miércoles, 18 de octubre de 2017

También Ícaro era catalán

     La felicidad completa no existe, claro. Pero podemos imaginar un continuo que vaya desde esas abstracciones que serían la extrema infelicidad hasta la completa felicidad y, descartando los márgenes de ese continuo que discurran en el campo de lo que no puede ser, podríamos ponernos de acuerdo en que la felicidad posible la conformarían dos ingredientes básicos: la adecuación de buena parte de nuestras expectativas a lo que la realidad acepta darnos y la incorporación del resto de nuestras expectativas a lo que una valoración sensata de nuestras posibilidades nos permitiera entender que la realidad nos dará en un futuro, de forma que sobre ello podamos construirnos un plan de vida estimulante y prometedor pero realista y adaptativo. Dicho de otra forma, la que hubiera preferido Aristóteles, la felicidad posible sobrevendría cuando el hombre encontrara su topos, su lugar en el mundo, ese ámbito en el que pudieran coexistir sin grandes dificultades el mundo interior que segrega nuestras expectativas y el mundo externo que fabrica nuestras limitaciones.
 
 
     La infelicidad, por el contrario, tendría entonces que ver con el hecho de que la vida transcurra fuera de su lugar, en u-topos, al margen de la realidad, proyectando, pues, esa vida de forma vana e infructuosa sobre lugares meramente ensoñados o delirados. Y no han sido pocas, o al menos minoritarias, las ideologías que, empujando a los hombres hacia interpretaciones delirantes de lo que hay, han llevado asimismo a malograr muchas vidas prometiendo destinos igualmente delirados, y que, al chocar con la realidad, han acabado una y otra vez conduciendo a catástrofes sociales. Entre esas ideologías, han destacado en nuestro tiempo el nazismo, el comunismo y los nacionalismos.
 
 
     Vivir en el ámbito etéreo que construyen los delirios ha de estar directamente relacionado con la incapacidad de aceptar y apreciar la realidad, de adaptarse suficientemente al topos que a uno le ha caído en suerte. En el caso de un nacionalista catalán, afirmarse en ese tipo de ensoñaciones es lo que, para empezar, le impide ver que vive en un lugar privilegiado, y que con los comportamientos que ponen en marcha sus planteamientos utópicos está desestabilizando una realidad que valdría la pena defender. Efectivamente, España es uno de los países del mundo en los que mejor se vive. Citaremos como muestra algunos ejemplos que corroborarían que esto es así:
     España resulta atractiva para ell resto del mundo: es el tercer país en número de turistas, después de Estados Unidos y Francia, y el primero en relación a su número de habitantes. Recibimos 73,5 millones de turistas en 2016, y este año esa cifra quedará aumentada... salvo que el parón catalán lo impida.
     Según una encuesta mundial realizada entre 26.000 altos directivos por HSBC (el tercer mayor banco del mundo por activos, con sede en Londres), España es el segundo país con mejor calidad de vida del mundo después de Nueva Zelanda. Asimismo, según otra encuesta realizada por Networking Service InterNations (ver_aquí), Madrid es la tercera mejor ciudad del mundo para vivir, detrás de Melbourne y Houston. Barcelona se sitúa en el puesto número once.
     España es, asimismo, el destino preferido de los estudiantes europeos a la hora de decidir dónde hacer el Erasmus (seguida de Alemania, Francia, Reino Unido e Italia), y lo viene siendo de forma ininterrumpida desde 2001. Entre los motivos de que así sea estarían, además de la buena relación entre coste y calidad de vida, el atractivo de nuestro sol, de nuestro mar, los paisajes, la historia, el arte, las buenas infraestructuras y el deseo de aprender el español, una lengua que hablan más de 500 millones de personas y es el segundo idioma de comunicación internacional.
     La esperanza de vida en España es de 82,8 años, solo por debajo de Japón, Suiza y Singapur.
     En cuanto a seguridad ciudadana, según datos de la OCDE, España es el séptimo país más seguro del mundo. Respecto de los países de la Unión Europea, solo estamos por debajo de Suiza. Nuestra tasa de homicidios es de 0,7 por cada cien mil habitantes y por año; la media del conjunto de los países es de 4,1. Según Turespaña, esta es la principal razón por la que los turistas deciden venir a nuestro país. Por desgracia, el aumento de la delincuencia correlaciona con la desestabilización social, eso en lo que en Cataluña parecen empeñarse muchos. Baste citar en este sentido que en Venezuela, país profundamente desestabilizado por causas políticas (y referente de los más radicales de entre los nacionalistas catalanes), la tasa de homicidios es de 91,8.
     Ícaro es un personaje de la mitología griega. Un soñador. Se narra en el mito cómo Ícaro estaba retenido en la isla de Creta por el rey de la isla, llamado Minos. Creta hacía por entonces las veces de la dura realidad, eso a lo que María Zambrano se refería cuando decía: “La circunstancia –esa rencorosa carcelera de nuestra libertad”. Ícaro decidió escapar de la isla, pero dado que Minos controlaba la tierra y el mar, fabricó unas alas para escapar por el aire, por ese mismo ámbito etéreo que vislumbramos cuando nos dedicamos a vagar por nuestros ensueños. Pero las plumas laterales de las alas estaban enlazadas con cera, y cuando levantó el vuelo la experiencia de la ingravidez le resultó tan gozosa que subió y subió… hasta que el calor del sol derritió la cera de las alas y, sumido en la perplejidad por no haberlo previsto, acabó sucumbiendo a la ley de la gravedad y estrellándose contra el mar. El utopismo, las ganas de echar a volar por encima de las circunstancias, es una tentación evidentemente peligrosa. La incapacidad de hacer encajar las propias expectativas vitales en la circunstancia que nos ha caído en suerte no solo es una fábrica de infelicidad para quien la sufre, sino un persistente modo de distorsionar la convivencia con quienes formamos parte de esa circunstancia. Y si, por si fuera poco, resulta que esa circunstancia es un ámbito privilegiado dentro de las posibles que oferta este mundo en el que vivimos, la tentación de eludirla, de echarse a volar por encima de ella con las frágiles alas que proporciona el ensueño, es, además de peligroso, estúpido. Como la de Ícaro, la aventura revolucionaria de los catalanistas no va a acabar bien.

