevo la mirada hacia la totalidad de la esencia de la enfermedad, siempre diferente, y busca tras las particularidades locales otras de carácter superior”. De vuelta de aquella exageración en la que la medicina ha explorado ya todo lo que da de sí la especialización, la excluyente concentración en el síntoma y la atención a lo microscópico, empezamos (de nuevo) a observar al enfermo como totalidad, al síntoma como mera señal de una enfermedad que afecta al individuo completo, y a la forma de estar en el mundo del enfermo como algo que a menudo participa en el proceso del enfermar. En suma, la nueva perspectiva que está emergiendo empuja a ver la enfermedad y la curación como algo en lo que también puede tener que ver el propio enfermo como sujeto agente y no solo como paciente, como receptor  pasivo. Camino de compensar la exageración de la que venimos, quedaría así pautada la reflexión que hacía Paul Valéry cuando decía: “Sólo los extremos confieren valor al mundo, sólo el término medio le da estabilidad”.
     Hans Selye (1907-1982), el fisiólogo, médico y filósofo nacido en Viena que puso nombre, definió e investigó durante toda su vida profesional el estrés, fue uno de los adelantados en esa nueva perspectiva que aún late en el subterráneo de la práctica médica dominante. En el único libro suyo traducido al español que un servidor sepa, “La tensión en la vida (el stress)” (Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1960) –un libro tan interesante como mal escrito– se apoyaba en la emergente perspectiva que aportaba el psicoanálisis para dar enunciado a esta nueva manera de mirar que involucra al enfermo en su enfermedad: “El psicoanálisis ha demostrado que el conocimiento de uno mismo tiene valor curativo. Pienso que esto también es verdad acerca de los trastornos psicosomáticos y quizá hasta de aquellos que consideramos puramente somáticos u orgánicos”. Asimismo afirma más adelante: “Nuestro fracaso para adaptarnos correctamente a los acontecimientos de la vida se encuentra en la verdadera raigambre de los conflictos productores de enfermedad”. Su objetivo máximo como médico era encontrar una definición de la enfermedad que sirviese de común denominador a todos los procesos morbosos particulares, y, consiguientemente, encontrar leyes generales que dieran razón del proceso del enfermar. Todo partía de la observación que había hecho ya en sus tiempos de estudiante –y que veía cómo era desdeñada por los académicos y profesionales de la medicina– de que había síntomas comunes a muchas enfermedades: los enfermos tenían, en general, la lengua sucia, se hallaban aquejados de dolores difusos en las articulaciones, de pérdida de apetito y de peso, de trastornos intestinales, a menudo tenían fiebre, el bazo o el hígado agrandados, las amígdalas inflamadas, erupciones en la piel… Como los médicos iban en busca de causas específicas a las que referir cada enfermedad y estas manifestaciones eran inespecíficas, generales, dejaban de tener utilidad para ellos.
     Selye partía de los presupuestos que el biólogo Claude Bernard había establecido en la segunda mitad del siglo XIX, según los cuales, una de las cualidades más características de todos los seres vivos es su capacidad para mantener la constancia de su medio interno a pesar de los cambios que puedan producirse en el medio externo. Por ejemplo, un hombre puede ingerir grandes cantidades de una u otra sustancia, sin que ello influya mayormente en la composición de su sangre, gracias a los mecanismos de adaptación. Si este poder de autorregulación fracasa, aparece la enfermedad o incluso la muerte. Walter Cannon llamó posteriormente homeostasis a este poder de permanencia, y puso el énfasis más en la relativa estabilidad que en la absoluta constancia del medio interno. Partiendo de aquí, la enfermedad no sería un mero sufrimiento producido por la agresión de los gérmenes al organismo o por la lesión del mismo, sino una lucha por mantener el balance homeostático de nuestros tejidos. Se recuperaría así la visión que ya dejó establecida hace veinticuatro siglos Hipócrates, el padre de la medicina, cuando dijo que la enfermedad no es solo sufrimiento (pathos), sino también lucha (ponos), esto es, el esfuerzo del organismo para volver a la normalidad. “El verdadero concepto de enfermedad –concluía Selye– presupone un choque entre las fuerzas de agresión y nuestras defensas”.
