jueves, 30 de diciembre de 2010

EL PURIFICADOR REGRESO AL FUTURO

(PUBLICADO EN "EL CORREO DE BURGOS" EL 26 DE ENERO DE 2011)

Al hombre la realidad siempre le ha parecido algo digno de toda sospecha. No teniendo en primera instancia a nadie más a mano a quien echarle las culpas de su irreductible desasosiego, ha encontrado en ella un chivo expiatorio ideal y válido para cualquier momento o situación. A lo largo de muchos milenios ha imaginado que lo que pasa es que hemos venido a menos, decayendo desde un tiempo original en el que vivíamos en plenitud y armonía, a partir del cual todo ha ido a peor. “En efecto –dice Mircea Eliade, el más importante, quizás, de los historiadores de las religiones, al hablar de aquel tiempo fabuloso de los orígenes–, los mitos de muchos pueblos hacen alusión a una época muy lejana en la que los hombres no conocían ni la muerte, ni el trabajo ni el sufrimiento, y tenían al alcance de la mano abundante alimento”. Correlativamente, y desde aquellos tiempos en los que los mitos servían para explicar lo que había pasado, los hombres, impregnados de esa mentalidad arcaica, hemos buscado cómo regresar, más o menos mágicamente, a aquel paraíso perdido y, de forma periódica, hemos tratado de anular el tiempo transcurrido desde entonces, de negar la historia. “El hombre de las culturas arcaicas soporta difícilmente la ‘historia’ y (…) se esfuerza por anularla en forma periódica”, apostilla el mismo Eliade.

Platón hablaba también de ese necesario, por purificador, retorno periódico a los orígenes. Y así, en su Diálogo “Político”, hace decir al extranjero que interviene en el diálogo: “El universo se desplaza, unas veces en la dirección en que ahora gira y, otras veces, en cambio, en la dirección opuesta”. Pero realmente es toda su filosofía la que se desarrolla alrededor de ese mundo ideal en el que habitamos antes de nacer y cuyo recuerdo, esto es, el regreso en la dirección opuesta a la que llevamos, equivale para él al acceso a la sabiduría.

Todo iba bien mientras los hombres imitábamos el comportamiento de nuestros primeros ancestros, los que fundaron el mundo. De los hombres de mentalidad arcaica, que se aferran al orden que garantiza el hecho de mantenerse dentro de los cauces prescritos por los antepasados, sigue diciendo el citado historiador rumano: “Su vida es la repetición ininterrumpida de gestos inaugurados por otros”, que es tanto como decir que renuncian a la libertad, a ser ellos mismos. El punto de inflexión que marca la definitiva entrada en la decadencia sería, precisamente, mirado desde este punto de vista, aquél en el que los hombres dejamos de regirnos por las reglas establecidas y pasamos a atender exclusivamente nuestros deseos e intereses particulares. En las ceremonias rituales de regeneración periódica de los hombres primitivos, el momento purificador viene precedido de una igualmente ritual fase previa de anomia, de ausencia de ley, en la que todo se hunde en el caos, preludiando la nueva e inminente creación del mundo (diluvio o cualquier otra catástrofe purificadora mediante). Es esa de representar el caos como preludio de la reparación la función que tradicionalmente han tenido los carnavales, el origen de cuya tradición se pierde en la noche de los tiempos.

De cómo la retirada hacia el interés particular y la consiguiente ausencia de normas generales vienen a expresar que la sociedad entra en su momento crítico tenía clara conciencia otro pensador de origen rumano, Cioran, que decía que una civilización entra en decadencia “cuando los individuos empiezan a tomar conciencia; cuando no quieren ser víctimas de los ideales, de las creencias, de la colectividad. Una vez que el individuo se despierta, la nación pierde su sustancia, y cuando todos están despiertos, se descompone”. En los tiempos de la Antigua Grecia, una de esas crisis paradigmáticas empezó a manifestarse en el último tercio del siglo V, y la Guerra del Peloponeso fue su momento de máxima crudeza. Tucídides, que historió aquella guerra, hablaba del espantoso estado de ánimo de los hombres de aquel entonces, que él achacaba a la guerra misma: “Las guerras y las epidemias de Atenas –decía– fueron causa de una mala costumbre que después se extendió a muchas otras cosas. Los pobres que después heredaban a los parientes ricos no pensaban más que en divertirse, porque temiendo ser víctimas de aquella enfermedad, no querían perder la ocasión de gozar de sus riquezas. Y no había nadie que, por respeto a la virtud, quisiera emprender obra buena que exigiese cuidado o trabajo, no teniendo esperanza de vivir hasta que estuviese acabada. Así es que todo aquello que entonces encontraban alegre y placentero al apetito humano lo tenían por honesto y provechoso, sin ningún temor de los dioses o de las leyes, pues les parecía que era igual obrar mal o bien, atendiendo a que morían los buenos lo mismo que los malos”. Sin embargo, podría entenderse que este estado de ánimo, incluso la misma guerra, habían sido causados por una crisis previa, que tenía profundas raíces en la incuria que afectaba a todo lo público y reglado: “La disociación amenaza toda la vida griega –decía de aquello Julián Marías–. El acuerdo se ha perdido hace muchos años; ya no se sabe lo que es bueno ni lo que es malo, lo que es justo ni lo que es injusto; no se sabe, sobre todo, quién debe mandar”.

Es en este contexto en el que la mentalidad colectiva empieza a incubar los modos de necesaria regeneración social y política. Sin embargo, el milenarismo, con el consiguiente deseo de regresar a los orígenes, que tradicionalmente ha inundado el espíritu de los hombres en tales situaciones, ha conducido hacia lo que Erich Fromm denominaba “miedo a la libertad”, empujándoles a renegar de ésta, a la cual atribuyen la causa del caos imperante, y a buscar en los regímenes totalitarios la salida de la crisis. Ambos ingredientes, el deseo de regresión a una supuesta edad dorada y la participación mística en el espíritu de lo colectivo y tribal, son los que precisamente caracterizan a nuestros deletéreos nacionalismos centrífugos.

Hoy vivimos una curiosa y paradójica situación: efectivamente, en muchos sentidos, nuestra cultura promueve los comportamientos más individualistas, el preocupante desinterés de la mayoría por los asuntos públicos, la ausencia de valores morales firmes… En suma, y descontando lo que sufrimos de crisis económica, estamos en el epicentro de una grave crisis social e histórica; concretamente atravesamos la etapa que en el ritual primitivo más se parecería a una dilatada época de carnaval. Pero por otro lado, el miedo a ser diferente, a ser excluido del grupo de referencia, a significarse con ideas propias, resulta también acuciante en una mayoría de la población, que toma prestadas las etiquetas pseudoconceptuales que dispensa la autoridad pertinente (normalmente emitida por los medios de comunicación que sirven de referente ideológico). Metidos en plena transición hacia todavía no sabemos qué, vivimos en una especie de carnaval regulado; o de totalitarismo democrático.

Pero no nos podemos permitir, como en los tiempos en los que predominaba la mentalidad mágica, la vuelta atrás. La regeneración que nos ha de llevar a la superación de esta insólita crisis que atravesamos, por un lado exigirá, desde luego, el restablecimiento de criterios de orden, una reactualización de los principios y valores morales, la recuperación del interés por el bien público; pero todo ello habrá de ser canalizado por las vías de la libertad individual, de la generación de las dosis de valor necesario para atreverse a tener ideas propias y que incluso puedan oponerse al propio grupo de referencia. En suma, la regeneración no nos ha de llevar, como prefería el hombre arcaico, a los supuestos esquemas sociales y políticos de un pasado añorado y en el que el todo anulaba a las partes, sino que ha de permitir abrir vías hacia el futuro que hay que construir, el progreso hacia el que precisamente apunta la a estas alturas irrenunciable libertad.

sábado, 11 de diciembre de 2010

EL MUNDO TIENE FORMA DE RED

Todo fenómeno del universo es la parte manifiesta de otro fenómeno contrapuesto que aguarda en estado de latencia a que llegue el momento de ocupar el lugar de aquél. Decía Anaximandro (610-547 a. C.), uno de los primeros filósofos que aparecieron en la antigua Grecia, que el principio de todas las cosas era el ápeiron, lo infinito o indeterminado, en donde todo era equilibrio y unidad. Del ápeiron surgieron las cosas divididas en contrarios, aunque no equiparados cada uno con su controvertida pareja, pues eso los haría compensarse y regresar al origen, al ápeiron, sino predominando injustamente un contrario sobre el otro, ocupando, aquél que prevalece, más de lo que equitativamente le hubiera correspondido en el nicho destinado a cada pareja de opuestos. De este acto de injusticia brotaron, pues, las cosas individuales: el frío y el calor, lo seco y lo húmedo, el hambre y la saciedad…
Cada cosa está en permanente combate con su contraria, nunca reconciliada con ella, sino ocupando el lugar preeminente unas veces y otras desbancada de ese lugar por su irreconciliable pareja. Esta es la razón de que Heráclito dijera que “la guerra es el origen de todas las cosas”. De manera que la pleamar resulta ser el aviso de que pronto llegará la bajamar, la noche sirve de heraldo para el día y la acción es el anticipo de la reacción. Nunca esos contrarios acabarán de reconciliarse, salvo cuando todo regrese al origen (que regresará, dice Anaximandro) y quede disuelto en la indiferencia. Estas premisas nos ayudarán a entender que la Historia sea el escenario en el que van irrumpiendo de forma secuenciada momentos con perfiles contrapuestos que, constatada la imposibilidad de su síntesis, parecen aceptar que uno predomine por un tiempo a condición de que, llegada la hora, ceda su reinado y su vigencia al otro.

