sábado, 31 de diciembre de 2011

LA ERA DEL NIHILISMO

El día es una latencia de la noche; y la noche lo es del día. No existe el día en sí; ni la noche como tal. La mente separa el uno de la otra porque, al menos para empezar, no se lleva bien con las contradicciones. Pero mientras estamos pensando el día, éste ya va camino de la noche, y viceversa, rebelándose contra los presupuestos delimitadores de la razón. Como decía Heráclito, todo fluye. La realidad es la paradoja que existe detrás de todos y cada uno de nuestros conceptos unívocos (de las ilusiones que construye nuestra razón).

Nada es, nada goza de una sustancia definitiva, excepto el devenir, decía Nietzsche. Podríamos afirmar también que las cosas son en la medida en la que incluyen también lo que no son. “Somos y no somos”, decía asimismo Heráclito, a quien Nietzsche consideraba su lejano pero inmediato referente. A lo que está en el sustrato de nuestros conceptos, de esas ilusorias entidades que la razón denomina cosas, Nietzsche lo denominó “vida”; en ella se conjuntan las paradojas: el día y la noche, el bien y el mal, la construcción y la destrucción.

Frente a estas constataciones se alzó la filosofía, razón en ristre. Parménides ya había dicho que “lo que es, es, y lo que no es, no es”, engañosa conclusión de la razón contra la que Heráclito se alzó. Platón acabó por escindir la paradójica realidad en sus términos contrapuestos, y realzó las ideas de bondad, justicia, belleza… como entidades unívocas que nada debían a sus contrarios. El mal, por ejemplo, pasaba a ser algo inconsistente, mera ignorancia del bien; y así lo demás. El tiempo, el devenir, quedaron al margen de la filosofía. Fuera del tiempo, los conceptos quedaban petrificados, no era posible, por ejemplo, transitar desde el mal hacia el bien, ni siquiera Aquiles, “el de los pies ligeros”, iba a ser capaz de alcanzar a la tortuga, según demostraban las aporías a las que Zenón de Elea llevaba a las hiperrazonables matemáticas. Sólo iba a ser posible alcanzar el bien no a partir de nuestras miserables vidas, ya decididas, ya prescritas y petrificadas, sino pasando a “otra vida”, la que vendría después de la muerte.


“Yo no soy un hombre, soy dinamita”, vino diciendo Nietzsche al proponer su “transvaloración de todos los valores” que se habían sustentado sobre la filosofía platónica y cristiana, la que definitivamente escindía los contrarios que forman la realidad. Ya Hegel había propuesto la dialéctica histórica (el devenir) como modo de conjuntar esos contrarios y, en última instancia, transitar desde lo múltiple y disperso hasta lo unitario y conjuntado, desde lo imperfecto hasta lo perfecto, desde el mal hacia el bien. Sólo con Nietzsche, no (yo no lo veo), pero apoyados también en Hegel, los términos de la paradoja volvían a encontrar un sustento filosófico a partir del cual coexistir. La razón y la historia, la razón y la vida podían colaborar. Ortega habló de razón histórica, de razón vital.

Pero todavía estamos en transición hacia ello. A esa etapa de transición Nietzsche la llamó nihilismo, una terrible experiencia para el hombre que, despojado de las ilusiones que le habían permitido durante siglos esperar el bien en la otra vida, no ha sabido encontrar la forma de sustituir, y encontrarles asiento en esta vida, aquel tipo de valores que él esperaba ver cumplidos en el más allá. “La desilusión sobre una supuesta finalidad del devenir es la causa del nihilismo”, deduce Nietzsche. Y asimismo: “(La interpretación moral del mundo) después de haber intentado huir hacia un más allá, acaba en el nihilismo. ‘Nada tiene sentido’ ”. Puesto que Dios ha muerto, concluye el nihilista, han dejado de existir el bien (y por tanto, todo está permitido), la justicia (la idea nuclear ha pasado a ser que cada uno ponga a salvo su egoísmo) y la belleza (no hay más que darse una vuelta por los museos de arte moderno). “¡Ay! –se lamentaba Nietzsche–, yo he conocido hombres que perdieron su más alta esperanza. Y desde entonces calumniaron todas las esperanzas elevadas. Desde entonces han vivido insolentemente en medio de breves placeres y apenas se trazaron metas de más de un día… Mas por mi amor y mi esperanza te conjuro: ¡no arrojes al héroe que hay en tu alma! ¿Conserva tu más alta esperanza!”.

Sin embargo, son pocos todavía los que se muestran capaces de esperar, de poner en marcha proyectos lejanos, de sostenerse sobre valores una vez que las esperanzas han venido a quedar acotadas por los márgenes de este mundo, y nadie más que uno mismo ha de exigirse responsabilidades. La mayoría se agolpa en los exiguos reductos de lo inmediato, del presente, de las metas de no más de un día. Casi nadie entiende todavía al Nietzsche que decía: “Yo soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo”. Los más prefieren lo que pueda depararles el instante y, si no, la indolencia. ¿Resultado? Venía a decirlo en verso Espronceda, uno de nuestros románticos de postín:

“¿Por qué si yazgo en indolente calma
siento en lugar de paz árido hastío?
¿por qué este inquieto, abrasador deseo?”
Efectivamente, desprovista de objetivos nuestra voluntad, vivimos atrapados entre el aburrimiento y la angustia. Todo lo que se proyecta y construye de cara al futuro está en crisis: las relaciones de pareja, la familia, tener hijos, tener tareas que nos comprometan… Las leyes, sobre todo en esta última etapa de Zapatero, han venido a favorecer la exacerbación de esas crisis, no a ayudar a su solución (divorcio exprés, legislación que promueve el aborto en vez de su prevención y control, la familia como núcleo básico de reproducción social equiparada legalmente a otras múltiples relaciones incluso coyunturales…). La cultura ha decaído hacia la mera diversión y el pasatiempo (a veces morboso, como podemos comprobar nada más encender la televisión), que es la tirita que le ponemos al cáncer del aburrimiento. Mientras tanto, el consumo de ansiolíticos crece exponencialmente.