martes, 3 de octubre de 2017

La revolución catalana: morder la mano que te da de comer

Resumen: Cataluña lleva siglos disfrutando de unos privilegios que han coadyuvado decisivamente a su actual riqueza. Esos privilegios, especialmente originados en los aranceles que protegían sus productos industriales, manteniendo así cautivo el mercado del resto de España, se han obtenido a costa del perjuicio de las demás regiones españolas. No es que España no les haya robado; es que les ha pagado en gran medida su riqueza.
     Cataluña está viviendo una situación revolucionaria. Una revolución tiene lugar cuando las leyes y las instituciones sobre las que se asentaba una sociedad dejan de estar vigentes y pasan a estarlo otras que desplazan y sustituyen a las que había. Las sociedades, para que lleguen a adquirir carta de naturaleza como tales, antes de que ello quede sancionado en las leyes y en las instituciones, necesitan compartir un sustrato cultural, social, económico, histórico y político que, sirviendo de argamasa unificadora, consolide un sentimiento de pertenencia compartido entre sus componentes. Mientras tanto, las revoluciones son, en sentido contrario, el resultado de la pérdida de vigencia de ese sustrato común en el que se basaba la existencia de la sociedad, al menos para una parte significativa de los integrantes de esa sociedad. De forma subsidiaria a la pérdida de ese sustrato, son las leyes y las instituciones lo que deja de ser acatado.
     Efectivamente, una gran parte de la sociedad catalana ha perdido la referencia de ese sustrato común que nos une a los españoles. Rechazan las instituciones y leyes del conjunto de España porque, antes que eso, han concluido que la argamasa cultural, social, económica, histórica y política que les hacía participar de la sociedad española era falsa o fraudulenta y consideran que no hay tal, sino que en todos esos ámbitos la sociedad catalana tiene un discurso propio e incompatible con su pertenencia a la nación española.
     Ante esta situación, caben en última instancia dos actitudes por parte del resto de los españoles, especialmente de sus autoridades, y que en su formulación más estricta serían estas: una, aceptar, de derecho o de hecho, ese discurso e ir cediendo ante las exigencias nacionalistas, que, por tanto, se consideran fundamentadas, poniendo así la proa hacia un proceso que, consecuentemente, solo acabará en el momento en el que se produzca la separación. Otra, considerar que el fraude y la falacia residen en los presupuestos y en los argumentos de los nacionalistas, y combatirlos no solo con la ley, que por supuesto, sino dando también la batalla ideológica, con el objeto de restaurar la vigencia de aquel sustrato común. Desgraciadamente, nuestros gobernantes llevan inclinados desde hace décadas hacia la primera opción: no dan la batalla ideológica porque, descontando unas leyes que acatan pero que consideran contingentes y reconvertibles en cualquier cosa, se han subsumido de hecho en el argumentario nacionalista.