La Modernidad se inauguró con el desplazamiento del péndulo de la historia hacia el sesgo de lo individual. La última etapa de la Escolástica medieval (Guillermo de Ockham sobre todo) generó conceptos con los que dar expresión a la supremacía de lo individual sobre lo universal, de la parte sobre el todo. Descartes, máximo mentor de aquel tiempo, entendió que cualquier sistema podía ser reducible a un conjunto de partes independientes, como efectivamente ocurre con las máquinas. Y en conclusión, para esta forma de mirar mecanicista, el todo equivalía a la mera suma de sus partes. Podríamos considerar la invención del microscopio por parte del holandés Anton Van Leeuwenhoek, en el siglo XVII (la atención, pues, a lo que resulta de desmenuzar cada cosa en sus partes mínimas), como el resultado más congruente con esta forma de mirar el mundo, y el que servía de puerta de entrada a los grandes descubrimientos científicos y tecnológicos de la Era Moderna, que culminaron, en el siglo XX, con la biología molecular y la física de partículas.

El enfoque en la forma de mirar del hombre moderno está adaptado, pues, para la percepción de microcosmos. Ahora bien, y como dice Ortega, “quien quiera ver un ladrillo necesita ver sus poros y, por tanto, acercarlo a los ojos, pero quien quiera ver una catedral no la puede ver a la distancia de un ladrillo”. Y parece haber llegado ya la hora de que aquella visión analítica y reduccionista vaya dejando paso a la nueva visión, que ya hace un tiempo que ha lanzado sus arietes sobre sus contrarias, la Modernidad y la Posmodernidad. Es hora de entender el funcionamiento de los sistemas complejos: la sociedad, el cerebro, los ecosistemas… todos aquéllos en los que se puede constatar que el todo es más que la suma de las partes (por eso, ante una lesión cerebral, el resto de las partes del cerebro tiende a asumir, en lo posible, las funciones de la que quedó inutilizada, algo que una interpretación mecanicista del funcionamiento del cerebro no puede explicar).
Según la nueva perspectiva, de la que participan la teoría sistémica, la Gestalt en psicología, la teoría del caos…, todo sistema se configura como una red de intercambio de información que hace que cada parte intervenga en el funcionamiento del todo, igual que cada fragmento de una sinfonía interviene en el conjunto de toda ella o cada capítulo de una novela en el total de lo narrado en ésta. Cuando esto deja de ocurrir, el sistema está amenazado de muerte. Es lo que ocurre en el cáncer, cuando unas células crean una especie de estado independiente dentro del organismo. O en los extremos a que ha llegado el arte actual, en que cada verso de un poema surrealista es independiente del siguiente o los fragmentos de un cuadro cubista pretenden tener autonomía y no estar subordinados a una idea de conjunto. O, en fin, si nos trasladamos al ámbito sociopolítico, lo que asimismo ocurre con los nacionalismos separatistas.

jueves, 25 de noviembre de 2010

LA MADRE QUE PARIÓ A TODAS LAS CRISIS

(PUBLICADO EN "EL CORREO DE BURGOS" EL 23 DE DICIEMBRE DE 2010)

Con esta forma de titular no es que pretenda pasarme al exabrupto. No se trata de que haya llegado a un punto en el que vea ya que reflexionar sobre la crisis no lleva a ningún sitio y me disponga a sustituir los silogismos por exclamaciones y, eventualmente, dicterios. No; lo que trato de decir, para empezar, es que no estamos tan sólo ante una crisis económica; ni siquiera política, aunque también. La que fundamentalmente atravesamos es una crisis histórica, y para entender mejor esas otras, que también sufrimos, habrá que elevar la perspectiva hasta la altura exigida por esta última. Desde allí podremos observar cómo es ella, la histórica, matriz de las demás.

Ortega, al tratar de formular un esquema de las crisis, sostenía que Occidente ha atravesado por tres fundamentales a lo largo de su historia: la que acabó con el mundo antiguo y que finalmente provocó aquel descomunal descalabro que fue la caída del Imperio romano; la que condujo desde el Medievo hasta la Modernidad; y la que actualmente acontece y que ya lo estaba haciendo en los tiempos en los que escribía nuestro filósofo más preclaro. Detengámonos en lo que caracterizó a la segunda para intentar así desentrañar los precedentes de la actual.

La palabra clave para entender el mundo de la Edad Media la enunciaron, como suele ser habitual, los filósofos: era ésta “universal”. Las cosas, el hombre mismo –se viene a significar con ella– no existen propiamente como individuos; un perro, sólo materialmente es un perro concreto, individual. Pero lo que auténticamente existe es la –llamémosla así– “perridad”, lo que en el perro es universal, lo que permanece más allá de su individualidad, y que sobrevive al perro concreto incluso después de que éste haya muerto. Cada “universal” es, pues, no una cosa sino una especie de cosas, y constituye una realidad incorruptible, invariable e independiente. El mundo así considerado, puesto que está hecho de universales, no tolera variación alguna. La “perridad”, el “universal” correspondiente a los perros, es lo que es de una vez y para siempre. Y así todas las cosas, es decir, todas las especies de cosas. Por ejemplo, las que se refieren a la sociedad, compuesta también de especies (de “universales”) inamovibles: el que es rey lo es para siempre, lo mismo que el noble, que el siervo, que el miembro de un gremio artesanal o que el criminal. Todos ellos, incluso, transmiten su condición a sus herederos. Resulta evidente que este modo de ver el mundo producía una pétrea estratificación social, un efecto de anquilosamiento general frente al que cualquier innovación venía a equivaler a un inasumible terremoto.

Guillermo de Ockham, en el siglo XIV, fue el que sobretodo hizo trizas esta manera de mirar (aunque los efectos sociales de su teoría no se hicieron patentes hasta el siglo XV): no existen los universales, sentenció, sólo existen las cosas particulares, los individuos. Es decir, y siguiendo con nuestro ejemplo, sólo existe cada perro concreto, y la “perridad” no es sino un invento de la mente para intentar aproximarse a la realidad concreta, cambiante y fugitiva que constituye cada perro particular. La realidad, en su esencia misma, es aquello que está al alcance de los sentidos (o de sus servidores, los instrumentos de laboratorio), es decir, que está hecha de materia, y se encuentra en permanente transformación.

Con estas ideas emergentes, una vez que se volvieron productivas (pues su primer destino era el caos), se abría para la realidad una nueva y poderosísima dimensión: el futuro, allí donde nada está prefijado y todo es posible; el cauce, pues, por el que discurre esa realidad en permanente transformación. Desde esa raíz empezó a aflorar la Modernidad, la cual, si hubiera que reducirla a una sola palabra, debería de ser “energía” o “dinamismo”. Montado a la grupa de los nuevos conceptos, el mundo empezó a dar vueltas (de ahí, Copérnico), a transformarse… Y así hemos llegado hasta hoy mismo.

Si el hombre medieval era fundamentalmente un ser resignado a un destino inamovible, “el hombre moderno –dice Ortega– es en su raíz revolucionario”, esto es, un vocacional innovador. Pero complementa el filósofo madrileño su afirmación añadiendo: “Mientras el hombre sea revolucionario no es más que hombre moderno, no ha superado la modernidad”.

Y es que tanta revolución, tanto cambio, junto a indudables efectos positivos, ha tenido otros patentemente negativos, como, por ejemplo, los utopismos, que se tomaron al pie de la letra la consigna de la Modernidad de que todo es posible y que, sin ir más lejos, dejaron buena parte del siglo XX como para cogerlo con pinzas. O la desaparición de criterios morales estables que sirvieran para vertebrar los comportamientos. O la pérdida de consistencia de las instituciones sociales, arrastradas por la corriente del “todo fluye” de la Modernidad. O incluso la pérdida de la sustancia formal en los motivos del arte, hasta acabar derivando hacia el completo absurdo. Zygmunt Bauman, flamante Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010, ha llamado a éstos tan fluidos que atravesamos “tiempos líquidos”. Rodríguez Zapatero, eficaz, aunque un tanto patético, representante de esta etapa terminal de la Modernidad (también llamada Posmodernidad), hubiera dicho para definirlos: “Todo (no sólo la nación) es discutido y discutible. Incluso negociable”. O sea, todo tiende al caos.

Así pues, el resto de las crisis que nos acosan podríamos entenderlas como el resultado de esta desbocada aceleración; o dicho de otro modo: estamos huyendo hacia adelante en nuestra permanente y acelerada búsqueda de lo inconsistente (por ejemplo, un dinero que no existe, pero que ha sustentado unos créditos que finalmente han desembocado en la crisis financiera). Fernando Pessoa (1888-1935) llegó a decir desde esta desenfrenada manera de ver el mundo: “No hay normas. Todos los hombres son excepciones a una regla que no existe”. Y lo que estamos necesitando de modo cada vez más perentorio es descubrir –tal vez redescubrir– nuevas fuentes de estabilidad, puntos de anclaje para la realidad, zonas de seguridad en las que, más allá de esta arrolladora movilidad social, cultural, política, moral… cósmica, poder depositar aquello que merece la pena ver repetirse.

domingo, 7 de noviembre de 2010

EL COMÚN: EL MÁS ENGAÑOSO DE LOS SENTIDOS

Describe Erich Fromm en su ya clásica obra “El miedo a la libertad” el mecanismo psicológico por medio del cual gran número de individuos tratan de superar el sentimiento de soledad y de insignificancia que experimentan frente al poder abrumador del mundo exterior renunciando a tener su propia personalidad y adoptando la que les proporcionan las pautas culturales o de opinión pública dominantes. A través de ese mecanismo aspiran a transformarse “en un ser exactamente igual a todo el mundo y tal como los demás esperan que él sea”. Entonces, “la discrepancia entre el ‘yo’ y el mundo desaparece, y con ella el miedo consciente de la soledad y la impotencia”. Cuando la mente se pone a funcionar según estas claves, la expresión “yo pienso que…” queda impregnada de ambigüedades y puesta al servicio del camuflaje de aquellos temores inconfesados. En tales condiciones, los pensamientos expresados no pasan de ser, en realidad, sino racionalizaciones destinadas a hacer aparecer como convincentes unas opiniones que no tienen su raíz en los propios procesos deliberativos, sino en los agentes externos a los que uno está emocionalmente subordinado. El sujeto, entonces, dice también Fromm, puede tener “la ilusión de haber llegado a una opinión propia, pero en realidad ha adoptado simplemente la de una autoridad sin haberse percatado de este proceso”.