En fin, esto es lo que Nietzsche anunció a finales del siglo XIX: “Lo que cuento es la historia de los dos próximos siglos. Describe lo que sucederá, lo que no podrá suceder de otra manera: la llegada del nihilismo”… Cuando, por fin, concluya el nihilismo, yo ya estaré calvo del todo; sólo me habrá dado tiempo a estar harto de esta época. ¿No habrá manera de acelerar un poco la llegada al final de esta larguísima era del desencanto?

domingo, 25 de diciembre de 2011

LA INCREÍBLE Y TRISTE HISTORIA DE JAMAL ZOUGAM-2ª PARTE

Estimado comentarista anónimo de mi anterior entrada:

Le diré que es un alivio verle por aquí, porque en estos asuntos del 11-M que para mí son tan importantes, sobrellevo con pesadumbre el hecho de que, al menos en mi micromundo, de una u otra manera se da el asunto por amortizado, y sobre ese tono de indiferencia o incluso de rechazo activo general, queda a flote, al final, mi interés como una mera obsesión particular, más o menos encasillada en el mismo depósito en el que se guardan los complejos persecutorios y conspiranoicos en general. Así que permítame, para empezar, agradecerle su desacuerdo. Y ahora, entremos en materia.

Ya tengo observado que el tratamiento que da la wikipedia al asunto del 11-M está sesgado (casi podríamos decir que inevitablemente) hacia la versión que algunos llamamos “oficial”. Resaltaré, para empezar, que los terroristas de Al Qaeda no sólo nunca han tenido inconveniente en admitir su culpabilidad, sino que se muestran orgullosos de sus actos; Jamal Zougam, por el contrario, condenó durante el juicio el atentado de los trenes. El sesgo de wikipedia al que me refiero queda en evidencia por su omisión de datos cualitativamente relevantes en relación a aquéllos de los que informa. Veamos:


En el año 2000, al día siguiente de producirse la victoria por mayoría absoluta del PP de Aznar, se recibió una comisión rogatoria de Francia diciendo que era preciso interrogar a Jamal Zougam y a su madre porque en la agenda de un terrorista francés había aparecido un teléfono que era el de la casa de Zougam. Llegó entonces a España el juez comisionado francés e interrogó a éste y a su madre. El interrogatorio duró poco: les preguntó que si era el suyo el teléfono en cuestión, y ellos le dijeron que no, que se diferenciaba en un dígito. Se hicieron las averiguaciones pertinentes y se comprobó que el teléfono que traía apuntado el juez francés era de la Universidad Autónoma de Madrid.

Así acabó el interrogatorio y la comisión rogatoria francesa: todo había sido producto de un error. Hasta tal punto quedaron aclaradas las cosas, que ocho días después del interrogatorio le concedieron a Zougam el permiso de residencia permanente en España. De todo esto es de lo que no informa la wikipedia.

Sin embargo, a partir de ese momento, es cierto que de esta forma viciada en origen, pasó Zougam a estar incluido en los archivos de la policía entre los sospechosos habituales de islamismo. Llegó ésta incluso a ofrecerle convertirse en confidente suyo, a lo que él, temeroso, contestó que se lo pensaría, aunque nunca llegó en realidad a prestarse a ello. Así es como, cuando apareció la mochila-bomba de Vallecas (prueba falsa, como se ha demostrado en sede judicial recientemente), la tarjeta del teléfono condujo precisamente a Zougam, del que, si no hubiera sido por los testigos que fueron apareciendo después de salir su foto en los telediarios y en la prensa (ocho en total, y que, puesto que se contradecían entre sí, el testimonio conjunto hubiera quedado legalmente invalidado si no hubiera sido porque el juez Bermúdez eliminó a su desconocido arbitrio cinco de los ocho testimonios), se le habría detenido exclusivamente por el supuesto delito de vender tarjetas de móviles, igual que, por ejemplo, hace El Corte Inglés, sin que a nadie se le haya ocurrido detener por ello a Isidoro Álvarez.


En fin, que Zougam acabó siendo condenado, y eso a pesar también de que mientras sus “compañeros de comando” se dedicaban la noche anterior al atentado a montar las bombas en la casa de Morata de Tajuña, él se dedicaba, como habitualmente, a hacer levantamiento de pesas en un gimnasio, como atestigua el personal de ese gimnasio; y a pesar también de que, como confirman su madre y su hermana (no en sede judicial, porque no las dejaron), estuvo durmiendo en su casa hasta las diez de la mañana.

A mí todo esto y todo lo demás que ha ido saliendo a la luz durante los últimos años me parece espeluznante y me conmueve profundísimamente. Y no entiendo (suficientemente) la amputación de sensibilidad que sufre la opinión pública, en general todavía indiferente o tibia, o peor aún, quitándose desabridamente el muerto de encima y metiéndolo en el cajoncito inargumentado etiquetado como “conspiranoia”. Y aún más: que paren este mierda de mundo, al menos el trozo que corresponde a España, que yo me bajo y me retiro de ermitaño a alguna cueva si mis compatriotas son capaces de tragar con todo esto que, quien simplemente abra los ojos, puede perfectamente ver ya (hasta donde es posible ver). Eso sí, antes de retirarme del todo, recomiendo que quien se quiera informar de todo esto, mejor que a la wikipedia, recurra, entre otros, a Luis del Pino, que lleva años clamando en el puñetero desierto.

lunes, 19 de diciembre de 2011

LA INCREÍBLE Y TRISTE HISTORIA DE JAMAL ZOUGAM EN LOS ATENTADOS DEL 11-M

Existe un estado de opinión, cada vez más generalizado, de que respecto de los atentados del 11-M han quedado zonas oscuras y sin resolver. Se trata de una impresión vaga, que no suele estar sustentada en información suficiente, y como faltan elementos de juicio, se suele buscar hacer derivar aquella impresión hacia alguna conclusión que no suene demasiado disparatada o exagerada. Todo ello, sin salirse del terreno de la vaguedad.