     Entre los historiadores españoles que han sacado a la luz argumentos que con toda fortaleza contrarrestan los de los nacionalistas, el que probablemente lo ha hecho con más pericia e intensidad ha sido Jesús Laínz. Laínz tiene ya los suficientes libros publicados sobre estos temas, y sus muy documentados argumentos serían harto suficientes para que, si los políticos tuvieran la costumbre de leer algo más que el Marca, adquirieran el bagaje intelectual necesario para no solo vencer en la batalla dialéctica a los nacionalistas, sino para incluso dejar en evidencia que sus fundamentos ideológicos traspasan ampliamente la línea roja del esperpento. En el último libro de Laínz, "El privilegio catalán" (Ediciones Encuentro, 2017), están todos los argumentos necesarios para dar con ventaja la última batalla ideológica que los nacionalistas catalanes han planteado, la de la ofensiva del "España nos roba". En otros momentos, plantearon la batalla del “España nos invadió”, fundamentándola sobre todo en dos sucesos históricos de un modo que, si existiera algún pudor intelectual en los nacionalistas, o incluso algún sentido del ridículo, les habría hecho prudentemente enmudecer. Esos dos sucesos fueron la Guerra de Sucesión entre 1701 y 1714, que  ellos han reconvertido en Guerra de Secesión, y la Guerra Civil española de 1936-39, reconvertida de nuevo en guerra entre españoles y catalanes. Y es la versión esperpéntica la que desde hace décadas se estudia en los colegios de Cataluña. La otra batalla que persistentemente llegaron a plantear los nacionalistas fue la de “España nos somete a un genocidio lingüístico”. Pero en realidad, Cataluña es la única región del mundo que impide que la lengua oficial del país sea lengua vehicular en la enseñanza, en contra de las recomendaciones de instituciones como la Unión Europea, la Unesco o la Unicef, que promueven que la enseñanza se transmita en la lengua materna. En Cataluña, el español tiene consideración de lengua extranjera, y se multa a los comercios que rotulan en tal idioma. Insistamos: no existe un caso igual en todo el mundo.
     Centrémonos en la consigna más propagada desde hace un tiempo por parte de los nacionalistas y a la que más específicamente dedica su último libro Jesús Laínz: “España nos roba”, presupuesto que es aceptado de hecho por nuestros gobernantes, que, por tanto, solo proponen tratar de contrarrestar la insatisfacción que ello provoca en los partidarios de la secesión mitigando ese supuesto robo con constantes compensaciones económicas y privilegios, con lo cual no hacen sino incorporarse a la dialéctica nacionalista en vez de combatirla. Descontemos las etapas históricas (siglos XVI y XVII) que hicieron que el peso fiscal y de reclutamiento de soldados de las (cuestionables) políticas imperiales los sobrellevaran de manera descompensada los castellanos en relación a lo que aportaban los súbditos aragoneses, y que ni el Conde-duque de Olivares, a pesar de intentarlo, pudo corregir. Pasando directamente a la instauración de la dinastía borbónica en la persona del denostado por los nacionalistas Felipe V (que reinó en España entre 1700 y 1746), Laínz argumenta de manera documentada cómo el gran despegue económico de Cataluña tuvo lugar precisamente a partir de la toma de posesión del nuevo rey y de, por un lado, las medidas modernizadoras del estado que llevó a cabo; pero, por otro, además, concediendo privilegios a los catalanes en el comercio con América y a través del establecimiento de aranceles para los vinos, aguardientes, tejidos y productos industriales de otros países que competían, ante todo, con esos mismos productos catalanes. Políticas que mantuvieron Fernando VI, Carlos III y Carlos IV.
     El siglo XIX, tan nefasto para España en general, fue, sin embargo, el del gran despegue industrial del País Vasco y Cataluña, especialmente durante el último tercio del siglo. Pero para que esto fuera así, ambas regiones necesitaron de la política proteccionista de los gobiernos españoles –que se mantuvo ya desde Fernando VII y durante el Trienio Liberal, y se prolongó durante todo el siglo–, que aseguraban para sus productos la cautividad del mercado español y de los territorios de ultramar que aún quedaban bajo soberanía española. Lo cual se hizo a costa de perjudicar el comercio internacional y la industria de otras regiones (de manera significativa, los productos del agro valenciano), que quedaban sometidos a las restricciones con las que, en compensación por los aranceles impuestos por los gobiernos  españoles, gravaban al resto de los productos nacionales. Ya en 1837, Stendhal, a raíz de una visita que el escritor hizo a Barcelona, dejó escrito lo siguiente: “Es digno de mención que en Barcelona (…) quieren leyes justas, con la excepción de la ley de aduanas, que debe estar hecha a su antojo. Los catalanes exigen que (…) el español de Granada, Málaga o La Coruña no compre, por ejemplo, los tejidos de algodón ingleses, que son excelentes y cuestan un franco la vara, y se sirva de los tejidos catalanes, muy inferiores y que cuestan tres francos la vara”. Pero no solo se protegió la industria de estas regiones privilegiadas a través de los aranceles, sino también mediante subvenciones recibidas del Estado.
     Entre 1868 y 1878 tuvo lugar la primera de las guerras de independencia cubanas, que prendió por varios motivos: las quejas de los cubanos por la creciente tributación casi nunca empleada en asuntos locales, las limitadas libertades políticas y de prensa, las ansias de autogobierno de cierta cantidad de criollos y, de manera especialmente destacada, las trabas al comercio con otros países de la región, especialmente Estados Unidos, debido a las políticas proteccionistas que beneficiaban singularmente a la industria catalana, y que, en represalia, llevaron a Estados Unidos a incrementar los aranceles de los azúcares y tabacos cubanos. Fueron precisamente los catalanes los más exaltados defensores de la unidad de la patria, amenazada por los independentistas cubanos, y en el llamamiento que hizo la Diputación barcelonesa para animar al alistamiento de soldados que habrían de ir a combatir en Cuba, se destacó “la trascendencia (que tendría) la pérdida (de Cuba) para el sostenimiento de nuestro comercio, industria y agricultura”. El batallón de voluntarios catalanes fue el primero de España en embarcarse hacia Cuba en marzo de 1869. En meses posteriores se reclutarían otros dos batallones. Apenas lograda la independencia por parte de Cuba, los mismos medios e instituciones catalanes que se habían destacado por su defensa exaltada de España y su unidad, pasaron, sin embargo, en cuestión de semanas, si no de días, a promover el separatismo en Cataluña. No por casualidad los separatismos vasco y catalán comenzaron a desarrollarse en aquellos días.
     Desde 1817, el tráfico de esclavos estaba prohibido por el gobierno español. Sin embargo, durante décadas, esa norma tuvo una aplicación muy deficiente. En lo que sí repercutió fue en el hecho de que los precios de los esclavos se dispararan. Y esa fue la causa del fabuloso enriquecimiento de algunos indianos. Entre los principales traficantes y propietarios de esclavos se destacaron los de origen catalán; fue gracias al dinero que afluyó a Cataluña a causa el comercio esclavista por lo que se hizo posible buena parte del enriquecimiento urbano de Barcelona (el parque Güel, por ejemplo) y otras localidades catalanas. Muchos de los patriarcas de las actuales dinastías de la burguesía catalana que pusieron a Cataluña en la primera fila de la economía española emergieron de este comercio esclavista. Debido al antiabolicionismo de los españoles, centrado en buena parte en Cataluña, España fue la última potencia europea en acabar con la esclavitud.
     La política proteccionista de la que se beneficiaba principalmente la industria catalana prosiguió durante la Restauración, y quedó bien representada en el llamado “arancel Cambó”, que este dirigente nacionalista sacó adelante durante los ocho meses que fue ministro de Hacienda, en 1921-22. Este arancel sobrevivió hasta 1960. El proteccionismo se mantuvo durante la Dictadura de Primo de Rivera. Personalidades como Unamuno, Blasco Ibáñez, Ramón y Cajal o Valle Inclán alzaron su voz contra los privilegios que ello suponía sobre todo para la industria catalana, en detrimento de la de otras regiones.
     Respecto de la etapa franquista, se puede decir de ella que las regiones más favorecidas en su política económica por el régimen fueron precisamente Cataluña y el País Vasco. No solo porque fueron oriundos de estas dos regiones un gran número de personalidades del aparato franquista que así lo propiciaron, sino porque contaban ambas regiones con muchas ventajas de partida: estaban muy industrializadas y excelentemente ubicadas, con grandes puertos de mar, con fronteras de salida hacia Europa… No fue, por tanto, casualidad que las primeras autopistas que hubo en España se construyeron para dar a estas regiones una salida a Francia. En 1975, final del régimen franquista, Cataluña, con el 6,3 % del territorio nacional, contaba con el 45,5% de los kilómetros de autopista. En cuanto a los ferrocarriles, en esa misma fecha, Cataluña contaba con 268.500 millones de pesetas de stock ferroviario frente a los 172.100 de Madrid, su inmediata seguidora. Asimismo, Cataluña y el País Vasco fueron especialmente favorecidas por la intervención gubernamental con grandes inversiones en su promoción industrial, en detrimento de otras regiones, que vieron cómo se seguían aumentando sus diferencias respecto de aquellas. Recuérdese, por ejemplo, en el caso de Cataluña, cómo el Instituto Nacional de Industria situó en Barcelona la SEAT, que, con 25.000 empleados, suponía la mayor concentración obrera de España. O la Empresa Nacional de Autocamiones (ENASA), fabricante de los vehículos Pegaso. O diversas centrales nucleares. O la Empresa Nacional de Petróleo de Tarragona. Durante el régimen franquista, Cataluña estuvo a la cabeza de España en renta per cápita, puesto que ha perdido frente a Madrid, País Vasco y Navarra durante las décadas de predominio nacionalista.
     Y en la etapa democrática hay que contabilizar el hecho de que la Constitución y el Estado de las Autonomías fueron, en buena medida, el resultado del intento de satisfacer a los nacionalistas, y que estos han recibido numerosas prebendas al ser favorecidos por la Ley Electoral, que ha llevado a constantes pactos de legislatura del PP y el PSOE con ellos, siempre a cambio de más y más privilegios, que, entre otras cosas, han conducido en ellas a la marginación y denigración de todo lo que significa España, desde su lengua a su régimen político y sus leyes.
     Ahora ha llegado el momento de decir que la Constitución, el régimen jurídico-político y la misma España, que tanto les han favorecido a estos nacionalistas a lo largo del tiempo, ya no sirven, y que hay que levantarse virulentamente contra ellos, exigiendo, además, que el resto de los españoles asistamos a su rebelión sin rechistar. El último argumento a exhibir, como ya hemos dicho, es el inscrito en el lema o mantra “España nos roba”. Como todos los nacionalismos, el de los catalanes también se levanta contra España considerándose, por razones históricas, acreedor respecto de ella. Sin embargo, el economista catalán, coordinador de la edición del libro “Cataluña en España. Historia y mito” (Ed. Gadir, Madrid, 2016), calcula que el sobrecoste pagado por todos los ciudadanos españoles por la protección arancelaria a la industria algodonera catalana (obligando a esos españoles a comprar, en un mercado cautivo, productos catalanes más caros y peores que los que hubieran llegado aquí si en el mercado hubiera regido el libre cambio) ascendería, solo en el siglo XIX y utilizando las cifras más bajas, a 510.720 millones de euros actuales. No se contabiliza en esa cifra todo lo que el resto de las regiones españolas dejó de ingresar al no poder exportar sus productos, gravados en represalia en los eventuales países importadores con aranceles correlativos a los aquí levantados en favor de la industria catalana. Tampoco se cuentan las subvenciones e inversiones que los gobiernos españoles han realizado durante siglos en Cataluña. Ni los agravios (¿cómo contabilizarlos?) que el resto de los españoles hemos recibido de los nacionalistas, a menudo en forma de muertos, por no someternos a sus dictados. Esta deuda histórica de, en el caso que nos ocupa, Cataluña con el resto de España a nadie se le ha ocurrido ni se le ocurrirá jamás reclamarla.
     Y sin embargo, nuestros actuales gobernantes han aceptado incorporarse al relato nacionalista: España les roba, admiten de hecho; y no encuentran otro modo de tratar con el separatismo que no sea intentar amortiguar ese supuesto robo con más y más concesiones. Hoy mismo, después de la rebelión abierta y de la inminente declaración de independencia por parte de los dirigentes políticos de la Autonomía catalana, sumidos como están nuestros dirigentes nacionales en el discurso de los separatistas, aún tratan de no romper con ellos los puentes de diálogo y de buen rollo, imposibles en realidad, de manera que, en vez de hacer cumplir la ley, toleran hasta el absurdo el conjunto de los actos de los independentistas que están configurando un flagrante golpe de estado. De este modo, esos dirigentes nacionales, con Rajoy a la cabeza, pero aún más Pedro Sánchez y los suyos, resultan ser parte del problema y un obstáculo para la solución. Solución que, en plena orfandad política, los españoles apenas podemos vislumbrar hoy todavía que llegue por alguna parte.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Cómo se llega a ser uno mismo