De esta insidiosa manera, va a menudo consolidándose lo que, con una expresión que sólo parece contar con acepciones benévolas, se denomina sentido común, y que viene en estas ocasiones a referirse a actitudes que Immanuel Kant tachaba de propias de menores de edad en cuanto al uso de la capacidad de razonar; lo hacía al explicar lo que era la Ilustración, y con estas concretas palabras: “Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo. Esta minoría de edad significa la incapacidad para servirse de su entendimiento sin verse guiado por algún otro. Uno mismo es el culpable de dicha minoría de edad cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de resolución y valor para servirse del suyo propio sin la guía del de algún otro. Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración”. La democracia nació precisamente con la Ilustración, cuando llegó a haber un número suficiente de personas “mayores de edad” intelectual y moral que aceptaron tener la responsabilidad de regir sus propios destinos.

En sentido contrario, y regresando a aquella otra forma de configuración de la opinión pública que sirve de referencia a los “menores de edad”, resultará ilustrativo el relato del experimento que sobre los límites a los que puede llegar el comportamiento de obediencia realizó Stanley Milgram, un psicólogo de la Universidad de Yale, a finales de la década de 1960, y cuyos resultados no pueden ser más inquietantes.

Milgram reclutó a diversos sujetos experimentales entre todos los sectores sociales (abogados, bomberos, obreros…), proponiéndoles participar en un experimento sobre los eventuales beneficios del castigo en el aprendizaje. Un médico de bata blanca les dirigía en la tarea: de uno en uno actuarían como “profesores” frente a un alumno situado en otra habitación, al cual no podían ver, pero sí oír. El “profesor” (el sujeto experimental) sometía al alumno a un examen de memorización de asociación de palabras. Si se equivocaba, debía castigarle aplicándole una descarga eléctrica que al principio era leve, de 15 voltios, pero a medida que acumulaba respuestas incorrectas, las descargas aumentarían de intensidad, hasta llegar al último nivel, de 450 voltios.

Sin embargo, éste del aprendizaje por castigo era en realidad un experimento-máscara. Lo que de verdad se investigaba era el límite al que las personas son capaces de llegar en su comportamiento de obediencia. Cuando las (falsas) descargas llegaban a 180 voltios, el alumno (en realidad, un actor), gritaría diciendo que no podía soportar más el dolor; a los 300, que no quería seguir con el experimento (que, sin embargo, no podía físicamente eludir). A los 330 voltios, sólo se produciría un inquietante silencio.

Los resultados del experimento causan pavor: el 65 % de los sujetos que hacían de profesores llegó hasta el final, los 450 voltios, a pesar de que muchos parecían sufrir por lo que hacían (sudaban, se mordían los labios…), pero acababan obedeciendo al experimentador de la bata blanca, que les animaba a seguir con el experimento, del que él se presentaba como último responsable. Los escrúpulos morales eran, pues, de inferior nivel de exigencia que la obediencia demandada. El experimento fue posteriormente replicado y confirmado en diversos lugares del planeta (Australia, Alemania, Jordania y otros países), siempre con resultados similares.

De todo lo cual se pueden derivar perentorias reflexiones encaminadas a descubrir la línea roja que, más allá de los casos individuales, separa las sociedades maduras de las que aún se mantienen en la minoría de edad y aceptan sumisamente ser regidas por gobernantes desastrosos.

domingo, 31 de octubre de 2010

6 DE NOVIEMBRE: EN MADRID Y EN CONTRA DE LA NEGOCIACIÓN CON ETA

Hoy me siento transgresor: empezaré por el final y acabaré por el principio. Voy a enunciar una respuesta, y trataré de que sea ella la que nos vaya llevando hasta las preguntas así como hasta los argumentos que han de mediar entre una y otras: creo –y esto es entrar ya en materia– que la historia de Occidente se superpone a la del paulatino descubrimiento de que la virtud no tiene premio, o de que, al menos, no tiene ninguna vinculación de partida con una posible recompensa. Vamos comprendiendo cada vez mejor que la responsabilidad de ser o no virtuoso le corresponde sólo al individuo (al individuo en soledad), que ya no puede éste contar, a estas alturas de la historia, con nadie que le venga a exigir aquello a lo que moralmente está obligado, ni el cielo ni el infierno están preparados para recibir a quien acierte o a quien se equivoque en la respuesta. El Iván Karamazov de Dostoievski creyó haber comprendido que "si Dios no existe, todo está permitido". Se quedó a medio camino: dejemos que Dios exista o no, pero lo que, virtualmente desde que empezó la Modernidad, ya no podemos esperar de él es que venga a decirnos lo que debemos hacer o dejar de hacer, lo que está moralmente permitido o prohibido; somos nosotros, cada uno, los que hemos de descubrirlo. A este descubrimiento es a lo que propiamente se llama libertad, y de la fecundidad de este valor dan razón las enormes conquistas políticas, científicas y estamos en camino de que también morales (esto está costando más) que conforman esta punta de lanza de la historia que es Occidente.

Llevo tiempo dando vueltas a la rueda mental que me viene avisando de que Guillermo de Ockham fue uno de los mayores revolucionarios de la historia. Cogeré sólo uno de los cabos del hilo argumental que conduce hasta esta impresión: frente al razonable Santo Tomás, vino Ockham a hacer una afirmación conmocionante, la de que Dios es un ser arbitrario, imprevisible, no sujeto a los dictámenes de la razón, sino sólo a su propia voluntad. Lo bueno y lo malo no vienen dados de antemano, pasamos a ser nosotros, los individuos, los generadores y los gestores de la moral. Una lección ésta que tienen mejor aprendida, hoy por hoy, los judíos y los protestantes (Lutero fue seguidor de Ockham), los que mejor se llevan con ese Ser arbitrario, y los que han resuelto más fecundamente (aunque muy tortuosamente y con fuertes dosis de integrismo) los tratos con un Dios así. Por eso Occidente es una creación de ellos más que de nadie.

Hay una línea de continuidad entre Ockham e Immanuel Kant, la que lleva finalmente hasta lo que éste sostiene respecto de que, como entes dotados de principios morales que somos, no debemos de esperar a que el mundo externo, objetivo nos dé la señal de cuándo debemos actuar y en qué sentido: contamos con nuestra conciencia, que se encarga de apremiarnos con sus imperativos categóricos, un a priori moral que brota de nuestro interior, y que no ha de esperar a que le respalden ni las leyes de la causalidad, ni las del realismo, ni siquiera las de la razón: uno actúa porque se lo impone su sentido del deber.

El 6 de noviembre, la Plataforma de Víctimas de Voces contra el Terrorismo convoca a los españoles a una concentración en contra de la negociación del Gobierno con ETA, una negociación que presupone que aquél acepta como contraparte negociadora a una organización que sólo tiene una cosa que poner sobre la mesa: no razones, no argumentos morales, no representación política, sólo la amenaza del terror. Una batalla perdida ésta de oponerse a la negociación: probablemente está todo negociado ya y ahora asistimos a la mera puesta en escena de lo pactado. Y este PP actual, de perfil tan bajo, no parece capaz de contrarrestar la inercia de los hechos consumados. Quizás ni lo pretenda: si no fuera así, ya debería haber advertido públicamente de que no respetaría esos pactos una vez llegado al poder… y no lo ha hecho. Y si la batalla es contra el PSOE y el PP a la vez, admitámoslo: sobretodo en el corto y medio plazo, la vamos a perder. ¿Por qué, pues, hay que dar esta batalla? ¿Qué sentido tiene combatir por una causa perdida? Preguntas éstas que tratan de poner colofón e invertido remate a unas respuestas que ya he dado más arriba.


domingo, 24 de octubre de 2010

EL HOMBRE, UN SER DE FRONTERA

Decía Unamuno que “la conciencia de sí mismo no es sino la conciencia de la propia limitación”. Efectivamente, la experiencia, a poco que tenga algún peso dentro de nuestro particular bagaje, enseña que madurar consiste en ir recortando de nuestra personalidad aquellas espurias ampliaciones virtuales que nos hacían sentir que todo es posible, y que nos empujan en demasiadas direcciones, esto es, nos dispersan y distraen de lo que auténticamente somos.
Poco a poco (la vida es larga) hay que ir encogiendo el diámetro de salida de esa multitud de formas posibles de ser que manan como chorro de aspersión desde aquella personalidad difusa, pretenciosa, impetuosa y dispersa que caracterizó nuestra adolescencia, y concentrar nuestras energías dentro de un perfil de personalidad concreto y delimitado. Lo cual se consigue renunciando a ese cúmulo sobrante que en nosotros forma todo lo que hubiéramos podido ser pero que no somos. Ésa es también la manera de prevenir la caída en la improvisación, la desestructuración y la improductividad a que está abocado finalmente quien sigue pensando que todo es posible o, como decía Picasso en representación de esta época que es aún la suya, que “todo lo que puedas imaginar es real”.

Así que uno va adquiriendo su perfil a base de persistir en su proyecto de vida, de hacer que sus decisiones no se dispersen, fugaces, detrás de cada posibilidad, sino que, por el contrario, graviten hacia el núcleo que en cada cual configura su vocación, haciendo que los días se vayan acumulando cada uno con el siguiente, en tenaz persecución de lo que estamos obligados a hacer si queremos ser quienes somos, si estamos comprometidos con nuestro destino, si hemos de ser consecuentes con lo que a cada cual nos exige nuestra conciencia. Restringiendo el campo de nuestras decisiones, renunciando a muchas de aquellas con las que la imaginación nos tienta ofreciéndonoslas como aún posibles, es como vamos acotando, matizando, definiendo nuestro propio perfil, nuestra personalidad.