     La aportación de Selye consistió, para empezar, en definir el síndrome del estrés, el cual se producía cuando el organismo era atacado de alguna forma (física o psíquica), y que estaba orientado a buscar su readaptación y a tratar de volver al estado original. Las reacciones de adaptación son de dos tipos: las que se producen en respuesta a ataques que el organismo percibe como generales, y que conformarían lo que Selye llamó “síndrome general de adaptación” (SGA), y las que se emiten en respuesta a ataques locales y específicos, y en este caso se trataría del “síndrome local de adaptación” (SLA). Ambos se desarrollan en tres fases: 1) reacción de alarma, 2) estado de resistencia, y 3) estado de agotamiento, si la agresión al organismo se cronifica. Y añade Selye: “Muchas enfermedades comunes son debidas principalmente a errores en la respuesta de adaptación al estrés, más bien que al daño directo por gérmenes, venenos y otros agentes externos. En este sentido, muchos trastornos nerviosos o emocionales, la hipertensión arterial, la úlcera gastroduodenal, ciertos tipos de reumatismos y enfermedades alérgicas, cardiovasculares y renales, parecen ser esencialmente enfermedades de adaptación”. El origen de la enfermedad deja, pues, en estos casos, de estar fuera del enfermo y pasa a ser producida, provocada, por el enfermo mismo, a causa de una errónea interpretación por parte de su organismo del tipo de defensas que ha de oponer.
     En el síndrome general de adaptación (SGA) se producían varios efectos que Selye observó para empezar en los animales de experimentación: agrandamiento considerable de la corteza suprarrenal, consecutivo a la producción masiva de hormonas antiinflamatorias (adrenocorticotropa o ACTH, cortisona, hidrocortisona o cortisol, adrenalina), intensa reducción o atrofia del timo, el bazo y los ganglios linfáticos, con la consiguiente reducción de los linfocitos sanguíneos (es decir, se desactivaban los recursos que nuestro sistema inmunitario opone a las agresiones que el organismo sufre), y, por último, aparecían úlceras profundas, sangrantes, en las paredes del estómago y del duodeno. El síndrome general de adaptación se ponía en marcha cuando el organismo percibía un peligro o amenaza inespecíficos, también en respuesta a la inyección de sustancias extrañas o de hormonas purificadas, como la adrenalina o la insulina (hormonas antiinflamatorias), o bien a través de agentes físicos tales como el frío o el calor intensos, los rayos X, el dolor o el ejercicio muscular prolongado… Todas estas respuestas constituían la primera fase de la respuesta adaptativa, la reacción de alarma. Seguía una fase de resistencia, en la que se interrumpía la emisión de estas hormonas en la sangre, y en la tercera fase o de agotamiento se regresaba a síntomas muy similares a los de la reacción de alarma, y de nuevo subía de nivel la producción de hormonas antiinflamatorias. El SGA se pondría típicamente en marcha en situaciones percibidas como amenazantes, y en las que el organismo como conjunto se viera perentoriamente obligado a responder con el ataque o la huida.