¿Y por qué mucha gente que en general suele estar bien informada y que se preocupa de los problemas sociales y políticos, en este asunto no está informada? A mi modo de ver, porque es víctima de la opinión políticamente correcta de que los periodistas que se han ocupado, muy extensamente y con fundamento, de investigar el 11-M, forman parte de la “caverna mediática”, refugio de fachas y paranoicos en general. En este país (minúscula), basta que el grupo PRISA y adyacentes lancen sobre uno el dicterio de “facha” (concepto ambiguo y falto de contenidos donde los haya) o el subordinado a aquél de “conspiranoico”, para que, sin necesidad de más argumentos, ya se le haya caído el pelo ante una grandísima parte de la opinión pública. Sin embargo Pedro J. Ramírez, Jiménez Losantos, César Vidal y Luis del Pino, los capitanes de la “caverna”, y los numerosos periodistas que están en su estela y a su amparo, son declaradamente liberales, como buena parte de los militantes de UPyD, yo entre ellos (alguno ha pedido expresamente el voto para UPyD), y me atrevo a decir que esos periodistas citados en concreto son asimismo extremadamente inteligentes (lo digo porque los oigo sobre todo, y doy fe de ello; también por cosas como que César Vidal tiene cuatro doctorados, una licenciatura, centenar y medio de libros escritos, muchos de ellos premiados, traduce dieciséis idiomas y habla con soltura siete…: en fin, es un dato). ¿Por qué cursan como “fachas”? Porque hoy todavía son creíbles los gestores de la opinión políticamente correcta, los mismos que de una manera a mi entender digna de ser denunciada han ocultado, distorsionado, desviado… todos los datos que pudieran ayudar a esclarecer lo que de manera incuestionable ha ido saliendo a la luz de la mano del nutrido grupo de periodistas de investigación que capitanea el núcleo duro de la llamada “caverna mediática”. En fin, que, en mi opinión, hay una correlación estricta entre la credibilidad dada al grupo PRISA y adyacentes y el desprecio y desatención a las investigaciones, a mi modo de ver tan solventes como escandalosas, de la llamada “caverna mediática”.


Como, efectivamente, los datos que han ido saliendo a la luz de la mano de los periodistas que han investigado esto son numerosísimos, forman una maraña intrincada, no hay todavía una narración coherente que los aglutine suficientemente y no hay unas conclusiones claras que extraer a partir de ellos (lo diré explícitamente por si acaso: yo –como todos aquellos periodistas a los que he leído para informarme sobre esto– no he afirmado nunca que haya sido ETA… ni lo contrario), me limitaré a exponer algunos (¡sólo algunos!) de los datos que han aflorado recientemente a propósito de Jamal Zougam, único “autor material vivo de los atentados” condenado como tal. Los otros supuestos autores habrían de ser los 7 “suicidas” de Leganés (las bombas que explotaron fueron 10, más dos que se explotaron de forma controlada por las fuerzas de seguridad, más la mochila de Vallecas, aunque ésta se ha demostrado ya en sede judicial que era falsa). Para empezar, tocaría a más de una bomba por activista (porque iban colocadas, como es sabido, en trenes diferentes y vagones diferentes); pero es que el Tribunal Supremo sentenció que no quedaba probada la autoría de los 7 suicidas (nadie de los que iban en los trenes les reconoció por sus fotografías, por ejemplo), hasta el punto de que las víctimas no han podido pedir indemnizaciones basadas en ese posible autoría. En conjunto, el comando encargado de cometer los atentados estaba compuesto por un abigarrado conglomerado de islamistas, traficantes de droga, asturianos “cristianos” además de delincuentes comunes (uno de ellos esquizofrénico), numerosos confidentes de la Policía y de la Guardia Civil… Ni el ejército de Pancho Villa degeneró tanto como esta Al-Qaeda posmoderna, tan estricta habitualmente al elegir sus miembros (el Tribunal Supremo sentenció, de todas formas, que no quedaba probada la autoría de Al-Qaeda).

Jamal Zougam fue condenado, como único autor vivo del atentado, a 40.400 años de prisión; lleva cumplidos más de siete, en celda de aislamiento, porque no se reconoce culpable. Las pruebas para inculparle y finalmente condenarle tienen dos orígenes: una, la tarjeta del teléfono de la mochila de Vallecas, que se vendió en su locutorio; dos, los testimonios de tres personas que dijeron que le habían visto en uno de los trenes. Aparte de eso, no hay ninguna (repito: ninguna) prueba más: no hay rastro de sus huellas digitales ni de su ADN en la casa de Morata de Tajuña (donde supuestamente se prepararon las bombas), ni en la furgoneta Kangoo (en la que supuestamente se trasladaron quienes iban a poner las bombas), ni en el piso de Leganés (donde supuestamente se suicidaron los demás autores del atentado), ni en el local de la calle Virgen del Coro, donde se supone que se reunían los componentes del comando. Tampoco hay ninguna llamada telefónica que le relacione con ninguno de los 29 acusados en el juicio. Nunca antes, por lo demás, había sido detenido por ningún tipo de delito.

Por otra parte, los dueños de un gimnasio madrileño han confesado personalmente a Luis del Pino que, como de costumbre, la noche anterior al atentado estuvo haciendo levantamiento de pesas en aquel gimnasio, una actividad digamos que extravagante en alguien que a las 7,40 h. de la mañana siguiente ha de hacer explotar una bomba en un tren. La policía fue al gimnasio a preguntar y se incautó de la documentación que demostraba que, efectivamente, había estado en el gimnasio, pero esa documentación nunca fue incorporada al sumario ni se le comunicó al juez Del Olmo, el instructor. Nunca se ha vuelto a ver esa documentación.