Resumen: Somos tan pequeños para empezar que preferimos sustituir lo que interiormente sentimos ser por lo que nuestro entorno, el que garantiza nuestra supervivencia, decide que seamos. Dice Jung: “Cuanto más pequeña sea la personalidad, tanto más indefinida e inconsciente se torna, hasta confundirse con la sociedad, perdiendo su propio carácter, que se disuelve dentro de la totalidad del grupo. La voz interior es reemplazada entonces por la voz de la sociedad y de sus conveniencias y el destino es sustituido por las necesidades colectivas”. El sí mismo, el que más auténticamente somos, suele asomar al exterior a raíz de algún tipo de crisis que deja en evidencia la insuficiencia o la falta de implantación de aquel yo prestado, de aquel personaje que construimos para adaptarnos a las exigencias de aquellos de quienes dependemos. Los cauces a través de los cuales irrumpe entonces el sí mismo son, de forma prototípica, fundamentalmente dos: la creatividad y la esquizofrenia.
 
 
     Una manera de definir lo que venimos a hacer a este mundo es la siguiente: conseguir llevar a cabo la tarea de encajar nuestras predisposiciones dentro de los márgenes del mundo real. Lo cual nos abre a dos tipos de consideraciones: de puertas adentro, no somos meras tablas rasas sobre las que vaya escribiendo el mundo externo a base de acumular experiencias; por el contrario, hay una intencionalidad en la base de lo que somos, que se diversifica en forma de instintos, aspiraciones, anhelos, proyectos, búsquedas… Todos ellos permanentemente activados, nunca del todo resueltos, siempre empujando hacia algo más, y respecto de los cuales sus respectivos y coyunturales objetos serán algo sobrevenido e inicialmente indeterminado o solo ambiguamente determinado. Y de puertas afuera, el mundo se nos presenta como resistencia, acotación, límite y forma que se contrapone a aquella intencionalidad informe de la que partimos.
     Nuestra inicial vulnerabilidad e incapacidad para valernos en modo alguno por nosotros mismos para mantener nuestra supervivencia al nacer tiende a cohibir o a relegar nuestra constitutiva intencionalidad, y hace que la sustituyamos por la adaptación a las exigencias del entorno del que dependemos. El yo que va apareciendo no es entonces, en gran medida, sino el personaje que nuestro entorno va haciendo de nosotros, un ser adaptado, que va aceptando los cauces que los padres y el resto de las figuras de referencia van marcando, y que va ocupando el puesto que para él está prefijado por los moldes sociales establecidos. Aquellas intencionalidades, aquellas predisposiciones íntimas que vinieron al mundo con nosotros tienden a quedar relegadas en una zona de sombra de nuestra personalidad, y a menudo permanecen allí arrinconadas durante toda la vida.
 
     ¿Cuándo llegan a manifestarse aquellas intencionalidades profundas, sobreponiéndose a la barrera que significa el yo establecido, el personaje que nos representa en el mundo, de manera que empiece a hacerse patente el hecho de que este resulta insuficiente para contener todo lo que somos, de que hay un sí-mismo más profundo que el yo que hemos articulado para moverse adaptativamente en ese mundo? Pues se manifiesta, ante todo, cuando la fuerza conformadora, estructuradora del yo, del yo adaptado al mundo, demuestra resultar escasa o insuficiente de cara a contrarrestar la fuerza autoafirmadora del sí-mismo, del yo profundo. Así, resulta que las tempranas experiencias de abandono infantil, que dejan a la personalidad sin encaje suficiente en los moldes que tiene preparados el mundo, sin cauce por el que discurrir para ir dando forma a aquel personaje en que, para empezar, consiste predominantemente el yo, son puertas abiertas para que por ellas pueda irrumpir aquella intencionalidad profunda, pero, al menos en sus grados más primarios, de una manera informe y desestructurada. En el extremo, en eso consiste la esquizofrenia.
     Cuando la falta de estructura y adaptación al mundo no es tan dramática y extrema como en el caso de la esquizofrenia, y el yo, el personaje, ha conseguido alguna virtualidad, algún encaje entre las cosas del mundo real, el yo profundo se puede colar entonces por las rendijas que aún quedan abiertas en ese personaje en forma de creatividad. Significativamente, volviendo a insistir en aquellas tempranas experiencias de abandono, muchas personas especialmente creativas perdieron a sus padres a edades muy tempranas (sin que ello vincule de manera fatal aquel efecto con esta causa, claro está). También ocurre esto en muchos esquizofrénicos. La creatividad es el conjunto de aportaciones, de añadidos, que el sí-mismo hace a lo que estaba ya conformado, estructurado, previsto y convertido en rutina. Procede de ese fondo inadaptado e inadaptable que guardamos en lo profundo como inagotable intencionalidad, y que tiende siempre a hacer que nos removamos insatisfechos dentro de lo que ya el mundo da por hecho.
 