     Por otro lado, Selye observó que, además del síndrome general de adaptación (SGA), se producía alternativamente un síndrome local de adaptación (SLA), que provoca reacciones contrapuestas a las del primero, estimulando la producción de hormonas proinflamatorias (somatotrofina, aldosterona, desoxicórticosterona). La defensa del organismo en este caso consiste típicamente en la producción de una bolsa inflamatoria local, en el lugar específico en el que se recibe (o se percibe) la agresión, y tiene lugar cuando el organismo entiende que esta defensa local es prioritaria, mientras que cuando es el SGA el que se pone en marcha, provoca reacciones que inhiben esas defensas locales a través de las hormonas antiinflamatorias, atendiendo así a las necesidades de defensa general e inespecífica del organismo, si esa es la prioridad percibida por este. “Normalmente –dice Selye a este respecto–, el estrés, aplicado a una región limitada del organismo, causa inflamación, pero la habilidad de las partes del cuerpo para responder de esta manera es dificultada cuando el organismo entero se halla bajo el estrés. En otras palabras, los experimentos mostraban que los animales expuestos a algún alarmógeno general (tales como una infección, una intensa excitación nerviosa o una extrema fatiga muscular) dejaban de reaccionar con una inflamación en los sitios donde algún alarmógeno local (por ejemplo, una sustancia a la que eran alérgicos) se aplicaba directamente al organismo”. En el SLA, en vez de ser inhibida la actuación de los linfocitos, como ocurre en el SGA, son ellos los principales encargados de contraatacar al agresor con la bolsa inflamatoria defensiva generada, y por tanto, se aumenta su producción. La inflamación, cuando, por ejemplo, algunos microbios virulentos se introducen a través de la piel por algún tipo de grieta, produce al principio cuatro síntomas característicos: enrojecimiento, calor, hinchazón y dolor; asimismo, se produce la interferencia y obstaculización en la función ejercida por la parte afectada. La inflamación alcanza su madurez cuando se forma un forúnculo o un absceso, y finalmente, el tejido local implicado se desintegra, se abre el absceso y se produce la evacuación del líquido inflamatorio. En medicina, se acostumbra añadir el sufijo itis después del nombre del órgano afectado para indicar la existencia de una inflamación: conjuntivitis, inflamación de la conjuntiva del ojo; nefritis, del riñón; artritis, de las articulaciones; neuritis, de los nervios… La fiebre del heno es inflamación de la mucosa nasal, porque algo de su estructura se ha hecho especialmente sensible a ciertos pólenes de las plantas.
     El mecanismo del SGA se pone en marcha a partir de una señal de alarma que el cerebro emite sobre la hipófisis (glándula situada en la base del cerebro). Esta, a su vez, produce corticotrofina (ACTH), que induce a las glándulas suprarrenales a producir hormonas antiinflamatorias, como adrenalina, cortisona o cortisol. Tales hormonas inhiben la respuesta en que consiste el contrapuesto SLA, de modo que, de manera característica, el organismo se prepara para lo que se percibe como una agresión general o inespecífica, del tipo de las que conducen a la respuesta de ataque o huida, las que desde los estratos más profundos de la mente tendríamos dispuestas los individuos ante, por ejemplo, el ataque de un depredador: los órganos linfáticos entonces involucionan y los glóbulos blancos tienden a desaparecer de la circulación (se desactiva, en suma, el sistema inmunológico), porque el organismo desatiende las posibles heridas concretas (de ahí que no sea raro que en medio del combate, el soldado cargado de adrenalina no repare siquiera en que está herido), la presión arterial aumenta para enviar sangre a las partes del organismo más necesitadas de actividad, las arterias se endurecen para contrarrestar esa presión, las pulsaciones se aceleran, el corazón realiza un sobreesfuerzo para bombear la sangre a pesar del estrechamiento de las arterias… En la fase que sigue a la reacción de alarma, la fase de resistencia, la actividad de los corticoides cae a un nivel solo ligeramente por encima de lo normal. Pero en la tercera fase, la de agotamiento (cuando la percepción de ataque sufrido se cronifica), sube de nuevo, aún por encima del nivel máximo alcanzado durante la reacción de alarma. Si el ataque o la percepción del mismo persisten, el mecanismo de adaptación puede llegar al colapso. En este mecanismo queda involucrada la propia psicología de la persona estresada, pues resulta evidente que si es especialmente vulnerable o más temerosa de lo normal tenderá a alarmarse y a desencadenar la respuesta de estrés con más facilidad que otras personas.