Como virtual ampliación de estas ideas, decía Ortega: “Frontera quiere decir algo así como perfil, y el perfil es lo que está siempre en cada cosa más amenazado, más expuesto, y es, por tanto, lo que hay que defender”. Está claro que no hablamos solamente de vicisitudes propias de las personas, sino también de las de los pueblos, y habríamos de escrutar las consecuencias que para ellos supone perder o desdeñar su perfil, su vocación común, su compartido proyecto de vida; en suma, la disolución o la desatención de sus fronteras, que es lo mismo que decir de sus limitaciones.

Marco Aurelio (121-180), el último gran emperador de Roma, después del cual, según Gibbon, dio comienzo en ella su decadencia, empezó a tener sutiles vacilaciones (de índole muy semejante a las que hoy tienen muchos, sobretodo en nuestro país) respecto de cuáles eran los límites de su nación: “Como Antonino, mi patria es Roma –decía–, pero como hombre es el mundo”.
En su tiempo habían comenzado ya las invasiones bárbaras, especialmente en la frontera con Germania. Como perteneciente a la dinastía de los Antoninos, es decir, "como romano", marchó a la frontera a encabezar personalmente el combate contra los bárbaros; a defender, pues, el perfil de su nación. Pero "como hombre", su atención empezó a dejar de estar alerta y legó esa parte distraída de su personalidad social a su hijo Cómmodo, que cuando su padre murió precisamente allí, en la frontera y entre sus soldados, en el año 180, detuvo inmediatamente la guerra y comenzó un, llamémosle al estilo posmoderno y zapaterista, “proceso de diálogo”, que condujo al establecimiento de tratados de paz que pronto los mismos bárbaros, advertidos de la entonces incipiente debilidad del Imperio, convirtieron en papel mojado. Julián Marías nos presta la conclusión: “Roma no tuvo la capacidad de imaginar las fronteras reales de la sociedad que constituía, y ésa es la razón fundamental de la crisis y la caída del Imperio romano (Análogamente, son muchos los que no saben que la sociedad en que vivimos se llama Occidente, o no saben imaginarlo)”.

Cuando uno se desentiende de sus fronteras, llega a tener la impresión de que es que no hay fronteras, de que los límites son cárceles que nos inventamos, de que no pertenecemos a ninguna nación ni a ninguna civilización, y que, por tanto, nada nos va en el hecho de defenderlas. Mientras creamos, como los adolescentes, que todo es posible (que todo da igual), que no tenemos más fronteras que el infinito, la personalidad se nos irá diluyendo entre ensoñaciones improductivas, modos de distracción que en las naciones y las civilizaciones concluyen en ese clímax de perplejidad que se produce al reparar en que ya está aquí “Atila ante portas”.

sábado, 16 de octubre de 2010

HISTORIA Y NACIÓN I I (DEBATE CON MIGUEL ÁNGEL QUINTANA)

Amigo Miguel Ángel:

Contesto con este escrito al que tú me diriges desde tu blog ( http://upyd.tumblr.com/#/1294665817 ), para así ir dando cuerpo a este absorbente debate en el que nos hemos metido, tan estimulante para mí, aunque sólo fuera por el hecho de tener enfrente a un interlocutor con una envergadura intelectual como la tuya.

Tienes razón para empezar: el estilo conversacional que hemos mantenido en los correos, y que yo casi había eliminado en mi anterior escrito, enriquece y da frescura a nuestro debate, así que trataré de recuperarlo. Por otro lado, me sumo al proyecto vital hacia el que apuntas para cuando hayamos dado esta batalla que hemos de dar en UPyD: una vez de vuelta a la cueva, yo también amueblaré mi refugio con libros de filosofía, bajaré definitivamente a ese estrato de lo humano del cual todos los demás son sólo superestructuras (llamémoslas así haciendo una concesión postrera a nuestras indigestas cosmovisiones de juventud).

Son muy generosas tus palabras de presentación. Sólo aludiré brevemente a lo que comentas a propósito de nuestro I Congreso: mis discrepancias con Carlos Martínez Gorriarán fueron, junto al resto de sus intervenciones, el instrumento a través del cual pude constatar que es una auténtica apisonadora dialéctica, con una cultura y una erudición muy por encima de las que exhiben la práctica totalidad de los políticos españoles.

Y yendo ya al grano, estaré encantado de que nos ayudemos a aclarar nuestras respectivas ideas, aunque sea, en buena medida (pero no sólo), por contraste.

Sé que invita a ponerse a la defensiva el presupuesto de que la realidad discurre en dos niveles: el manifiesto y el que le sirve de sustrato. Pero funciona bastante bien y no me siento capaz de salirme de él. En el nivel manifiesto, las cosas son lo que son (lo que parecen ser), y punto. Para quienes creen que la realidad sólo consiste en esto, toda valoración es un modo de evadirse de eso que es lo único de lo que podemos estar seguros: las cosas tal y como se nos aparecen. La idea de progreso sería, según esto, uno de esos valores que nos hacen evadirnos de lo que las cosas son: ¿por qué va a ser mejor, o más "progresista", (esto es algo que, más o menos, le oí decir hace ya un montón de años a Mario Gaviria, un ecologista de pro del que hace mucho que no sé nada) el modo de vida del hombre actual, lleno de neuras y de insatisfacción, que el del paleolítico, en el que el hombre se dedicaba a cazar, a pescar y a follar, que es justamente aquello (también más o menos) que aspiramos a hacer hoy en día en cuanto nos liberemos de todo lo que nos ata en nuestra civilizada vida? Un poco simple el planteamiento, pero hay algo en él que interrumpe un tanto la seguridad que los "progresistas" tenemos en el nuestro.

Pero, efectivamente, yo creo que hay otro nivel no manifiesto en la realidad,
aunque soy consciente de que esta idea es un peligroso tobogán que te puede llevar al desvarío en cuanto te descuides, porque con ella se pueden justificar las elucubraciones de cualquier paranoico. Y es que esa realidad latente sería algo así como el alma de las cosas, su entelequia, lo que las empuja en pos de lo mejor. Pero ¿qué es lo mejor? Para Marx lo era la sociedad sin clases y para Hitler un mundo de superhombres arios. Y la que armaron esos dos mejor no volver a reeditarla. Creo que, precisamente, estamos viviendo en la resaca de un tiempo en que el mundo se emborrachó con grandes ideales… que fueron el prólogo de grandes catástrofes. Vale.

O sea que estamos en el mismo punto que le llevó a Descartes a dudar de todo… aunque también con su misma necesidad de encontrar una certidumbre en la que apoyarse para no caer en la indiferencia de quien acaba concluyendo que todo da igual, que no existe lo mejor y lo peor (que no serían más que meras construcciones subjetivas), y que para qué molestarse en dedicarse a algo más que a resolver las necesidades inmediatas, si no hay ningún sitio "mejor" o más "progresivo" al que ir.
En sentido negativo, puedo decir que a la necesidad de encontrar esa certidumbre radical me empuja la vertiente de mí que da a la psicología, y desde la que creo saber que esa contrapuesta indiferencia de la que hablo tiene nombre técnico: depresión. Y la depresión es el infierno en este mundo, al que nadie quiere ir (pero en el que ha caído más de uno de los que se han guiado por la indiferencia valorativa como requisito para acceder al conocimiento; a propósito, si estuviera más preparado, quizás hubiéramos podido escarbar desde aquí en la tendencia a la depresión de Wittgenstein, tu filósofo favorito. Pero discúlpame; es una temeridad por mi parte el sólo hecho de plantearlo). Así que, parodiando a Descartes, puedo constatar que, para empezar, efectivamente, no soy nadie, no voy a ningún lado, sólo soy vacío… ergo sum. O dicho a la manera de María Zambrano: "El hombre podría definirse –una de tantas posibles definiciones– como el ser que alberga dentro de sí un vacío (…) un vacío que ha de llenarse".
El vacío se llena, para empezar con el deseo, el anhelo de algo, la esperanza de encontrar aquello que llene ese vacío. ¿Y qué es? Iba a decir que ni puta idea, pero va a quedar más elegante poner otra cita de la Zambrano: “La esperanza (…) no siempre sabe lo que pide”. Y ya que estamos: “Vivir, al menos humanamente, es transitar, estarse yendo hacia… siempre más allá”.

Así que una cosa es la realidad manifiesta y otra lo que late en el sustrato: nuestra necesidad (¡necesidad vital!) de estar siempre yendo en busca de algo más… algo mejor, algo que nos llene (o nos vaya llenando). En suma: progresando. ¿Y qué es progreso? Antes de ponerme a dar respuestas a lo Bécquer, mejor diré que progresar es algo que hay que ir descubriendo, y de lo cual creo que sólo tengo una idea suficientemente "clara y distinta": progresar es ir de lo simple a lo complejo. Por ejemplo, cuando Portugal decidió volver a ser independiente en 1640, regresó de lo complejo a lo simple, porque, cuando el Conde-Duque de Olivares quiso unificar fiscalmente (y en el sacrificio de hombres en los ejércitos) los territorios de la Corona de España, Portugal (y Cataluña, Andalucía y Nápoles) se echó para atrás (con sólidos argumentos, desde luego: creo que, en conjunto, la política de los Austrias fue bastante negativa); y acabó separándose. Y eso fue regresivo desde el punto de vista de la marcha de la historia desde lo simple hacia lo complejo. Y si algún otro territorio español, actualmente, quisiera hacer otro tanto, también ello supondría una regresión desde nuestra actual complejidad fiscal, lingüística, económica, etc. hacia fórmulas de socialización más simples (aunque ellos dijeran que no miran al pasado, sino al futuro), como vuelta a lo simple fue, salvando las distancias, que vascones y cántabros regresaran a la aldea a la caída del Imperio romano. Y además, para separarse actualmente, esos territorios tendrían que dejar opinar al resto de los españoles, porque se estaría destruyendo un organismo que no sólo depende de esos eventuales separatistas. Es lo que tiene esto de la complejidad: los organismos simples, llegado el momento evolutivo preciso, no pueden renunciar a formar parte de un todo orgánico dentro de los organismos complejos a los que pertenecen; en biología, algo así se llamaría cáncer.