 
     La aparición de la creatividad tiende a coincidir con alguna crisis de nuestra personalidad adaptada, cuando el yo que habíamos construido para acoplarnos al mundo nos deja insatisfechos, se muestra insuficiente, quizás porque hayamos atravesado alguna experiencia extrema que deje descabalado a nuestro personaje. Entonces ocurre que los juicios que teníamos previstos sobre las cosas, aquellos que nos habíamos formado para adaptarnos al mundo, dejan de ser suficientemente válidos, y hemos de construirnos otros alternativos que hacemos entonces brotar de nuestro interior, sin supeditarlos a lo que el medio entorno considere adecuado o correcto.
 
     Precisamente los filósofos, personas creativas por excelencia, construyen muchas veces sus sistemas de pensamiento a raíz de alguna clase de crisis personal que los obliga a replantearse el modo de pensar que su entorno les había legado y sienten necesitar un modo particular de enfrentarse a sus dilemas vitales. Y así, Descartes, a partir de cierto momento, empezó a dudar de todo el conocimiento transmitido por la tradición filosófica y a buscar en sí mismo algún principio indudable en el que sustentarse. Spinoza quería también desvincularse del pensamiento común y del que le había legado el pasado. Hobbes deseó desde su juventud “probar las cosas según mi propio sentido”. Leibnitz decía que su autonomía como pensador se basaba en su autodidactismo, de modo que “no llené mi cabeza con enseñanzas hueras y engorrosas aceptadas por la autoridad del maestro en vez de por lo que me parecieran los argumentos”. Hume, durante la larga crisis depresiva que sufrió entre los 18 y los 23 años, después de leer a muchos de los filósofos que le habían precedido, consideró que todos ellos habían sido demasiado subjetivos e imaginativos, de modo que decidió depender solo de sus propios razonamientos. Nietzsche exclamaba: “¡Independencia del alma!... Ningún sacrificio es demasiado grande por ella!”. Y Wittgenstein observaba: “Es bueno que no me dejara influenciar”. Kant eleva a categoría la necesidad de pensar por sí mismo cuando da su famosa definición de la Ilustración: “La Ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la guía de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no reside en la carencia de entendimiento, sino en la falta de decisión y valor para servirse por sí mismo de él sin la guía de otro. Sapere aude! ¡Atrévete a saber! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento!, he aquí el lema de la Ilustración”. Y mostrando que, efectivamente, la asunción de la autorresponsabilidad en los juicios va vinculada a la aparición de algún tipo de crisis, incluso forzadas o promovidas, en la dependencia infantil de los juicios de los demás, recomendaba que a los niños se les enseñase a soportar la oposición y la privación, a fin de que así adquiriesen los recursos propios necesarios para ser independientes.
 
     Denotan todos estos filósofos haber pasado por alguna clase de crisis en la que pusieron en cuestión a su personaje, esa parte de sí mismos que debían a los demás, al pensamiento tradicional, a lo que Ortega llamaría sistema de creencias. Lo cual no quiere decir que siempre esa crisis haya permitido aflorar al sí-mismo, a aquella parte de nosotros irreductible a la realidad externa: filósofos como David Hume, Bertrand Russel o el primer Wittgenstein, por el contrario, concluyeron que lo único real era el mundo externo… a costa, eso sí, de sufrir graves problemas psicológicos que inevitablemente conlleva el tratar de ignorar esa parte profunda que también nos constituye, nuestra inagotable e insobornable intencionalidad.
     Dediquemos alguna reflexión al formato en el que el sí-mismo busca incorporarse al mundo externo. Este se nos presenta en forma de  hechos o experiencias concretas e individuales. Como dijo el primer Wittgenstein: “La totalidad de los hechos atómicos existentes es el mundo”. La inteligencia, la creatividad, es decir, la potencia que surge de nuestra intimidad buscando acoplarse al mundo externo, lo que hace es crear puentes virtuales entre aquellos átomos, aquellas individualidades, construyendo conceptos, metáforas o símbolos que, siendo argamasa imaginaria, reúnen cosas o hechos diversos bajo su manto unificador. Las personas creativas son aquellas que encuentran modos virtuales e inéditos de relacionar unas cosas con otras. El esquizofrénico, mientras tanto, por ser un inadaptado extremo, solo, o de forma predominante, une imágenes entre sí, vive en su mundo interior, a merced de su yo profundo (no ha conseguido vivir entre los hechos ni construirse un personaje).

 
     La creatividad, en fin, correlaciona con la curiosidad. A través de esta, la persona creativa busca hacer encajar aquella potencialidad o intencionalidad inagotable que nos constituye en las cosas concretas, que nunca cubrirán suficientemente los márgenes de aquella intencionalidad, la cual empujará siempre hacia algo más, alguna nueva experiencia, alguna sorpresa que añadir a los conjuntos que va formando la creatividad.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

La inseguridad de fondo que late en los grandes pensadores

Resumen - Decía el gran psicólogo que fue Alfred Adler: “Siempre que he estudiado a adultos he tenido la impresión de que en ellos quedó algo de su primera niñez y que permanecerá para siempre”. En todos los que hoy somos adultos sobrevive, con mayor o menor intensidad, el sentimiento de inseguridad que vino al mundo a la vez que nosotros. Dedicamos la vida a contrarrestar esa inseguridad, aunque nunca podremos del todo con ella. Nuestros mejores logros han resultado de la lucha contra esa deficiencia, pero también nuestras taras llevan su sello. Los grandes personajes han añadido un factor a ese denominador común de la inseguridad: ellos la han sentido de manera más extrema y lacerante. Y tal circunstancia ha producido en ellos efectos, quizás favorables la mayoría, pero también otros, a veces, perversos.
 