     En conclusión, son dos las maneras que tiene el organismo de enfrentarse a lo que le agrede (el alarmógeno): el síndrome general de adaptación y el síndrome local de adaptación. El primero es una reacción general del organismo que bloquea las respuestas parciales que procura el segundo, es decir, la inflamación. Esta última consiste en oponer una barrera inmunitaria a la agresión; esa barrera es la bolsa inflamatoria, que delimita rigurosamente lo enfermo de lo sano. Los glóbulos blancos y el líquido linfático acuden al lugar dañado para anular los gérmenes, bacterias o virus que podrían infiltrarse en el organismo por la brecha producida y extenderse por el organismo a través de la sangre. De manera prototípica, un grano de pus contiene linfa, glóbulos blancos, los microbios atacantes y las células de desecho del tejido sacrificadas.
     Así resume Hans Selye sus descubrimientos: “El estrés desempeña un papel importante en muchas enfermedades. Sus expresiones generales (SGA) y regionales (SLA) encierran la verdadera esencia de lo que llamamos enfermedad”. El caso es que las enfermedades producidas a través de estos dos mecanismos de adaptación, el SGA y el SLA, parecería que se pueden entender sin salirse del paradigma dominante, según el cual son los agentes externos al organismo los que producen la enfermedad; y en esa misma medida, el tratamiento dependería también de factores externos. Pero existen asimismo, como ya vimos, las que Selye denomina enfermedades de adaptación, que ya no son resultado directo de algún agente externo (el ataque de un depredador, una infección, una intoxicación), sino resultado de reacciones de adaptación inadecuadas. Un ejemplo, precisamente, en el campo delimitado por el SLA, sería la fiebre del heno a la que nos hemos referido, que se genera por el contacto con inocuos pólenes; la mucosa nasal respondería de una manera hiperdefensiva, y sería esta respuesta la que produce la enfermedad, no el agente externo. En el ámbito referido al SGA, la hipertensión, por ejemplo, sería resultado de una sensación de amenaza persistente que podría no corresponderse con la realidad.
     La útil función defensiva por parte del organismo a través de ambos síndromes, el SGA y el SLA, se convierte en un problema cuando el individuo genera respuestas hiperdefensivas ante invasores inocuos; por ejemplo, aquella respuesta de la alergia ante el polen primaveral. “La inflamación no significa en este caso ninguna protección contra la enfermedad: es la enfermedad”, ratifica Selye. Algo semejante ocurriría con la hipertensión o la úlcera gástrica ante amenazas inexistentes o desdeñables. “En tales casos –dice también Selye– no estamos siendo dañados, simplemente nos dañamos a nosotros mismos”. Ampliando las cotas de los circuitos argumentales previstos por Selye, podemos considerar también que el dolor inútil de la fibromialgia apuntaría asimismo a un tipo de respuesta del organismo que conservaría aquella característica propia de la inflamación, pero que se habría puesto en marcha no, o no tanto, debido a agresiones reales sufridas, como a algo que el afectado, desde su excesiva vulnerabilidad, interpreta como tal. Algo equivalente ocurre cuando se genera angustia o ira como respuesta a situaciones objetivamente inocuas o bien suponen una reacción desproporcionada a las mismas. En general, en las enfermedades así ocasionadas, tanto las procedentes de las respuestas inflamatorias propias del SLA como de las antiinflamatorias del SGA, encontraríamos fundamento suficiente para, en esa misma proporción, romper con el paradigma actualmente dominante en medicina, según el cual la enfermedad procede de un ataque exterior al organismo.