La madre y la hermana de Zougam solicitaron repetidamente declarar ante Del Olmo en la fase de instrucción, para acreditar que, a la hora del atentado, él estaba durmiendo en su casa. Del Olmo no admitió que se realizara tal declaración. Cuando en el juicio propiamente dicho la madre y la hermana quisieron declarar ante el juez Gómez Bermúdez, éste se negó alegando que tenían que haber declarado en la fase de instrucción.

Repasemos, pues, las pruebas por las que Zougam fue condenado. La primera, la mochila-bomba de Vallecas: la bomba estaba preparada para ser activada por la alarma de un teléfono móvil que sonaría a las 7:36 h. de la mañana. Para que la alarma sonara, no era necesario que el teléfono tuviera tarjeta, pero, aunque eso suponía dejar un rastro inútil desde el punto de vista de los terroristas, el teléfono tenía tarjeta. Abramos un breve paréntesis: en el juicio que se está llevando a cabo en la Audiencia Provincial de Madrid por la juez Coro Cillán contra el ex jefe de los TEDAX, Sánchez-Manzano, y la perito química de su laboratorio, ha quedado suficientemente acreditado para cualquier mente normal que la mochila-bomba de Vallecas era una prueba falsa. Pero no estropeemos nuestra narración y consideremos que se trataba de una prueba verdadera. El teléfono móvil llevó a la policía hasta la tienda de dos hindúes, donde fue vendido a los componentes del comando; ambos hindúes fueron detenidos (y después de varios días, puestos en libertad; los hindúes y los islamistas… no cuadran muy bien). La tarjeta del teléfono, por su parte, llevó hasta el locutorio de Jamal Zougam, donde se vendió; el 13 de marzo, un día antes de las elecciones, fueron detenidos él, su hermano y el dependiente que vendió la tarjeta. Por otro lado, el móvil fue liberado en otra tienda más de telefonía; pero aquí no hubo detenciones: el dueño de la tienda era en este caso un policía nacional de origen sirio, conocido colaborador, en algunas ocasiones, del juez Garzón. Tareas inútilmente complejas: en el locutorio de Zougam se vendían también teléfonos móviles y, asimismo, se liberaban. Por otro lado, y como dice Luis del Pino, estamos ante “el terrorista más roñoso de la historia”, porque no perdió la oportunidad de hacer negocio vendiendo a sus compañeros de comando la tarjeta del móvil que había de activar la bomba (bueno, se la vendió un dependiente). Aunque, de hecho, no hay ninguna constancia (ningún resto recogido, por ejemplo), aparte de la mochila de Vallecas, de que las bombas fueran activadas por teléfonos móviles.

Por tanto, a Zougam no le detuvieron como autor del atentado, sino porque vendió la tarjeta del teléfono de la mochila-bomba de Vallecas. Pero después de que su foto saliera en todos los periódicos, empezaron a aparecer testigos que decían haberle visto en los trenes: concretamente, ocho testigos. Sin embargo, sus testimonios eran contradictorios, pues si hubieran sido ciertos, Zougam tendría que haber estado en tres trenes distintos a la vez. Sin que se sepa con qué criterio, el juez Bermúdez decidió seleccionar como válidos tres testimonios, según los cuales Zougam estuvo en el tren de Santa Eugenia. Los tres testigos pasaron entonces a ser testigos protegidos. Los tres han resultado ser rumanos; los tres han conseguido, a partir de su condición de víctimas, la nacionalidad española y 48.000 euros de indemnización cada uno.

El testigo R-10 viajaba en el cuarto vagón del tren, en el que explotó la bomba. Es una víctima auténtica, pues a resultas del atentado perdió un ojo. R-10 declaró sólo ante la policía y el juez Del Olmo, pues decidió volver a Rumanía, y aunque existe la obligación de que los testigos se ratifiquen en el juicio, puesto que las defensas tienen derecho a interrogarle, no volvió a España para testificar en el juicio. El periodista Casimiro García Abadillo fue a Rumanía a entrevistarle, y allí le dijo que no declaró el 16 de marzo, como dice la policía, sino 10 días después, a raíz de ver la foto de Zougam en el aeropuerto, a donde había ido a esperar a su mujer, que venía de Rumanía (es dudoso, sin embargo, que tal foto estuviera expuesta en el aeropuerto, como suele ocurrir con criminales importantes, puesto que Zougam, para entonces, ya estaba detenido; recordemos que desde el día 13). Posteriormente, se le llevó al testigo a una rueda de reconocimiento, para que reconociera a Zougam físicamente. Efectivamente, le reconoció… pero el resto de las personas (eran seis en total) que había en dicha rueda no era ninguna de origen marroquí o árabe, y, como alegaron los defensores de Zougam, uno era rubio, otro tenía los ojos azules… Ante las insuficiencias de esa rueda de reconocimiento, el juez Del Olmo ordenó hacer otra nueva un año más tarde. El testigo volvió a señalar a Zougam, pero para entonces la suya era ya una imagen perfectamente reconocible por él. Por otro lado, en su declaración, el testigo dijo que Zougam tenía el pelo liso; pero en realidad lo tenía y lo tiene rizado. El color que según él tenía la mochila-bomba es contradictorio con el que dicen las otras dos testigos.

Los otros dos testigos, efectivamente, son mujeres; se ha podido saber que amigas o, quizás, concuñadas. Resultaron ambas ilesas. La primera, la C-65, tardó varios días en ir al hospital, para poder así acreditar que había sido víctima, pero al fin fue. No declaró hasta tres semanas después del atentado, cuando la foto de Zougam había salido en las primeras páginas de todos los periódicos. Dijo que le vio en el quinto vagón (R-10 lo vio en el cuarto); testifica entonces que estaba acompañada de una mujer, pero más de un año después cambia la declaración y dice que de quien estaba acompañada es de otra, la que resultó ser la tercer testigo, su amiga o concuñada. Declaró que después de la explosión le cayó encima un cadáver, pero eso no era posible: en el vagón en el que viajaba no hubo ningún muerto.