     La lucha en la que todos estamos implicados por conseguir alcanzar una identidad y una cosmovisión o manera de confrontarnos con el mundo con las cuales consigamos añadir a las cosas un orden y sentido suficientes, adquiere en los filósofos y en las personas en general que han logrado ir más lejos en tal pretensión unos matices y una complejidad que señalan que el caos y el absurdo que han tenido que contrarrestar para alcanzar la necesaria dosis de confianza y seguridad en su vida ha sido mayor que en los demás. Alguna razón asistiría, pues, a Emil Michel Cioran cuando decía que “la filosofía es el arte de disimular los tormentos y los suplicios propios”. El mayor esfuerzo que estos personajes han invertido en adquirir su cosmovisión acaba repercutiendo, lógicamente, en el hecho de que esta consiga tener una mayor complejidad y fortaleza. Sin embargo, al fondo de esa complejidad y de esa fortaleza, tiende a latir todavía aquel plus de inseguridad de partida, de modo que por las costuras de sus adquiridas autoconfianza y solidez, rezuman todavía los rasgos de una personalidad que sigue siendo frágil y que siente su seguridad aún amenazada, necesitada, en esa medida, del apoyo de contrafuertes artificiosos añadidos, que hacen que sus comportamientos linden a veces con la sobreactuación, cuando no directamente con la psicopatología. Lo veremos a través de la exposición de unos pocos ejemplos que venimos a extraer de una lista que podría ser mucho más larga.
     Quizás la cosmovisión más acabada y robusta alcanzada por alguien en el mundo moderno y contemporáneo sea la que adquirió Immanuel Kant con su elevada filosofía, la cual ha dejado una huella indeleble en el pensamiento de los más destacados filósofos que le han sucedido. Y sin embargo, la personalidad de Kant exudaba aquella inseguridad de partida con la que todos venimos al mundo, aunque, indudablemente en él, para bien y para mal, la había en unas dosis mucho mayores de lo normal (las necesarias para que, al ser compensadas, produjeran un aparato intelectual tan complejo y rico como el de su filosofía). Es algo que queda de manifiesto, por un lado, en algunos de sus comportamientos obsesivos y que rozaban la superstición, así como en sus llamativos temores hipocondríacos. Y por otro lado, quedaba asimismo al descubierto aquella inseguridad nuclear en el modo en que se confrontaba con quienes osaban contradecir o poner en cuestión, en alguna medida, los principios de su filosofía. A veces, para empezar, elogiaba sin reticencias el buen carácter de sus oponentes, pero enseguida empezaba a ironizar sobre sus opiniones e incluso llegaba al ataque personal. Mientras que manifestaba un gran aprecio hacia quienes se mantenían fieles a sus ideas, aquellos que, sin embargo, posiblemente porque estaban intelectualmente más dotados, se alejaban en alguna medida de sus enseñanzas y mantenían criterios propios, hacían que se sintiese traicionado, y les dedicaba críticas feroces. Entre otros, fue el caso de Fichte, quizás el más destacado de sus inmediatos seguidores, y que Kant pasó a considerar el peor de sus críticos. En una carta abierta sobre la filosofía de Fichte, citaba el proverbio: “De mis amigos, líbrenos Dios, que de mis enemigos ya me cuido yo”. Carta esta que terminaba con un correlativo panegírico de su inmortal filosofía, y en la que afirmaba: “El sistema de la ‘Crítica (de la razón pura)’ descansa sobre fundamentos plenamente seguros, establecidos para siempre”. Una seguridad, como se ve, exhibida de manera estentórea, y que hay que hay que sospechar que tiene la función de contrapesar una inseguridad de fondo.
     De Edmund Husserl, fundador de la fenomenología, decía también su discípulo y biógrafo Eugen Fink que en los debates él acababa siendo su propio interlocutor, y cuando sus discípulos fundaron un anuario de fenomenología, “llegó al extremo de declarar que el anuario se había convertido en una institución regida por el propósito de aniquilar el significado fundamental del trabajo de toda su vida” .
 
     Sobre Sigmund Freud, comenta perspicazmente en su autobiografía el que en las fechas en que se produjo la siguiente conversación, en 1910, era predilecto discípulo suyo, Carl Gustav Jung:
     “Recuerdo todavía muy vivamente cómo me dijo Freud:
     ‘Mi querido Jung, prométame que nunca desechará la teoría sexual. Es lo más importante de todo. Vea usted, debemos hacer de ello un dogma, un bastión inexpugnable’. Me dijo esto apasionadamente y en un tono como si un padre dijera: ‘Y prométeme, mi querido hijo, ¡que todos los domingos irás a misa!’ (…) Fueron el ‘dogma’ y el ‘bastión’ lo que me asustó; pues un dogma, es decir, un credo indiscutible, se postula sólo allí donde se quiere reprimir una duda de una vez para siempre. Pero esto ya no tiene nada que ver con una opinión científica, sino sólo con un afán de poder personal”. Un poder que ejerció sin concesiones sobre sus discípulos, a los que exigió fidelidad insobornable en la defensa de esa teoría sexual (y que provocó sucesivas y fulminantes expulsiones de su círculo de seguidores, incluida la de Jung). Hasta tal punto esas exigencias de fidelidad eran estrictas que en dos ocasiones en que se sintió cuestionado, precisamente por Jung, se desmayó. Detrás de todo lo cual se puede ver que la denodada firmeza en sus principios escondía una latente fragilidad.
     Uno de los casos más expresivos de todo esto que decimos fue el de Ludwig Wittgenstein (1889-1951), uno de los más destacados filósofos del siglo XX. Él creía que su filosofía había creado un antes y un después decisivos. Pensaba que había producido “un pliegue en el ‘desarrollo del pensamiento humano’ comparable al que produjo la invención de la dinámica por Galileo y sus contemporáneos, que se había descubierto un ‘método nuevo’, como cuando ‘la alquimia evolucionó hasta convertirse en química’ ”. Sin embargo, Bertrand Russell, que estaba convencido de conocerle muy bien, nos muestra que tal demostración de fortaleza intelectual y de rebosante autoestima tenía mucho de impostada, porque decía de él en 1912: “Cualquier cosa que dice, pide perdón por decirla. Sufre accesos de vértigo y no puede trabajar”. En 1914, Wittgenstein le escribía una carta al mismo Russel en la que decía: “A menudo pienso que me estoy volviendo loco”. También, reforzando esa impresión, dejó escrito lo siguiente: “Así como en la vida estamos rodeados por la muerte, así también en la salud mental por la locura”. Y definía al filósofo como “aquel que debe curar muchas enfermedades mentales  en sí mismo antes de poder alcanzar los conceptos de un entendimiento humano sano”. También dijo, en fin: “Solo cuando uno piensa incluso mucho más locamente que los filósofos puede resolver sus problemas”.
     Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, Wittgenstein sufría una hernia que le dispensaba de cualquier clase de servicio militar. Sin embargo, en su persistente búsqueda de autoafirmación, realizó repetidas solicitudes de alistamiento hasta conseguir que le mandaran al frente. Ganó condecoraciones por su valor. Un valor que, una vez más en el contexto de su biografía, aparece como una compensación. La otra cara de su personalidad, la que daba a su profunda inseguridad y degradada autoestima que tanto combatía y trataba de contrarrestar, queda de manifiesto en las afirmaciones que realizó más tarde de que había ingresado voluntario en el ejército como una forma de suicidio, para encontrar la muerte (ya había pensado en otros momentos anteriores en el suicidio, y también lo haría después). Según se ve, la inseguridad básica da, en casos extremos como este, a esas dos pronunciadas laderas: el autodesprecio y el deseo de desaparecer, y el heroísmo como fórmula de compensación. Correlacionando con aquella primera y degradada versión de sí mismo, al acabar la guerra insistió en donar todo lo que le había dejado en herencia su padre (uno de los más ricos industriales de Austria) a sus hermanos, y decidió, asimismo, tomar una ocupación muy humilde y hacerse maestro de escuela en una aldea. También trabajó como jardinero en un monasterio y contempló la idea de hacerse monje.
     A la vez que mordazmente autocrítico, Wittgenstein era de muy difícil trato en sus relaciones con los demás. Dice F. Pascal, uno de sus biógrafos, que “sus opiniones sobre la mayoría de las cosas eran absolutas, sin permitir ninguna discusión… Tenía una gran capacidad para la ofensa… Era difícil imaginar un hombre menos inhibido, más dado a la ira y al enfado rápido”. Asimismo, se quejaba de que tenía una gran necesidad de afecto, pero era incapaz de darlo; en medio de su soledad, se lamentaba de que aquellos que lograran entenderle lo valorarían por sus ideas, no por sí mismo. Su amigo George Moore decía: “Posiblemente no puedo hacer justicia a la intensidad de convicción con que decía todo lo que decía ni al sumo interés que suscitaba en sus oyentes”. Y sin embargo, después de cada clase “se sentía disgustado con lo que había dicho y consigo mismo”. El mismo Wittgenstein, reflejando esa extrema ambivalencia, decía de sí mismo: Derrocho un esfuerzo indecible en la ordenación de los pensamientos, los cuales quizás no tienen ningún valor”. Sus irresolubles dudas, su inagotable combate entre lo que decía y el arrepentimiento de haberlo dicho, entre el decir y el no decir, tuvo un revelador reflejo en un persistente tartamudeo que nunca le abandonó del todo. Él mismo afirmaba, refiriéndose a un ámbito más abstracto que este de su particular dificultad expresiva: “Luchamos con el lenguaje. Estamos luchando con el lenguaje”.
     Todo en Wittgenstein era demostración de un agónico combate entre sus logros y ese fondo sombrío que todos tenemos en alguna medida que se asemeja a una especie de inexorable vocación por el fracaso, una esencial vulnerabilidad que no permite nunca que alcancemos la plena confianza y seguridad en nosotros mismos. Luchamos denodadamente, incluso grotescamente, contra esta parte de nosotros, pero siempre y pese a todo, como el dinosaurio de Monterroso, sigue ahí. Y es tan poderosa que a Wittgenstein incluso le hizo rondar alrededor de la idea del suicidio frecuentemente. Pero es que, quizás, la marca de las personas sobresalientes esté, precisamente, en la diferencia en el fragor de ese combate interior que, cuando es más intenso, lleva a esas personas tantas veces a comportamientos grotescos. Decía Cioran, otro sobresaliente e incansable luchador contra sí mismo: “Los mediocres. Sólo estos viven a una temperatura normal; a los otros les consume un fuego devastador”.