     Dice Selye, en fin, que “algunas enfermedades tienen causas específicas: las acciones directas de ciertos agentes particulares productores de enfermedad, tales como microbios, venenos o lesiones físicas. (Sin embargo) Un número mucho mayor de enfermedades no son originadas por ninguna causa en particular; se originan por la propia respuesta del organismo a alguna situación desacostumbrada (…) Algunas veces las reacciones del organismo son excesivas y completamente desproporcionadas respecto a la irritación fundamental inocua”. Los fallos en el juego compensatorio entre los dos conjuntos de hormonas movilizadas respectivamente por el SGA (hormonas antiinflamatorias) y por el SLA (hormonas proinflamatorias), estarían en la base de la explicación de muchas enfermedades. De esta manera, mientras que el exceso de corticoides antiinflamatorios “desempeñan un papel en el desarrollo de las enfermedades renales y cardiovasculares del hombre”, un exceso de hormonas proinflamatorias provocaría desde enfermedades alérgicas a la artritis reumatoide.
     Y aquí residiría asimismo la explicación de muchas curaciones que la medicina todavía oficial no tiene más remedio que desechar como supercherías, y que, entre otros, nos retrotraen a los tiempos de los chamanes, que ya apuntamos que de alguna más refinada manera habremos de retomar cuando acaben de emerger los nuevos paradigmas. Así, por ejemplo, los hechiceros o sacerdotes realizaban antiguamente rituales de curación en los que se incluían métodos destinados a infundir terror en los pacientes, con el fin de expulsar a los demonios de la enfermedad. Movilizaban de esta manera los mecanismos de alarma propios del SGA, es decir, la producción de hormonas antiinflamatorias (adrenalina, corticotrofina, cortisona o cortisol…), de modo que las enfermedades con base en algún tipo de inflamación remitían. El mismo sentido tendrían prácticas tan extravagantes como las sangrías, la toma de drogas o brebajes putrefactos, los vendajes dolorosos o los tratamientos de choque. Nadie sabía en realidad cómo actuaban estas terapéuticas, y generalmente suponían además graves riesgos, pero el caso es que a veces funcionaban, de manera semejante a como un vaso de agua fría en la cara de un niño puede interrumpir drásticamente una de sus pataletas. Señala Selye en este sentido que durante la primera mitad del siglo XX “una variedad de los llamados tratamientos inespecíficos estuvo en gran boga (…) Se basaban en la observación de que el estado de paciente de varias clases de enfermedades crónicas, como el reumatismo, es a menudo mejorado por la inyección de sustancias extrañas, tales como leche, sangre ajena o ciertas preparaciones base de metales pesados, los cuales estimulan una fuerte reacción del organismo”. Sería la reacción general del organismo promovida por el SGA la que impediría la formación de bolsas inflamatorias como las que, entre otras enfermedades, están detrás del reumatismo, según demostró Selye en sus experimentos con animales. Unos médicos alemanes que compartían con él estos presupuestos, los pusieron en práctica con una paciente afectada por una artritis reumatoide grave y crónica en las articulaciones de manos, pies y rodillas que la mantenía inmovilizada. Le produjeron artificialmente el estrés provocándole varios choques insulínicos, y fue después de ello cuando la paciente pudo levantarse y caminar por primera vez en tres años. La movilización de las propias glándulas endocrinas de la paciente y la correspondiente producción de corticoides antiinflamatorios fueron responsables de este éxito terapéutico. Selye confirma que observaciones similares fueron publicadas por otros médicos que usaron diferentes tipos de alarmógenos, además del choque insulínico. Prácticas, en fin, no tan diferentes de aquellas que en otros tiempos realizaban los chamanes. Lo cual demostraba que “estas enfermedades son debidas esencialmente a reacciones de adaptación inadecuada frente a agresores comparativamente inocuos. Son debidas a la mala adaptación”.