La tercer testigo, la J-70, recorrió un periplo singular antes de llegar a serlo. Nunca pasó por el hospital para acreditar los perjuicios físicos o psicológicos sufridos a raíz del atentado. Por dos veces a lo largo de más de un año, había intentado ser reconocida como víctima del 11-M. Las dos veces le fue denegada tal condición. Pero hete aquí que catorce meses después del atentado se presenta como testigo de haber visto a Zougam, acompañando a su amiga, la testigo C-65, en el tren de Santa Eugenia, en el cuarto vagón, presencia ésta en el tren que se había puesto en cuestión hasta entonces por quienes denegaron su doble solicitud de ser considerada víctima. Su testimonio vino a ratificar y apuntalar el de su amiga, que hasta entonces había quedado cojo.

Además de la condición de testigos protegidos, la concesión de la nacionalidad española a los tres y la indemnización de 48.000 euros a cada uno, y otros tantos al marido de una de las dos mujeres, a éste y a la mujer se les hizo un contrato de trabajo en una empresa de seguridad, casualmente la empresa de seguridad del íntimo amigo del comisario Juan Antonio González, que pagó aquella polémica cacería de Bermejo y Garzón en la que se diseñó cómo afrontar el caso Gürtel.

A los abogados de los acusados se les impidió, en contra de lo legislado, el acceso a todos estos datos, excepto el de que la testigo J-70 había tardado 14 meses en aportar su testimonio. Cuando estos abogados quisieron preguntar en el juicio a este respecto a las dos testigos que allí estaban, el juez Gómez Bermúdez lo impidió (los vídeos al respecto están disponibles y circulando activamente ahora mismo en Youtube. Ejemplo: http://www.elmundo.es/elmundo/2011/12/07/espana/1323261404.html , en el minuto 17 y ss., sobretodo el 20, del video). Con posterioridad al juicio, Rubalcaba condecoró al juez Gómez Bermúdez con la medalla al mérito policial con distintivo rojo (medalla vitalicia, y que supone un aumento del diez por ciento del sueldo). Al argumentar los motivos de la concesión, y como acaba de desvelar El Mundo hace unos días, se dijo que se hacía por su “compromiso” con la versión oficial del 11-M y por “no permitir” que la vista “derivase en derroteros confusos”. En un comunicado, la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M ha declarado (copi-pego): “La Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11M quiere manifestar su estupor y tristeza ante la recientemente conocida noticia acerca de la condecoración, con la Medalla al Mérito Policial con Distintivo Rojo, al Excmo. Sr. D. Javier Gómez Bermúdez
2.Siendo los méritos esgrimidos para esta distinción, pensionada y vitalicia, “su «compromiso» con los funcionarios que realizaron la investigación, el «papel fundamental» que desempeñó como presidente del juicio «para reconducir las divergencias sobre los medios de prueba», por «no permitir» que la vista «derivase en derroteros confusos» y por lograr que los testimonios de la Policía -«especialmente de las comisarías de Policía Científica e Información»- «resultaran determinantes», todo ello en relación al Juicio del 11M, suscribimos la disconformidad con este galardón. Por ello, solicitan a las autoridades competentes así como a todas las Asociaciones gremiales de Jueces y Magistrados existentes en España, que “de manera urgente” asuman “el compromiso para la elaboración y exigencia de cumplimiento, de un Código deontológico o de carácter ético para los Jueces y Magistrados en España, que imposibilite que actuaciones como la acontecida puedan repetirse, con la finalidad de reparar y asegurar la confianza de las víctimas del terrorismo y de todos los españoles en la Justicia española. Exigimos por tanto, que se regule de manera taxativa la prohibición para todos los miembros de la Carrera Judicial de la realización de cualquier conducta, acción o expresión, o recepción de regalos, premios o prebendas que puedan afectar a la confianza de los españoles en su independencia e imparcialidad, así como que se vigile y sancione con carácter ejemplar el incumplimiento de esta regulación".

sábado, 10 de diciembre de 2011

LO QUE NOS AMEDRENTA (ETA POR EJEMPLO) SACA DE NOSOTROS LO MEJOR Y LO PEOR

(PUBLICADO CON EL TÍTULO "EL PRINCIPIO DE LA SABIDURÍA ES EL TEMOR" Y ALGUNA CORRECCIÓN EN EL CORREO DE BURGOS EL 24 DE ENERO DE 2012)

Enunciándolo de esta forma, estamos ampliando, mejor que corrigiendo, aquella perturbadora afirmación del Fausto de Goethe, según la cual, efectivamente, “lo mejor del hombre es el espanto”. También lo dijo de otra forma: “Mi camino de terrores me ha llevado al más feliz logro”. Unamuno se mantuvo dentro de esta misma línea de pensamiento al afirmar: “El principio de la sabiduría es el temor”. Y no estaba haciendo otra cosa a su vez que enlazar con una larga tradición que llegaba hasta el mismo Libro de Job, en el que asimismo se afirma que “en el temor del Señor está la sabiduría”. A través de la ampliación propuesta, venimos a enlazar asimismo con Nietzsche, que confirmaba que “por el miedo se explican todas las cosas, el pecado original y la virtud original”. Porque, efectivamente, cuando el hombre se sobrepone a sus temores, se abre para él el camino de la sabiduría, al menos el de la inteligencia, pero cuando es el miedo, su emoción más básica, la que directamente dicta sus resoluciones, el hombre deja en evidencia sus graves limitaciones y, a menudo, sus miserias. Que estemos hablando de su emoción fundamental lo confirma asimismo María Zambrano cuando, al hablar de los motivos que generan esas emociones, dice: “La escala de los motivos, va desde el más noble, el ansia de perfección (…) hasta el radical y primario impulso del poder, bajo el cual late otro todavía más primario y ancestral: el terror pánico a todo lo que se mueve”.