Así que, por si me preguntas más en concreto que por qué soy progresista, ya tengo preparada la respuesta: porque no me gustan ni la depresión ni el cáncer. Y después, pero sólo después, me enrollaría con que si el idioma común, la unidad fiscal y de mercado, la racionalidad de las infraestructuras y trasvases… ya tú sabes. O con cuestiones metafísicas, como las que me llevarían a Kant, de quien te pongo una cita que cazo al vuelo (la traducción se nota que renquea): "Desde luego es una extraña y, en apariencia absurda proclama querer concebir una historia, según una idea de cómo debería ir el curso del mundo si se adecuara a ciertos fines racionales; parece que, con un propósito semejante sólo puede darse una novela. Sin embargo, si se tiene que suponer que la naturaleza, incluso en el juego de la libertad humana, no procede sin plan ni propósito final, esta idea podría ser de uso; y aunque seamos cortos de vista para penetrar el mecanismo secreto de su organización, esta idea debería servirnos, sin embargo, de hilo conductor para representarnos como un sistema. Al menos en grande, lo que, de lo contrario, es un agregado de acciones humanas sin plan". O sea, e invirtiendo el orden de estos argumentos: si no hay plan previsible, todo está abocado al absurdo; y si el absurdo prevalece, mejor que empecemos a hacer cola en la consulta del psiquiatra. Y a contrario sensu, los peligros de dejar reinar al absurdo puede que implícitamente estén avisando de que en el sustrato hay una especie de "plan".

Pero si no fuera así, si todo es absurdo, aún me quedaría una última trinchera; perdóname (y van dos) la manía de poner citas, pero aún me queda ésta de Nietzsche para describir esa posición que está inmediatamente antes de la de echar a correr: "Hemos arreglado para nuestro uso particular –dice– un mundo en el cual podemos vivir concediendo la existencia de cuerpos, líneas, superficies, causas y efectos, movimiento y reposo, forma y substancia, pues sin estos artículos de fe nadie soportaría la vida. Pero esto no prueba que sean verdad tales artículos. La vida no es un argumento; entre las condiciones de la vida pudiera figurar el error". Si no hubiera más remedio que escoger, yo, claro está, prefiero la vida.

P.S. Ya he encargado el libro que tienes traducido, prologado y editado sobre Wittgenstein, "Últimas conversaciones". En mi primer intento de adquirirlo, me ha fallado el acceso a la editorial Sígueme, así que he cambiado de distribuidor.

jueves, 7 de octubre de 2010

CÓMO HACER DESAPARECER A UN INDIVIDUO

Cuenta el Evangelio de Juan que había entre los fariseos un tal Nicodemo, magistrado de su secta y miembro del Sanedrín o consejo de sabios, que, aunque creía en Jesús y sus enseñanzas, no queriendo poner en riesgo su cargo y su prestigio, acudía de noche a oír a su Maestro, mientras que por el día simulaba respetar estrictamente los preceptos del judaísmo. Juan Calvino acuñó, en el siglo XVI, el término nicodemismo para referirse a la simulación que, en términos religiosos, practicaban muchos protestantes en tierra de católicos para evitar ser perseguidos. A partir de ahí, el término ha acabado sirviendo para referirse a quien disimula sus creencias religiosas, cualesquiera que sean, con el ánimo de eludir la persecución o el rechazo social. Pero no alteraremos sustancialmente su significado si sacamos el término del ámbito estricto de la sociología de la religión para poder así aludir con él al primer paso de un proceso de difuminación del individuo que tiene lugar cuando éste, acosado por un medio social hostil a sus creencias en general, prefiere aparentar ser lo que no es y creer lo que no cree.


Esa simulación no es una conducta que produzca efectos sólo en el mundo exterior al individuo, puesto que supone también para éste un estado de tensión interior que le impone un esfuerzo, quizás agotador, para mantenerse siendo el que es por debajo de lo que se siente obligado a aparentar ser. Y, tarde o temprano, toda tensión acaba buscando cómo discurrir hacia alguna forma de distensión. De este punto es de donde parte (eventualmente, no de modo inevitable) el siguiente paso que en sentido declinante se produce hacia la anulación de la individualidad. Para comprenderlo mejor haremos uso de otro concepto que ha hecho fortuna entre los aportados por la psicología al estudio del comportamiento: el de disonancia cognitiva, que debemos al psicólogo estadounidense Leo Festinger, y según el cual, cuando existen contradicciones entre dos creencias propias, las personas, un paso más allá de la simulación, acabamos finalmente optando por una sola de ellas, aquélla que nos resulta más perentoria, hasta llegar incluso al punto en que nuestra conciencia selecciona como admisibles sólo aquellas percepciones que nos confirman en los pensamientos que hemos decidido preferir, independientemente de si son hechos reales o no, con tal de reducir aquella disonancia cognitiva.

No buscaremos ejemplos de este sesgo perceptivo, emocional e intelectual entre los muy llamativos e impactantes que aporta la psicología experimental, porque nos urge referirnos a los que pone en evidencia el comportamiento político de los españoles. Así, el hecho de que en Cataluña la mayoría de hispanohablantes (escasa, pero mayoría) no sólo acate que sus hijos no puedan ser escolarizados en el idioma español o que, como dueños de sus comercios, sean multados por exhibir en ellos letreros redactados en el idioma oficial de todos los españoles, sino que además voten o se abstengan de votar favoreciendo a los partidos nacionalistas que imponen esas arbitrariedades, tal hecho, digo, no puede entenderse sino como efecto de la búsqueda de corrección de la disonancia cognitiva entre lo que lógicamente deberían defender y lo que, en sentido contrario, les impone la presión social. Una presión que, puesto que no se sostiene en la superioridad numérica, hay que entender que se origina en la coacción, que, si puede ejercerse, dicho sea de paso, es porque el estado ha renunciado a su función de amparo y protección de los individuos en el ejercicio de su libertad.

Más claro resulta el ejemplo de disonancia cognitiva que la coacción terrorista ha ido inoculando en el País Vasco a lo largo de décadas, hasta el punto de que una mayoría de vascos –que históricamente han estado siempre entre los que más orgullosamente han exhibido su españolidad– o incluso de inmigrantes del resto de España, hayan acabado sintiendo como propios los delirios nacionalistas.

O qué decir, finalmente, del hecho de que tantos españoles acepten como políticamente incorrecta cualquier manifestación pública de patriotismo (dejemos aparte los muchas veces epileptoides momentos de exaltación por los triunfos deportivos), haciendo que esta anómala relación de los españoles con España sea una excepción dentro del comportamiento universal de los hombres hacia su nación.

El caso es que la etapa final de este proceso de renuncia a la propia individualidad, la que exigiría a veces enfrentarse a las presiones enajenantes incluso a costa de hacerlo en soledad, aboca en último término a dos clases de resultados nada halagüeños: en lo personal, a la pérdida de consistencia interior que hace perder la conexión con las propias emociones, las que sirven de sustrato a la voluntad y a todo lo que dinamiza la vida en general, de modo que uno se convierte en una entidad hueca y dispuesta a moverse en la dirección hacia la que empujen los más o menos coyunturales vientos ajenos; la depresión, que no es sino expresión última de esa vaciedad interior, aguardaría al final de este proceso.
A este tipo de personas se refería Ortega cuando, bajo la caritativa fórmula que supone hablar en primera persona, decía: “No tenemos la voluntad de una existencia dinámica: vivimos rendidos e incapaces para el entusiasmo. Los mayores acontecimientos pasan sobre nosotros sin producirnos ningún temblor (…) Cada individuo se desliza silencioso por la sociedad sin la vigorosa decisión de realizar su destino”. Y en lo social, una consistencia tan feble de la personalidad colectiva va conformando esa clase de vacío que llenan los totalitarismos, o el extremo final de un declive al que otros pueblos, en dirección ascendente, contraponen el uso energizante de la libertad.

domingo, 26 de septiembre de 2010

LA NUEVA PÉRDIDA DE ESPAÑA

(PUBLICADO EN "EL CORREO DE BURGOS" EL 2 DE DICIEMBRE DE 2010)

Decía Ortega que “la vida es por lo pronto un caos donde uno está perdido”. De modo que si, al entrar en ella, pudiera el bebé poner palabras a su recién estrenada perplejidad, lo haría, más o menos, preguntando: ¿dónde estoy?, e inaugurando de esa manera la primera de sus necesidades que es capaz de superponer a las más estrictamente fisiológicas: la necesidad de orientarse. La manera más inmediata que tenemos de orientarnos es, como la misma palabra indica, la de buscar la referencia de la salida del sol, como si la noche fuera el correlativo lugar de procedencia de todos nuestros extravíos; el rostro de la madre sería, por su parte, para el bebé, el primer representante, aquí en la tierra, de ese sol orientador, antes de que consigamos para nuestra sensación de pérdida una perspectiva más amplia.
Cuando el sujeto mismo entra en escena (el "yo", incluso como vocablo, tarda un tiempo en aparecer en la ontogénesis del individuo), sobre ese primer y más rudimentario modo de orientarse a través del sol irrumpen las referencias que tienen el propio cuerpo como punto de partida: aparecen así conceptos como el de izquierda y derecha, delante y detrás, arriba y abajo que, sublimados y sofisticados, constituyen la materia prima o el sustrato desde el que arrancan la geometría, la medida y el cálculo. Pero descubiertos y aplicados todos estos recursos orientativos que oponemos a la primordial sensación de pérdida, aún quedaría por aparecer la más profunda e importante modalidad de la orientación, cuya elaboración filosófica tuvo que esperar a la llegada de Immanuel Kant para definitivamente conseguir hacerse un sitio: la que nos sitúa a nosotros y a las cosas dentro del trayecto que discurre entre el principio y el fin, el por qué y el para qué, lo que fuimos y lo que estamos llamados a ser. En suma: el modo más cabal de orientarse en la vida, de intentar resolver el caos en el que hemos caído, aquél que ha de recibir como afluentes suyos los otros modos de orientarse (la geometría, el cálculo, la taxonomía, la ciencia natural o, meramente, la geografía y la topografía), resulta ser la historia, ese vector que transcurre entre el menos y el más, el ser y el deber ser, lo que nos hace sentir que progresamos ("evolucionamos" sería una palabra con mayor carga significativa para los que vivimos cerca de Atapuerca), que las cosas van en busca de lo que ha de darles sentido.