     “Varios tratamientos por choque –dice Selye asimismo–, y otros inespecíficos, han demostrado claramente que el estrés general puede curar ciertas enfermedades; sin embargo, también sabemos que, muy a menudo, una tendencia latente a una enfermedad es transformada en una afección manifiesta por demasiado estrés y tensión”. Sería este último el caso, por ejemplo, de la tuberculosis, en la que la reacción que el organismo estresado opone a la presencia del bacilo de Koch que eventualmente ha irrumpido en la sangre consistente en inhibir las hormonas proinflamatorias, favorece la diseminación del bacilo por todo el organismo, porque la inflamación que los pulmones oponían al vacilo era una respuesta adecuada. En la apendicitis aguda, en que la expansión de la infección es suficientemente amenazante y grave como para que el organismo la impida a toda costa, la acción de las hormonas antiinflamatorias sería también desastrosa, porque la inflamación protege a los tejidos vecinos y al organismo en general. En sentido contrario, señala Selye que “la gran mayoría de todas las enfermedades de la piel y de los ojos son esencialmente inflamaciones y muchas de ellas son causadas por agentes que no serían particularmente dañosos si el organismo no reaccionara contra ellos con respuestas inflamatorias indebidamente violentas”. Afirmación que resulta congruente con el hecho, que también resalta Selye, de que precisamente durante los períodos de estrés general intenso, las enfermedades de la piel y de los ojos, predominantemente inflamatorias, tienden a mejorar. La ley de la paradoja, sin embargo, obliga a no cruzar el umbral de la exageración, puesto que un exceso de corticoides antiinflamatorios administrados para combatir esas inflamaciones hace que el organismo se vuelva propenso o vulnerable a las infecciones, así como a la hipertensión arterial, el insomnio, los trastornos gastrointestinales, etc. hacia los cuales aboca la descompensación del organismo en favor de las hormonas antiinflamatorias. Por ejemplo, es un hecho bien conocido que el estrés y la tensión predisponen a la tuberculosis, que resultaría de la ruptura de barreras inflamatorias que el organismo opone al bacilo de Koch, que de otra manera quedaría acotado por la respuesta proinflamatoria. Por eso, a los tuberculosos se les aconseja largas curas de reposo para recobrar su resistencia contra el bacilo. Lo mismo se puede decir respecto de otras clases de infección.
     Una cuestión que interesó a Selye y que le llevó a investigarla expresamente fue el por qué los jugos gástricos, que eran capaces de digerir perfectamente la carne consumida, no digerían también las paredes del estómago. Experimentando con ratas de laboratorio, comprobó que cuando se las sometía a estrés intenso, se generaban úlceras gástricas, es decir, que los jugos de la digestión, efectivamente, digerían las paredes del estómago. Y sin embargo, cuando esas ratas eran tratadas con hormonas proinflamatorias, las úlceras se evitaban. Dedujo que el estómago venía a ser equivalente a una bolsa o barricada inflamatoria, y que esa protección era la que evitaba que los jugos gástricos afectaran a las paredes del estómago.
     Otra enfermedad que encontraría explicación en estos mecanismos que resultan del estrés sería la diabetes: el estrés provoca la producción masiva de glucosa en la sangre para que sea utilizada como fuente de calor por los tejidos en situaciones de alarma que exigen un rendimiento extra. Superado el umbral que el organismo marca a la producción de glucosa y al estancamiento de esta en la sangre, sobreviene la diabetes, que ha de ser tratada con insulina, la cual sirve para reutilizar, y consiguientemente consumir, la glucosa por parte de los tejidos.