De mi frustrada trayectoria a través de la psicología conservo el recuerdo de un concepto que con frecuencia me ha resultado clarificador. Es el de “represión afectiva de la inteligencia”. El test de Rorschach era capaz de detectar en los sujetos examinados una potencial inteligencia que, sin embargo, se mantenía eventualmente anulada o disminuida porque sobre ella se encaramaban emociones que demandaban más perentoria atención y que dejaban supeditadas a ellas, incluso suprimidas en las zonas más conflictivas, las conclusiones a las que eventualmente pudieran conducir la inteligencia y sus silogismos. Es sobre este mismo asunto sobre el que también reflexionaba María Zambrano cuando afirmó: “La necesidad de descubrir lo real y de enfrentarse con ello, ha tenido que luchar desde siempre con un pánico a la realidad”. Mientras no superemos ese pánico, nuestros comportamientos estarán expuestos a sus dictados, y aquella consigna que Kant consideró como estandarte de la Ilustración: “atrévete a pensar por ti mismo”, seguirá manteniéndose sólo en su forma de desiderátum, no de logro todavía.


Debo a mi amigo Jesús Laínz, concretamente a ciertas llamadas de atención que sobre algunos sucesos históricos hace en su último libro (“Desde Santurce a Bizancio. El poder nacionalizador de las palabras”, Ed. Encuentro, 2011), el que me haya puesto a pensar sobre estas cosas. Refiere en el libro varios ejemplos de pasmosos cambios de dirección en la opinión pública sobre los que merece la pena reflexionar. El que puede servir de paradigma a los demás es el que tuvo lugar en Alemania, cuando “millones de militantes comunistas se pasaron a las filas nacionalsocialistas según la estrella de Hitler ascendía y, sobre todo, tras su ascenso al poder, y el mismo entusiasmo con el que habían perseguido a los camisas pardas fue aplicado tras 1933 a hacer lo propio con los judíos y con sus antiguos compañeros comunistas”. Además de incluir sobre ello algunas expresivas anécdotas, continúa el libro con el relato de otras situaciones, en este sentido semejantes, que la historia viene acumulando; entre ellas, ésta que nos resulta cercana: “El 12 de abril de 1931 una mayoría notable de españoles votó a favor de las listas monárquicas, que acumularon casi el doble de concejales que las republicanas. Pero al día siguiente, cuando las maniobras en despachos se precipitaron hasta la renuncia de Alfonso XIII y la proclamación de la república, el pueblo español se lanzó a la calle, bandera tricolor al viento, para proclamar ebrio de entusiasmo sus indudables convicciones republicanas. Cinco años después tocó lo contrario y el pueblo español salió a la calle a recibir brazo en alto y con lágrimas de alegría a las tropas franquistas”. Aún más cercano en el tiempo nos queda otro de estos ejemplos de brusca variación de planteamientos: también en España, “en noviembre de 1975 una cantidad considerable de españoles se declaraban satisfechos con el gobernante fallecido en aquellas fechas; y pocos meses después la inmensa mayoría se declaraba antifranquista”.

Jesús Laínz, después de reseñar estas intrigantes ambivalencias que la historia nos muestra, concluye que “las masas, en política, siempre se apuntarán al éxito”. Yo creo, por mi parte, que a esta inicial interpretación sobre las causas de este tipo de fenómenos pueden, sin contradecirla, sumarse otras. Una primera ampliación interpretativa podríamos encontrarla en la valoración que sobre el comportamiento humano en general hacía Maquiavelo: “Son tan simples los hombres y obedecen de tal manera a las necesidades inmediatas que quien engañe encontrará siempre quien se deje engañar”. Epícteto (50-125 a 130), en representación de la filosofía estoica, siempre dispuesta a batirse en retirada, aporta a nuestra serie otra interpretación de indudable pedigrí filosófico, que nos lleva a presuponer en la gente una buena base de receptividad hacia recomendaciones como la suya: “No pidas que lo que sucede suceda como deseas, sino desea que las cosas ocurran como ocurren, y serás feliz”. La interpretación que vendría a proponer Kierkegaard no es tan benévola: “Sólo las naturalezas inferiores encuentran en otra persona, y no en ellas mismas, la ley de sus actos o las premisas de sus resoluciones”; las personas más débiles (aquellas que para Kant se mantenían en la actitud infantil que les impedía pensar por sí mismas), aunque más numerosas, estarían atentas a lo que dictasen las otras personalidades más fuertes para, en cuanto resulten evidentes, adscribirse a sus propuestas.


Pero aquí vamos a recuperar sobre todo la idea que exponíamos al principio, y nos centraremos en la forma en que el miedo interviene en esos comportamientos paradójicos. Según esto, las personas que aún no elaboran sus respuestas a las situaciones en función del análisis intelectual de las mismas que esté a su alcance, lo que hacen es configurar una ecuación entre las diversas opciones que tienen poniendo en el numerador, sobre todo y por encima de otras consideraciones, la opción que más miedo les produce, y en el denominador la que menos. Al despejar la X de la ecuación, está claro hacia dónde se inclinará previsiblemente la decisión. La inminencia, la cercanía o la gravedad de la amenaza se van decantando como las variables que acabarán resultando determinantes en el tipo de comportamiento por el que se decidirá todo ese conjunto de personas, llamémoslas pre-ilustradas, que, hoy por hoy, aportan la mayor parte del contenido que conforma la opinión pública.


Todo lo cual ha de servirnos para entender el modo en que, a lo largo de las últimas generaciones, la opinión pública vasca (de un modo abrupto, a través sobre todo del terrorismo y de la violencia callejera) y la catalana (de otro modo más sutil, a través, sobre todo, de la presión social e institucional y de la amenaza del ostracismo), ha ido inclinándose a favor del nacionalismo. Especialmente si consideramos que el Estado se ha mostrado hasta tal punto débil, acomplejado, retirado de la batalla ideológica y dispuesto a concesiones que sólo lleva a cabo quien se siente derrotado de antemano, que la otra opción posible, la que hubiera decantado a la opinión pública de esas regiones a favor de la españolidad, ha quedado indefensa y a la intemperie, en suma, sin capacidad para contrarrestar la fuerza de amedrentamiento que puso en marcha la opción nacionalista.