Reflexión ésta cuyo trazado puede servirnos de marco con el que acotar y desde el que abordar el sentimiento de extravío que hoy tenemos los españoles a la hora de plantearnos nuestro ser como nación, tan desdeñado por unos y tan cuestionado por otros. Para aquéllos, perdidos pero parece que contentos, éste sería un asunto en el que no nos jugamos nada importante: ¿qué más da sentirse castellano, catalán, español o ciudadano del mundo? Y respecto de estos otros, sin ir más lejos, me conformo con traer a colación las palabras que Artur Mas, presidente de Convergència i Unió, una autoridad en esto de confundirnos y enredar en la convivencia entre los españoles, dijo después de la reciente y nefanda sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut catalán: "si España quiere ser una sola nación tendrá muchos problemas".
Desde aquella inicial manera de instalarse en el mundo que es la de sentirse perdidos, parece que una buena parte de los españoles han renunciado, pues, a servirse del (o, en los términos de desarrollo personal a los que al principio nos referíamos, no han alcanzado a comprender el) papel orientador que la historia debería de jugar y, por tanto, a alcanzar a saber cuáles han sido los impulsos más radicales, las últimas intenciones que han conducido a nuestra nación a través del tiempo hasta lo que colectivamente somos hoy, así como a progresar en la mejor dirección, si es que no torcemos definitivamente la trayectoria del vector histórico que nos envuelve.

Podemos escoger como punto inicial del que nace ese vector histórico a lo largo del cual se fue formando España el modo de vida tribal y autárquico que encontraron las legiones romanas en buena parte de nuestra Península cuando entraron en ella por primera vez en el 218 a. de C. Ésa es, precisamente, la frontera histórica que nuestros nacionalismos, cuando muestran su faz más atávica, no hubieran querido traspasar. Los nacionalistas vascos se sienten herederos de los vascones, tribu prerromana que habitaba en el norte de la actual provincia de Navarra, y que, a la caída del Imperio romano, invadieron los territorios de várdulos, caristios y autrigones, habitantes de la actual Comunidad Autónoma Vasca, a los que vasconizaron (de ahí lo de provincias vascongadas o vasconizadas). Los nacionalistas gallegos añoran lo que consideran sus orígenes celtas. E incluso el fundador del nacionalismo catalán, Prat de la Riva, reivindicaba para la identidad catalana una ascendencia también prerromana, ibera en este caso.
Pero a partir de Roma, la consanguinidad dejó de ser un factor de identidad colectiva y pasó a serlo la ciudadanía, en la que sangres y razas quedaban mezcladas y la endogamia superada. Por si esto fuera poco, la invasión islámica provocó una intensa migración de la población del Sur de la Península hacia el norte, y la Reconquista, por el contrario, llevó a muchos habitantes de las zonas del norte a repoblar los territorios que se iban reconquistando en el sur, con lo que el ascendiente tribal, carente de sentido identitario desde hacía tiempo, quedó definitivamente diluido.
La Edad Media, cayendo de unas cotas, las del Imperio romano, en las que se había alcanzado una alta integración territorial, política, jurídica, social y lingüística, se caracterizó, por el contrario, por la extrema fragmentación en todos esos ámbitos. Los reinos o regiones, los condados y señoríos, los nobles y sus feudos, las villas, los gremios, las hermandades, las órdenes militares, la Iglesia en cuanto que administradora de bienes terrenales… constituían núcleos de poder que bloqueaban o impedían la constitución de sociedades integradas y unitarias, las que a la larga la historia ha ido favoreciendo. Por encima de todos esos fragmentos en los que se atomizaba el poder iba peraltándose la figura del monarca, y aun, en la España medieval, la del Emperador o "Rey de todas las Españas" (como se tituló a sí mismo el rey de Pamplona Sancho III el Mayor, que reinó entre 1004 y 1032, y, también autoproclamado Emperador, Alfonso VII de León –1105-1157), que representaba el poder virtual de una futura España unida. Los trayectos de la historia recogían, pues, el pasado visigodo, cuyos reyes llegaron a extender su dominio sobre el conjunto de España, y lo proyectaban hacia un futuro que se hizo realidad con los Reyes Católicos, los cuales volvieron a reinar sobre una España unida (unida en modo incipiente, pero prometedor).

Fue a partir del último tercio del siglo XV, cuando la corriente de la historia empujó decididamente hacia la concentración del poder bajo la exclusiva égida del monarca, aunque hasta el siglo XVIII los privilegios de la nobleza y el clero siguieron siendo efectivos. Los estados, por entonces, se acabaron de asentar al consolidarse los respectivos ejércitos, las burocracias administrativas, las diplomacias, las haciendas y los idiomas comunes. Las mismas monarquías, tras la Ilustración, acabaron dando finalmente paso a las repúblicas o relegando en la práctica el papel de aquellas al de ser mero símbolo de la unidad estatal.
Este es el contexto en el que hay que situar el origen de Cataluña, que en principio no fue sino un conjunto de condados originalmente dependientes del Imperio carolingio y finalmente incorporados a la Corona de Aragón. Núcleos, en suma, de un poder medieval centrifugado que, como en el resto de Europa, acabaría confluyendo hacia los modos de integración territorial característicos de la Modernidad y, en su caso, formando parte del estado moderno más antiguo de todos ellos: el español. Las vicisitudes que tuvieron lugar bajo la dinastía de los Austrias retrasaron la configuración cabal del estado en España, que sólo en el siglo XVIII, ya con los Borbones, tomó un decidido impulso hacia su modernización.

En definitiva, analizados a la luz de los trayectos que impulsan la historia, nuestros nacionalismos centrífugos, cuando llegan a ser algo más que construcciones míticas, no son sino hitos de un camino que hace mucho tiempo que dejó de discurrir por donde ellos pretenden que siga haciéndolo. Defender España exige comprender que es el resultado de ese proceso histórico que ha llegado hasta la actualidad. Defender, por el contrario, que el País Vasco, Galicia, Cataluña o cualquier otra de nuestras regiones son naciones es tratar de que la historia rebobine su transcurso para anclarla en donde la distorsión de quien pretende este tipo de cosas les hace suponer que debió interrumpirse.

En sus intentos reaccionarios de romper España, estos nacionalismos deberían de contar con el freno que supone la Constitución. Y para que este freno fuese efectivo, el Código Penal habría de contener, sin duda, figuras suficientes que determinen penas de cárcel para los gobernantes que, contraviniendo lo estipulado en la Constitución, ayuden a los nacionalistas a saltarse ese freno. Pero este nuestro es un peculiar "estado de derecho" en el que no parece que esas garantías estén aseguradas. Con lo que, correlativamente, si que parece que tenemos garantizada la persistencia en el extravío.

lunes, 20 de septiembre de 2010

HISTORIA Y NACIÓN I (DEBATE CON MIGUEL ÁNGEL QUINTANA)

Miguel Ángel Quintana Paz es actualmente miembro del Consejo Político nacional de Unión Progreso y Democracia (UPyD) y responsable de Estudios, Programa y Comunicación de este partido en Castilla y León. Fue uno de los ciento cincuenta ciudadanos que, como miembros de su primer Consejo Político, participaron en la inauguración del partido el 28 de septiembre de 2007 en la Casa de Campo de Madrid. Es además profesor universitario, y sus especialidades académicas son, fundamentalmente, la Filosofía y la Ética. Miguel Ángel me ha propuesto que pasemos a colgar en nuestros respectivos blogs (el suyo es: http://upyd.tumblr.com/ ) un debate que pretendemos mantener por escrito, a raíz de alguna conversación previa, con la intención de que pueda ser compartido por otras personas. Por supuesto, he aceptado encantado: es un privilegio debatir con él. El desencadenante inmediato de nuestro debate es el que, por su parte, mantuvieron hace ya un tiempo Antonio Elorza y José Álvarez Junco en la prensa sobre el mismo tema (http://blogs.periodistadigital.com/24por7.php/2005/11/28/elorza_vs_alvarez_junco_o_como_ven_dos_c).

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No conocía la polémica entre Elorza y Álvarez Junco. Me parece que está en el meollo del debate que sabemos que hay pendiente sobre ese tema, el que no creo que haya que dar por clausurado en UPyD y del que ya tuvimos ocasión de hablar nosotros cuando nos conocimos personalmente. Lástima que, según me ha dado la impresión, Álvarez Junco se retirara a posiciones menos comprometidas, porque dejó un poco cojo el ángulo del debate que a él le hubiera tocado haber defendido.