viernes, 25 de agosto de 2017

Friedrich Nietzsche: filosofar al borde de la locura

Resumen: “Todas las verdades silenciadas se vuelven venenosas”, dejó dicho Nietzsche. Alice Miller dice que la obra de Nietzsche es el “lenguaje cifrado de un niño mudo”. La filosofía de Nietzsche fue un grito desplazado, que fue incapaz de articular ante las auténticas destinatarias de su grito. En ese ámbito siguió siendo un niño mudo. El 3 de enero de 1889, en Turín, a partir del momento en que fue a abrazar llorando a un caballo maltratado, regresó definitivamente a su infantil silencio... con frecuentes episodios intercalados de gritos sin sentido y sin destinatario.
 
     Friedrich Nietzsche (1844-1900) es un perfecto ejemplar de hombre que, partiendo de un agudo sentimiento de extrañamiento, soledad y sufrimiento físico, logró construir ese sistema filosófico que, como viene a decir Zambrano, redime o da sentido a una biografía. La psicóloga y escritora Alice Miller dice oportunamente que la obra de Nietzsche es el “lenguaje cifrado de un niño mudo” y que sus ideas “reflejan los sentimientos, necesidades y tragedias no vividas de la infancia del autor” . Su posteriormente idealizado padre murió cuando él tenía cuatro años, y es como si toda su filosofía se hubiera construido en forma de ondas emitidas en el estanque de su vida a partir de la pedrada que fue aquella temprana experiencia de involuntario abandono. Aunque la idealización de su padre parece que se correspondía solo con una parte de la realidad, no fácilmente compatible con su zona oscura, en la que ese mismo padre resultaba ser capaz de castigarle a veces con la máxima severidad y encerrarle en habitaciones sin luz, con el objeto de domeñar la tozudez y los berrinches que a veces exhibía Nietzsche en su más tierna infancia. Asimismo, ese amado padre había perdido la razón once meses antes de morir, probablemente debido a un tumor cerebral. A su sensación de extrañamiento y temprano abandono, Nietzsche tuvo que añadir el hecho de que su madre, su abuela y sus dos tías, que junto a su hermana compusieron desde entonces su matriarcal ambiente familiar, se empeñaron en hacer de él una persona “como Dios manda”, lo que implicaba la necesidad de soterrar las manifestaciones espontáneas de su incipiente personalidad, que quedaron ocultas y relegadas. ¿Qué otra cosa puede hacer un niño cuando está apremiado, de la forma en que lo estuvo, para conseguir hacer de él, como efectivamente se consiguió, un auténtico niño modelo?
     Por si fuera poco, Nietzsche sufrió más de cien enfermedades anuales durante el bachillerato, con constantes jaquecas y trastornos reumáticos de los que habría que sospechar que, en buena medida, si no totalmente, tenían un componente psicosomático. En una ocasión, cuenta Ben-Ami Scharfstein en “Los filósofos y sus vidas”, le escribió a un médico: “En conjunto soy ahora más feliz que nunca antes en mi vida: ¡y sin embargo!, dolores constantes, mareos diarios que duran varias horas, una semi-parálisis que me dificulta el habla y, para variar, violentos ataques (el último me tuvo vomitando durante tres días con sus noches, ansiaba la muerte)” . Llegó a consultar a más de treinta médicos y fisiólogos. Ya con catorce años reflexionaba de esta manera: “En mi joven vida he visto ya mucho dolor y aflicción, y por eso no fui tan alegre y despreocupado como lo son normalmente los niños. Mis compañeros de colegio solían hacer burla de mí debido a mi seriedad (…) Desde mi infancia he buscado la soledad y me he encontrado muy dichoso allí donde pudiera estar a solas conmigo mismo sin que nadie me molestara” . Ya adulto, en una carta a un amigo daba una versión menos grata de ese sentimiento de soledad: “¡Si solo pudiera darte una idea de mi sensación de soledad! No más entre los vivos que entre los muertos he tenido a nadie al que me sintiera unido” .
    