Una opinión pública pre-ilustrada como la que hoy tenemos en España es susceptible, pues, de variaciones tan drásticas como las que tuvieron lugar en los ejemplos citados más arriba, las mismas que hoy están haciendo crecer a las opciones separatistas. Cuando los nacionalismos echen el órdago final, y no falta tanto para ello, esa opinión acabará inclinándose definitivamente por la opción que resulte más imperativa según los parámetros que venimos analizando. Si Rajoy, como tantas otras veces, trata de ponerse de perfil y se comporta como quien parece pedir que le perdonen la vida, buscando el modo de eludir el combate que le impondrán, las masas harán lo que hemos visto que hacían en los ejemplos arriba mencionados: optarán entusiásticamente por la opción que se presente como más verosímilmente vencedora. Porque cuando uno se identifica con aquél que, gracias a su poder, pudiera resultar amenazante, la amenaza se diluye. Y sólo si nuestros gobernantes, respaldados por la fuerza de la Constitución, de las instituciones democráticas y del resto de los aparatos del Estado, se mantienen firmes, esa mayoría de pre-ilustrados acabará escogiendo la opción adecuada.

sábado, 3 de diciembre de 2011

EL OCULTO SENTIDO DE LA VIDA

Toda la metafísica se levanta sobre la idea de que existe una realidad aparente, perecedera, contingente, insustancial, y otra realidad esencial, perdurable, necesaria, significativa. Aquélla es la pequeña realidad de las cosas múltiples, individuales. En esta otra, lo individual ya no existe; es la unidad, la generalidad, el todo lo que existe. Durante una gran parte de la historia de la metafísica, la realidad aparente y la sustancial se han mantenido incomunicadas. Platón, que es el mejor ejemplo de ello, desdeñaba el mundo aparente, el que nos dan a conocer los sentidos, aquél al que pertenecemos los individuos, y ensalzaba, por el contrario, el mundo de las ideas: la belleza, la bondad, la justicia… ninguna de las cuales pertenece a este mundo; sólo disponemos, según él, de su recuerdo, que nos llega desde un tiempo anterior al nacimiento, anterior a la caída en este mundo inconsistente. Hubo que esperar a Hegel sobretodo para que la filosofía ideara un tránsito entre el mundo aparente y el esencial a través de la historia. El devenir, pues, permitía la comunicación entre este mundo imperfecto que es el de aquí y el de ahora, y aquél que debería ser y que nos espera en el futuro… un futuro inalcanzable, pero en dirección hacia el cual podemos y debemos transitar.


Los individuos pertenecemos a aquel primer mundo inconsistente y perecedero. De hecho, sabemos que hemos de morir: dentro de un tiempo no quedará de nosotros ni el recuerdo. Como individuos no vamos a ningún lado en el que esté depositado, esperándonos, nuestro ser. Somos un desastre en potencia, y lo certificarán los gusanos que habrán de dar cuenta de nuestros últimos restos. La vida no nos lleva a los individuos sino hasta donde quien nos espera es la muerte. Y si esto es así, parece inevitable concluir que la vida es finalmente absurda. Así traduce a palabras esta difícil constatación el autor del Libro de Job: “El hombre nacido de mujer vive corto tiempo y lleno de miserias, brota como una flor y se marchita, huye como sombra y no substituye… Porque para el árbol hay esperanza; cortado reverdece y echa nuevos retoños; aunque haya envejecido su raíz y haya muerto en el suelo su tronco, al sentir el agua rebrota y echa follaje como planta nueva. Pero el hombre, al morir se acabó; al expirar, ¿qué es de él?”.


Efectivamente, la vida resulta absurda si la reducimos hasta que llegue a encajar en el marco de este mundo de apariencias, del mundo que habitamos los individuos, en donde todo parece crecer y prosperar engañosamente hasta que acaba disolviéndose en la muerte y en la nada; por tanto, realmente, no crecía… ¿No crecía? ¿Da igual a qué dediquemos la vida puesto que, hagamos lo que hagamos, nada podremos llevarnos cuando muramos y lo que aquí quede está destinado a servir de pasto para el olvido? ¿Sólo existe entonces el aquí y el ahora como perentorio y coyuntural baluarte frente al absurdo?


Ortega y Gasset sitúa en la doctrina cristiana la enseñanza que originalmente nos puso en el camino de hallar la manera de dar sentido a nuestra vida, permitiendo una salida a ese anclaje en lo inmediato que nos impedía acceder a la percepción del tiempo lineal, del tiempo que transcurre y, de este modo, abrirnos a la percepción del futuro y de la esperanza: “He aquí lo fundamental de la experiencia cristiana del hombre –señala, pues, Ortega a este propósito–: todo lo demás es secundario, casi anecdótico al lado de eso. Descubrir, caer en la cuenta de que la vida en su última sustancia consiste en tener que ser dedicada a algo, no en ocuparse de esto o de lo otro dentro de la vida, que eso sería lo contrario, meter en la vida algo que se considera valioso, sino tomar en vilo nuestra existencia entera y entregarla a algo, de-dicarla…, esa es la averiguación fundamental del cristianismo, lo que indeleblemente ha puesto en la historia, es decir, en el hombre (…) Es decir, da tu vida, enajénala, entrégala; entonces es verdaderamente tuya, la has asegurado, ganado, salvado”. Por tanto, el sentido de la vida para el individuo consiste en salir de su individualidad, sumergirse en la corriente que transcurre hacia lo esencial, ese destino que la metafísica pergeñó y que el cristianismo, sin embargo, heredero al fin y al cabo de Platón, después de hallar que vivir es, de alguna manera, entregarse, derivó hacia un más allá que desvirtuaba esa entrega, porque a la vez que la aspiración a acercarse a Dios, promovía el rechazo del mundo.