     Una enfermedad de particular interés que encuentra ángulos de interpretación asequibles a la teoría del estrés es el cáncer. Observa Selye que muchos tipos de cáncer se desarrollan en sitios de lesión tisural crónica. Por ejemplo, la exposición prolongada de la piel a los rayos de sol o al calor puede conducir a la formación de un cáncer en el lugar en el que esa irritación ha sido persistente. Interesantes estudios estadísticos muestran asimismo cómo nunca se ha observado cáncer en el cuello de la matriz entre mujeres enclaustradas, y sin embargo es muy común en mujeres casadas, especialmente después de partos repetidos. Experimentalmente, ha sido posible producir cánceres extremadamente malignos en animales por medio de una irritación crónica con aceites irritantes introducidos en bolsas inflamatorias. Complementariamente, comprueba Selye que “el estrés general tiende a suprimir el crecimiento canceroso”. También se llega a inhibir el crecimiento de ciertos cánceres mediante el tratamiento con grandes dosis de hormonas antiinflamatorias, las que están precisamente encargadas de disminuir o suprimir las respuestas inflamatorias a algún tipo de lesión local. Todo lo cual aboga por la interpretación de que esos cánceres vendrían a ser bolsas inflamatorias formadas en lugares de persistente daño tisural. La función habitual de las bolsas inflamatorias incluye la destrucción de los tejidos involucrados en ellas, que son eliminados como residuos producidos en el combate contra los agentes productores de ese daño en el tejido. La exacerbación de esa defensa proinflamatoria acabaría resultando en la formación de un cáncer. De manera prototípica, las leucemias serían esencialmente cánceres de los leucocitos sanguíneos o glóbulos blancos, los que cuando existe una herida acuden, precisamente, de forma masiva a combatir a los gérmenes que puedan tratar de invadir el organismo a través de esa grieta, y que finalmente serían eliminados, junto a los restos del tejido muerto, a través de los abscesos o formaciones purulentas. Los tumores serían formaciones equivalentes a estos abscesos. Esa sería la causa de que el tratamiento con hormonas antiinflamatorias resulte eficaz frente al crecimiento de ciertos cánceres, especialmente aquellos en los que con tales hormonas queda inhibido el crecimiento de los tejidos linfáticos (leucemia) y en cánceres hepáticos de evolución lenta.
     En conjunto observamos que se puede hablar de que en el organismo se produce un balance entre las hormonas pro y antiinflamatorias del cual depende la salud. “Cuando la inflamación es excesiva –dice Selye–, como por ejemplo en la artritis reumatoidea, la situación es corregida mediante tratamiento con corticoides antiinflamatorios. Al contrario, un efecto adverso podrá esperarse de tal tratamiento en enfermedades caracterizadas por una incapacidad relativa para construir barricadas inflamatorias adecuadas contra los invasores, como, por ejemplo, en la tuberculosis”. Este balance hormonal es el responsable de dirigir los mecanismos de adaptación frente a los factores de desequilibrio que puedan surgir en el organismo. Y precisamente, en los desarreglos de nuestro mecanismo de adaptación radica de forma decisiva el desarrollo de muchas enfermedades. De modo que Selye puede afirmar que, por sí sola, “la entrada de los gérmenes en nuestro organismo no constituye la enfermedad”. Es así porque, en unos casos, algunos microbios pueden vivir pacíficamente en nuestros intestinos, pulmones o gargantas sin causar ningún trastorno. Otros microbios pueden dañarnos, pero antes de que lo hagan, nuestros tejidos los acantonan dentro de barricadas inflamatorias impenetrables, o simplemente los matan con sustancias químicas conocidas como anticuerpos. Sin embargo, esta función defensiva de la inflamación puede verse alterada cuando se producen situaciones de estrés intenso.  Lo cual sería la causa de que tantas infecciones se produzcan durante las guerras, el hambre, el frío o el calor extremos. Así que podemos concluir que la responsabilidad de la enfermedad hay que achacarla tanto a los gérmenes invasores como a las respuestas que les oponemos.
     Y llegando a una conclusión más general, diremos que el paradigma todavía dominante en medicina ha desarrollado unas terapéuticas muy eficaces en el combate contra las enfermedades que tienen un origen en el exterior del organismo, pero va abriéndose paso una nueva perspectiva que obliga a atender de manera diferenciada ese otro gran conjunto de enfermedades que se originan en el individuo y en su errónea manera de enfrentarse a los posibles ataques que proceden del exterior.