     Su alejamiento de la verdad preestablecida le condujo fatalmente a una soledad sin límites: ese resultó ser el destino de Nietzsche. Cuanto mejor comprendía su entorno, más divorciado se sentía de él. En un escrito de madurez titulado provocativamente “Por qué soy tan inteligente”, confesaba: “No tengo ni un solo recuerdo agradable de mi infancia ni de mi juventud”. Todo aquello, todos sus sentimientos de autocontrol debido a la educación coercitiva y escasa de cariño que recibió en el hogar que regían su madre, su abuela y sus dos tías, escondían un volcán en estado de latencia que acabaría haciendo erupción. Por un lado, actuaba una educación que pretendía reprimir todo pensamiento propio, la capacidad para la crítica, la necesidad de comprender las cosas en nexos causales (la ciencia), y no como expresión de una voluntad trascendente, y, en fin, la necesidad de libertad y espontaneidad, que eran sustituidas por la obediencia y la sumisión. Y por otro lado, mantenía esa necesaria libertad y espontaneidad que, aun soterradas, seguían latiendo en las profundidades de su alma, y que acabarían estallando. Una educación en la que todo, por parte de sus educadores, se hacía “por su bien”, que acabó llevando a Nietzsche a decir, por boca de Zaratustra: “¡El daño de los buenos es el daño más dañino de todos!”. En “Ecce homo” explica: “El concepto de hombre bueno significa la defensa de todo lo débil, enfermizo, mal constituido, sufriente a causa de sí mismo”.
     Lo que hizo las veces de caída del caballo para Nietzsche y que desencadenó lo que él mismo acabaría llamando “transvaloración de todos los valores” (es decir, su rebelión contra tanto corsé vital como había sufrido) fue la lectura de la obra mayor de Schopenhauer, “El mundo como voluntad y representación”. Nietzsche estaba entonces, según su propia descripción, como suspendido en el aire, sin principios, ni esperanzas, ni gratos recuerdos. Un buen día, cayó en sus manos el libro de Schopenhauer, que encontró en una librería de ocasión. Entonces, y de manera semejante a como San Agustín escuchó de boca de un niño aquel “tolle lege” (“toma y lee”) que cambió su vida, Nietzsche tuvo también su experiencia transformadora, que describe así: “No sé qué daimon me susurró: ‘Llévate este libro a casa’… Me eché en un extremo del sofá con el tesoro recién adquirido y me dispuse a recibir los efectos de aquel vigoroso genio del pesimismo. Todas sus líneas pregonaban la renuncia, la negación, la resignación, allí vi un espejo en el que contemplé el mundo, la vida y mi propia naturaleza terriblemente agrandados. Allí vi la clarificadora mirada del arte, completamente indiferente, allí vi la enfermedad y la salud, el exilio y el refugio, el cielo y el infierno” .
     Aquel volcán que era el alma de Nietzsche había empezado a hervir en el subterráneo de su infancia, la infancia de un niño perfectamente educado, que había aprendido a sojuzgar sus sentimientos, a enmudecer hacia fuera cuando su interior era un puro grito. Ese grito atascado en la garganta y en la cabeza de Nietzsche ya desde su infancia, hace que no sea extraño que ya entonces, y sobre todo en su etapa escolar, sufriera continuamente intensas jaquecas, laringitis y trastornos reumáticos. Todo lo que no podía encontrar una salida hacia el exterior tomó su cuerpo como simbólico campo de amarre, obrando sus efectos en forma de constante tensión. Dice Alice Miller que la obra de Nietzsche fue un intento —desesperado, pero nunca abandonado, hasta el colapso espiritual— de liberarse de la prisión de su infancia, del odio hacia las personas que lo educaron y atormentaron”. Intento nunca abandonado… pero nunca tampoco llevado a término, porque durante toda su vida no llegó a soltar las amarras que lo vinculaban a su familia, que, desde el punto de vista psicológico, era el último destinatario de su ira, del fuego volcánico que derramó, desplazándolo, sobre la cultura de su tiempo.
     En este contexto podemos entender por qué Nietzsche hizo gala de una injustificable misoginia, la que le llevó a escribir aforismos como aquel en el que decía: “¿Vas a tratarte con mujeres? ¡No olvides el látigo!”. Una misoginia solo explicable como desplazamiento, asimismo, de su animadversión hacia las auténticas destinatarias de tal sentimiento, su madre y su hermana; pero precisamente era a estas a las únicas que salvaba de su repulsión, evidenciando así que seguía siendo incapaz de rebelarse contra aquella familia de la que seguía sintiéndose afectivamente dependiente, de modo que su rebeldía contra todo solo llegaba a proporcionarle objetivos desviados y finalmente descabalados que no llegaban a servir para desahogar suficientemente su alma. Como dice de él Alice Miller: “Lo único que puede permitirse atacar son ideas o abstracciones humanas como ‘las mujeres’”. Y hacia los veintiséis años aún se expresaba de esta forma en una carta a un amigo: “Todas las discusiones sobre filosofía y religión constituyen una de las necesidades más tristes de la vida: si a uno le llevan a ellas, debe armarse de prudencia y dulzura (…) Más aún, en tales asuntos es un arte noble mantenerse callado en el momento justo. La palabra es algo temible y rara vez lo adecuado en tales ocasiones. ¡Cuánto debe uno callarse!”. De modo que su cuerpo, atormentado por la tensión del silencio impuesto, no dejó nunca de producir dolor. El mismo Nietzsche llegó a decir que “todas las verdades silenciadas se vuelven venenosas”. Resulta significativo el hecho de que, cuando ya estaba poseído por la locura (que comenzó en 1889 y le duró hasta su muerte en 1900) y “retornado” a la total dependencia materna y de su hermana, la madre refiriera que Nietzsche emitía terribles alaridos. Parece que el grito contenido durante toda su vida (a pesar de esa derivada simbólica suya que fue su obra), y especialmente durante su infancia, había encontrado en la locura un cauce, una coartada para llegar a articularse. No fue capaz de enfrentarse a la auténtica raíz de sus males. El único refugio que se acabó permitiendo fue la demencia. En 1969 se descubrió un pasaje escrito para ser incluido en “Ecce homo”, pero que finalmente no se publicó entonces. En él lanza fuertes invectivas, rebosantes de odio, contra su madre y su hermana: dice de ellas que son “reptiles venenosos” que han dirigido su “máquina infernal” contra él, y que la forma en que le tratan le llena de horror. Sin embargo, se retractó, y una vez sumido en la locura, se le dejó al cuidado, precisamente, de su madre y de su hermana; y él se mostraba feliz de seguirlas a todas partes. Era aquello, sin duda, expresión de su rendición: de nuevo la sumisión, como cuando niño, pero solo a costa de adentrarse en la locura.