En fin, retrocediendo a ese punto radical del que suelen arrancar los debates, aquél en el que se dilucida si fue antes el huevo o la gallina, yo sí creo (con Elorza) que la nación es inevitablemente anterior al derecho que viene a sancionar y regular su realidad. No es función de la ley generar realidades, creo yo, sino regularlas. Puedo conceder que, antes de la Constitución de 1812, había una serie de realidades, latencias o hechos en gestación cuyo conjunto no podríamos decir que fuera contenido suficiente para llamar a aquello nación moderna; pero es que las realidades sociales no surgen de un día para otro, y España, nuestra nación, como todos los hechos históricos (¿hay algún hecho humano que no sea histórico?), viene gestándose desde tiempo atrás (mucho tiempo atrás en este caso). Por ejemplo, como también refiere Elorza, desde los tiempos de los visigodos (y aun antes). Recuerdo cómo en nuestra intensa conversación del día que nos vimos en Valladolid tú te planteabas ser precavido y eludir el proponer la historia como eventual campo de batalla con los nacionalistas, porque de allí podrían ellos extraer suficientes argumentos victimistas; por ejemplo, el de que los visigodos agredieron a los vascones. Bien, pues yo creo que la historia es un vector que no deja ninguna realidad quieta, que empuja hacia ser otra cosa además de lo que se era; y cuando llegaron los romanos, empezamos por aquí a pertenecer al vector que pasaba por ellos. Desde entonces, la historia dejó atrás lo tribal.
Los antepasados de los vascos actuales, digámoslo así, son más los visigodos que la tribu vascona (incluso aunque todos hubieran seguido teniendo el Rh negativo). Y el vector histórico siguió aún empujando hacia un idioma común en cada ámbito de lo que después serían las naciones modernas, hacia un mercado único, hacia la unidad legislativa después de todo el fárrago legislativo medieval, hacia la unificación fiscal y la desaparición de los privilegios… y, llegado el momento, hacia la formulación de las constituciones modernas. Luego quien quiera regresar a algún punto anterior a lo que marca ese vector histórico acumulativo, es, simplemente, un reaccionario. Ése es el caso de nuestros nacionalismos. Y por todo esto yo creo que la historia es el campo de batalla (no se me ocurre ahora una expresión mejor) más genuino para desarrollar nuestro combate con los nacionalistas. Ellos quisieran haber parado la rueda de la historia (o algo de ella) en algún momento del pasado, pero en este mundo todo se mueve sin parar (se mueve con sentido… pero ese, quizás, es otro debate).

viernes, 3 de septiembre de 2010

QUÉ SOY YO (FILOSOFÍA EN LA PLAYA)

He conocido a Artén, un niño ucraniano de nueve años al que mis vecinos durante el veraneo han invitado, por tercer año consecutivo, a pasar un par de meses con ellos, en España; una especie de adopción temporal que diversas familias españolas realizan con niños de la zona de Chernóbil, buscando para ellos alivio de sus penurias, que parece que aún tienen algo que ver con los efectos a largo plazo del accidente nuclear de 1986.


Estoy escribiendo esto en la playa. Conocí a Artén anteayer, un día en el que a la de su habitual timidez superponía una visible capa de tristeza. Había hablado por teléfono con su madre ucraniana, y, después, comentado con sus coyunturales padres adoptivos los detalles de su conversación con ella: "Dice mi mamá –a lo largo de estos tres veranos ha aprendido a hablar bastante bien el español– que ya no tengo papá, que se ha ido a vivir con otra mujer. Y que ya no voy a tener más papás". Creo que era un primo suyo el que, por el contrario, iba teniendo ya tres papás diferentes. Algo, al parecer, que por allí es bastante frecuente.

Yo no soy muy playero, la verdad. Mientras mis compañías veraniegas dan largos paseos por la playa y se procuran intermitentes alivios de los excesos que el termómetro se está empeñando en perpetrar con recurrentes chapuzones en el Mediterráneo, yo procuro encogerme lo suficiente como para que, en lo posible, mi cuerpo sentado no sobrepase el perímetro de sombra que marca mi sombrilla. Mientras, con fugaces aprovechamientos del "derecho a la contemplación del paisaje" que reconoce el nuevo Estatut al que han decidido someterse en estas tierras, me dedico a mi afición más habitual: la lectura, y, coyunturalmente, como ahora, la escritura.

Sé que las mías no son lecturas homologadas en este segmento de playa (pero cada uno tiene derecho a escoger sus cadaunadas): estoy con ellas dando una vuelta de tuerca a mi pertinaz intento de comprender los diversos afluentes intelectuales que fueron a desembocar en el caudaloso río de la Ilustración. Así es como he ido a parar estos días, entre otras, a la filosofía de David Hume (1711-1776), un escocés que llevó a su punto culminante al empirismo, filosofía según la cual existe sólo aquello de lo que podemos tener experiencia, aquello que nuestros sentidos pueden registrar. Hume sacó las últimas consecuencias de esta manera de pensar: el "yo" no existe, es una ficción con la que tratamos de dar continuidad y un sustrato de identidad a lo que no es sino una permanente y dispersa sucesión de impresiones y percepciones: "Ahora bien –copio directamente a Hume–, el Yo o persona no es una impresión, sino lo que suponemos que tiene referencia a varias impresiones o ideas. Si una impresión da lugar a la idea del Yo, la impresión debe continuar siendo invariablemente la misma a través de todo el curso de nuestras vidas, ya que se supone que existe de esta manera. Pero no existe ninguna impresión constante ni invariable. El dolor y el placer, la pena y la alegría, las pasiones y sensaciones se suceden las unas a las otras y no pueden existir jamás a un mismo tiempo. No podemos, pues, derivar la idea del Yo de una de estas impresiones y, por consecuencia, no existe tal idea".

Mira por dónde, he encontrado lo que eventualmente hubiera podido servir de base para dar forma a una consoladora manera de afrontar el difícil momento que está atravesando el niño ucraniano que he conocido: "Artén –hubiera podido decirle nada más cerrar mi libro–, no sufras más por haberte quedado sin padre de un día para otro. Lo tuyo es un error de perspectiva. Repara de una vez, Artén, en que no existes, en que sólo eres una sucesión de fragmentos, hoy una cosa, mañana vete a saber qué. Es algo que ya comprendieron perfectamente nuestros pintores cubistas, que sabían que la nariz y el ojo del ente antropomorfo que representaban no tenían por qué formar parte del mismo fragmento. O los poetas surrealistas, que podían encargar los diferentes versos de un mismo poema a autores diversos e incomunicados entre sí. O Leopold Bloom, el protagonista del "Ulises", de James Joyce, el prototipo de la literatura de nuestro tiempo más valorado por críticos y catedráticos, que pasa las veinticuatro soporíferas horas que cubren las 900 páginas de la novela dando pábulo a un relato sin continuidad: sin principio, sin trayecto y sin final. Creías, Artén, que tenías padre, y eso es lo que hoy te hace sufrir. ¿Pero cómo vas a tener padre si ni siquiera tienes un yo que apadrinar?".

En este punto, quizás, hubiera debido dejar de darle la paliza a Artén, pobrecillo. Tenía que haberme esforzado en resumirle algo más el mensaje.
Pero hay veces en que me enrollo de una manera irreprimible. Hasta el punto de que aún hubiera seguido manteniendo, en mi mente ya tan sólo, mi virtual relato admonitorio o moralizante: "Artén, Artén… vivimos tiempos extraños, en los que querer ser alguien, tener una identidad, está mal visto muy a menudo, fíjate. La vinculación con el pasado, el compromiso con el futuro, eso que los posmodernos llaman "grandes relatos" y que por un tiempo llegó a llamarse biografía o historia, dicen ellos mismos que no existe. Que son como esas inconsistentes figuras que veo pasar por el fragmento (¿qué, si no?) que transcurre entre la línea de las olas al romper y la silla plegable que me sostiene mientras escribo esto: fugaces representantes del aquí y del ahora que unos momentos más allá habrán desaparecido para siempre".

El secreto de la nueva sabiduría parece que ha de consistir en conseguir acoplarse a una imagen de sí mismo compuesta de fragmentos definitivamente inconexos y que recuerdo que mis viejos, muy viejos, manuales de psicopatología definían como trastorno esquizofrénico.

A veces, sin embargo, en momentos propicios a la melancolía, me viene una cierta nostalgia de aquellos tiempos pre-posmodernos en los que llegábamos a pensar, a decir y a vivir todo seguido.

martes, 10 de agosto de 2010

"ORIGEN": ¿EXISTE LA REALIDAD?

(PUBLICADO EN "EL CORREO DE BURGOS" EL 24 DE AGOSTO DE 2010)

El siglo XVII, el que quedó señalado como definitiva puerta de entrada a la Modernidad, fue el escenario en el que empezó a tomar forma un curioso e inquietante estado de ánimo colectivo cuyas últimas y más cabales manifestaciones estamos registrando en la actualidad: se trata de la impresión, pasada y actual, de que la realidad es algo inconsistente, tan maleable, o incluso tan ficticio, como los evanescentes productos de la imaginación. Por ser tan conocida, solemos pasar por alto el significado último de la formulación que de aquella predisposición psíquica hizo nuestro Calderón de la Barca (1600-1681) cuando dijo lo de que "la vida es sueño". Shakespeare (1564-1616), el contrapunto inglés de nuestro gran dramaturgo, ya había dejado registrada una fórmula semejante: "Estamos hechos de la misma materia que los sueños".
Manera ésta de decirlo no tan convulsa y desgarrada como esta otra, no menos conocida, que utilizó su personaje Macbeth en uno de esos momentos en los que todo parece estar a punto de derrumbarse: “La vida es sólo una sombra caminante, un mal actor que, durante su tiempo, se agita y se pavonea en la escena, y luego no se le oye más. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, y que no significa nada”.

Pero quien procedió a dar su expresión culminante a ese desasosegante estado de duda e incredulidad respecto de lo que nos espera ahí afuera cuando pretendemos salir de nosotros mismos, fue un contemporáneo de aquellos autores, René Descartes (1596-1650), que antes de concluir que, puesto que pensaba, existía, llegó a considerar seriamente la posibilidad de que un genio maligno hubiera montado un descomunal artificio manipulándonos la mente para que él y todos tuviéramos la impresión de estar viviendo en el mundo y que, sin embargo, todo fuera un engaño, una alucinación, de modo que fuera de la mente no hubiera nada. A punto de caer en el solipsismo, en la creencia de que de lo único que se puede estar seguro es de la existencia de la propia mente y de que la realidad es un estado mental del propio yo, consiguió Descartes realizar in extremis una perentoria maniobra intelectual y, sustituyendo a ese genio maligno por Dios, pudo concluir que éste, en su bondad, no permitiría tal engaño.
En fin, que el mundo existía, aunque siguió sosteniendo el filósofo francés que sólo podía estar seguro de su propia mente, de sí mismo como sujeto pensante. Y el caso es que tuvo éxito esa suspicacia suya, tanto que Erich Fromm, teniendo a Descartes presente, pudo decir que “la duda es el punto de partida de la filosofía moderna”.

Este peculiar estado de ánimo que trajo consigo la Modernidad fue tan desasosegante como fecundo. La libertad, otro de los valores que aquel tiempo nos legó, no es, al fin y al cabo, sino la dimensión humana que se abre cuando el mundo deja de ser una realidad aplastante (como lo había sido durante toda la Edad Media) y empieza a ser, en alguna medida, algo que los hombres podemos moldear, algo que admite ser removido por las potencias que sobre él proyecta nuestra imaginación. Pero también, por desgracia, desde aquel entonces venimos arrastrando una percepción demasiado borrosa sobre la frontera que separa la realidad de la imaginación, el deseo de sus límites, la visión ponderada de las cosas de la puramente delirante.

Un asunto este de la consistencia o inconsistencia de lo real muy apto para su recreación literaria y cinematográfica. Las filmotecas guardan ya películas de culto al respecto, singularmente "Blade Runner", "Matrix" y, ahora, "Origen", una película realmente impactante, sobre la que invito a quien quiera reflexionar a propósito de los efectos que produce en el espectador, a que observe cómo, al encenderse las luces al final, son generalizadas las sonrisas en quienes abandonan el cine, reflejando con ello que han aceptado gozosamente el juego al que les ha sometido el director, Cristopher Nolan, conduciéndolos a través de una trama laberíntica muy bien construida por el mismo Nolan como guionista y desarrollada magníficamente por los actores del reparto, y que, finalmente, alude a la crítica frontera que existe entre lo real y lo soñado, de modo que, si nos dejamos vencer por el deseo, acabamos destructivamente tomando aquello por esto. La realidad impone unas limitaciones, unas reglas, y quien no toma conciencia de ello, está preparando la llegada, más pronto o más tarde, del desastre.

Pico Della Mirandola, uno de los personajes más significativos del Renacimiento, junto a reflexiones muy apreciables sobre lo que aquel tiempo estaba poniendo en marcha, ya preludió también este otro camino hacia el desastre que recorre quien confunde sueño y realidad cuando dijo: “Debemos ser lo que queremos ser (…) Debemos ansiar lo más alto y tratar de conseguirlo con todas nuestras fuerzas. Querer es poder. Desechemos lo terreno, despreciemos lo terrestre y volemos a la morada que está más allá del mundo y próxima a la divinidad, dejando a un lado este mundo”. Es éste el modo de pensar que ha servido de sustrato a muchas aspiraciones utópicas que, al chocar antes o después con lo real, han llevado a resultados desastrosos. Ya decía María Zambrano que "el simple anhelar es, por esencia, destructor". No todo es posible.

Justo lo contrario de lo que piensa un personaje que resulta ser un acabado producto ideológico y político de lo más cuestionable de esa línea existencial que nació cuando la realidad empezó a entrar en crisis: nuestro presidente Rodríguez Zapatero, el cual dejó expresa en aquel nunca suficientemente ponderado prólogo al libro de Jordi Sevilla "De nuevo socialismo" (Ed. Crítica, 2002) esta manera de pensar: “si en política no sirve la lógica, es decir, si en el dominio de la organización de la convivencia no resultan válidos ni el método inductivo ni el método deductivo, sino tan sólo la discusión sobre diferentes opciones sin hilo conductor alguno que oriente las premisas y los objetivos, entonces todo es posible y aceptable, dado que carecemos de principios, de valores y de argumentos racionales que nos guíen en la resolución de los problemas”.

Un dirigente político que se rige por esta premisa irresponsable según la cual "todo es posible y aceptable" es como un niño jugando con armas de fuego. De manera semejante a aquellos que llegaron a pensar que la realidad es tan maleable como lo es la imaginación, acabará entendiendo que el Estado cuyos destinos dirige es también una entidad igual de maleable. Un mecano en sus manos, como bien dijo Rajoy. En la película "Origen", quien no sabe volver a la realidad después de andar soñando, se queda en el limbo. Aquí, gobernados por alguien así, somos todos los que corremos el peligro de quedarnos atrapados en el limbo.

jueves, 15 de julio de 2010

YO TAMBIÉN SOY ESPAÑOL

(PUBLICADO EN "EL CORREO DE BURGOS" EL 10 DE AGOSTO DE 2010)


Hay, sin duda, muchas razones objetivas para justificar la necesidad de tener una patria: razones históricas, políticas, jurídicas, sociológicas… A la mayoría de las personas, sin embargo, les resulta difícil adentrarse en ese ámbito de objetividades, que sólo comprenden bien los estudiosos, y que, además, suelen éstos transmitir de manera confusa y a veces contradictoria, hasta el punto de que no son pocos los intelectuales que han acumulado argumentos en contra de las patrias, que muchas veces han denunciado como forma de enmascarar el racismo y la xenofobia, o de dar un barniz de nobleza a las guerras. Samuel Johnson, un destacado literato inglés del siglo de las Luces, añadió a aquellos argumentos uno nuevo al definir la patria como "el último refugio de los rufianes". Sin embargo, esas razones objetivas son sólo la contrapartida de un sentimiento que parece estar más al fondo que todas ellas, y que serviría de fundamento último sobre el que hacer descansar la necesidad de tener una patria; seguro que por aquello que decía Ortega de que “tal vez es imposible descubrir fuera una verdad que no esté preformada, como delirio magnífico, en nuestro fondo íntimo”. Es decir, que las razones objetivas del patriotismo vienen a revestir una necesidad personal, para comprender la cual quizás sea preciso adentrarse más en los dominios de la psicología que en los de la política o la sociología. Y aunque los hombres, alertados por las contraindicaciones que a menudo se vinculan a estos sentimientos, podemos llegar a negar que los tengamos, lo haremos a costa de dejar amputada nuestra personalidad, que necesita crecer a través de la satisfacción de las necesidades ligadas a ellos.

León Felipe ponía su poesía al servicio de la tarea de expresar su necesidad de tener una patria. Y así, decía:

“Y mi grito y mi verso no han sido más que una llamada otra vez,
otra vez un señuelo para dar con esta ave huidiza
que me ha de decir dónde he de plantar la primera piedra de mi patria perdida”.

En una primera instancia, parecería que con estos versos el poeta zamorano estaba aludiendo al exilio que sufrió después de nuestra Guerra Civil. Pero no es así: su añoranza y la nuestra, la sensación que, más o menos conscientemente, todos tenemos de vivir exiliados es más profunda de lo que puede caber en una concreta circunstancia objetiva. Ortega decía que “el hombre es, donde quiera, un extranjero”.
Y efectivamente, creo que nos pasamos la vida sangrando por esa herida, la que nos hace echar de menos el hogar que sentimos haber dejado atrás al comenzar esta omnipresente forma de exilio que es vivir. E inventamos la sociedad, precisamente, para tener un modo de contrarrestar aquellas añoranzas; o como nuestro primer filósofo prefería decirlo: “Para existir una sociedad es menester que preexista una separación”. Y sí, parece que es la psicología, no el pensamiento político, la que más datos o reflexiones puede aportarnos a la hora de comprender que no es algo de lo que podamos prescindir impunemente esa entrañable necesidad de reconstruir el mundo que sentimos haber perdido (ni más ni menos que el del útero materno, según algunos estudiosos de la mente), en contraposición al cual, refiriéndose a este otro en el que vivimos, pudo asimismo decir Ortega que, en algún sentido, “formamos parte de una realidad sucedánea y decaída”. Pretender que, puesto que esta necesidad se manifiesta en nosotros antes de que la razón empiece a desarrollar su labor domesticadora, es algo de lo que conviene prescindir porque nada bueno puede nacer de ello (ahí estarían, para demostrarlo, los efectos deletéreos del sentimiento patriótico de nuestros nacionalistas centrífugos), es no comprender de qué madera estamos hechos los humanos, ni alcanzar a ver cuál es la positiva potencialidad que encierran esas profundas motivaciones.

El Campeonato Mundial de Fútbol ha sacado a flote ese sentimiento patriótico de una manera a la que no estábamos acostumbrados. Justamente en un momento en que aquella visión posmoderna de Zapatero según la cual "la nación es un concepto discutido y discutible" está alcanzando sus últimos resultados con el nuevo Estatuto catalán, que ha dinamitado de hecho nuestra Constitución del 78 y el principio de igualdad entre los españoles, y con un proceso equivalente en el horizonte destinado a hacer otro tanto al menos en el País Vasco, los españoles hemos sembrado de banderas rojigualdas las calles de nuestro país, y dado cauce verbal a nuestro sentimiento patriótico con un cántico omnipresente: "yo soy español, español, español".
Errará quien juzgue tal explosión sentimental como un producto de la zona más epidérmica de nuestra personalidad colectiva: simplemente, la mayoría no cuenta con muchos más ámbitos activos sobre los que proyectar su sentimiento patriótico que el del deporte, lo cual no invalida ni rebaja el valor del mismo, que sigue vivo y dispuesto a canalizarse también a favor de otros destinos que la razón (la política, la historia, la filosofía…) descubra para él. Por ejemplo, la defensa de una España democrática unida, históricamente heredera de los valores de la Ilustración, en donde siga vigente el principio de igualdad entre los españoles, la separación de poderes, la subordinación del poder político a la ley, la independencia de la prensa respecto del poder político, el entendimiento de la labor política como un servicio a la colectividad y no como núcleo desde el que desarrollar innumerables modalidades de corrupción… Es decir, justamente aquello que nuestra clase política, al menos la que ha tenido fuerza ejecutiva, se ha dedicado sistemáticamente a destruir desde hace décadas.

Bien encauzado, aquel grito de autoafirmación de los españoles tan reiterado esta temporada es posible que algún día se ponga al servicio de una fuerza de regeneración social y política arrolladora. Que así sea, porque es lo único en lo que los que hoy vislumbramos con realismo, es decir, con pesimismo nuestro horizonte político podemos aún confiar.