Tratamos, pues, de concluir que sólo la inserción de nuestra vida individual, finita, contingente, en la corriente que lleva hacia lo esencial y perdurable, y que nos mantiene en perpetuo crecimiento, dará sentido a aquélla. Mantenerla (intentarlo) dentro de los límites de lo que sólo somos cada uno es abocarla al fracaso, pues la muerte es así la que tiene la última palabra. O como también dice Ortega: “Cuando el hombre se queda o cree quedarse solo, sin otra realidad, distinta de sus ideas, que le limite crudamente, pierde la sensación de su propia realidad, se vuelve ante sí mismo entidad imaginaria, espectral, fantasmagórica. Sólo bajo la presión formidable de alguna trascendencia se hace nuestra persona compacta y sólida y se produce en nosotros una discriminación entre lo que, en efecto, somos y lo que meramente imaginamos ser”. La vida tendrá sentido, por lo tanto, cuando descubramos a qué entregarla, pero no negando este mundo, sino colaborando en su aumento.

sábado, 26 de noviembre de 2011

DIOS: UNA APROXIMACIÓN LAICA

La razón trabaja con conceptos, con generalidades, que son el jugo que se extrae de los objetos cuando aceptan pasar por el filtro de lo previsible, de lo repetible. Como no todo lo que pertenece al objeto, sin embargo, se somete al molde de lo previsible (cada cosa guarda en sí también los atributos de su individualidad, de su irrepetibilidad), la historia se reserva esos bandazos que recurrentemente llevan al hombre a contrarrestar los sesgos de la razón, resaltando lo individual, lo que no encaja en los moldes de lo general… hasta que, saturada de individualidad, vuelve aquélla de nuevo a fluir por los cauces, a esas alturas desecados, de lo general, de lo racional.


El Romanticismo representó el sesgo que le tocaba a la historia extremar a favor de lo particular… y que ha seguido desde entonces estirando su extremismo, su exageración individualizadora. Ese sesgo viene muy bien para aproximarse a lo concreto, a lo que cada individuo o cada cosa es cuando dejamos en un segundo plano todo lo que en ellos permitiría incluirlos en algún concepto general. Esta época postromántica que vivimos ha alcanzado cotas muy altas en el estudio de lo molecular, infinitesimal, particular, atómico, especializado… pero ha olvidado el sentido de esas particularidades, es decir, lo que permitiría incluirlas en algo que las trascienda y modele, algo que las convierta en rastro o muestra de lo que va por delante de ellas señalándoles el camino, apuntando hacia algo más, hacia lo que serían si alcanzaran su ser esencial. Por el contrario, cada parte (cada individuo, cada cosa) tiende a vivir sólo para sí. Y cuando las cosas son sólo lo que son, lo que concretamente son, es a costa de olvidar lo que deben de ser, lo que les falta para ser, lo que el devenir demanda de ellas.


El nacionalismo es una de las formas en que el Romanticismo se ramificó en su búsqueda de lo particular frente a lo general. Es uno de los extremos a que se llega por aquella vía que, apuntando a la Modernidad, inauguró Guillermo de Ockham en el siglo XIV cuando dijo que sólo existía la parte (los individuos), no el todo. Bien, pues a estas alturas la Modernidad, el Romanticismo y sus epígonos postmodernos han llegado a su tope, toca redescubrir que el todo es irreductible a las partes, y que si sólo atendemos a éstas, nos dejamos fuera lo que, aun trascendiéndolas (o precisamente por ello), les es esencial. Un individuo concreto es algo incompleto si deja fuera de él aquello a lo que pertenece, en lo que está incluido, lo que le da un ser, un sentido. “Ser” es ser algo más que lo que uno es como individuo. Aunque atrapados en los límites de nuestra particularidad no acabemos de “ser”, podemos, sin embargo, “ir siendo”: en eso consiste la vida, en estar permanentemente a falta de algo que trasciende nuestra estricta individualidad y a través de lo cual alcanzaríamos virtualmente la plenitud.


El caos es el último cabo de la individualización: cada parte se considera a sí misma como un todo, y sólo atiende a su propia autorrealización. La realidad pasa entonces a centrifugarse, a ser lo que para cada individuo es, lo que desde su estricta perspectiva particular éste ve. En psicopatología, esa actitud ultraintrovertida según la cual se vive en un mundo que el individuo ha creado sólo para sí mismo, y que hasta es descrito con un lenguaje que no pretende ser compartido, a partir de un cierto momento pasa a ser el síntoma nuclear de la esquizofrenia. Ésta es, pues, una época esquizofreniforme. Cioran, impregnado del espíritu de este tiempo, decía: “No he encontrado en el edificio del pensamiento ninguna categoría sobre la que reposar mi frente. En cambio, ¡qué almohada el caos!”. Y tentado por el solipsismo, la renuncia a sentirse incluido en alguna clase de generalización, añadía: “El otro no existe (...) Yo nunca he encontrado a nadie, no he hecho más que tropezar con sombras simiescas”. Podríamos seguir explorando el pensamiento de Cioran, siempre inteligente y profundo, para contrastar hacia dónde lleva el extremismo individualizador de nuestra época; así, decía también: “Mónadas disgregadas, hemos llegado al final de las tristezas prudentes y de las anomalías previstas: más de un signo anuncia la hegemonía del delirio”. Y, en fin, aludiendo a ese desdén por la comunicación, por atenerse a un lenguaje común, compartido, general, que sobre todo resulta manifiesto en el arte, concluía: “Agotados los modos de expresión, el arte se orienta hacia el sin sentido, hacia un universo privado e incomunicable. Todo estremecimiento inteligible tanto en pintura como en música o en poesía, nos parece, con razón, anticuado o vulgar. El público desaparecerá pronto: el arte lo seguirá de cerca. Una civilización que comenzó con las catedrales tenía que acabar en el hermetismo de la esquizofrenia”.


Sólo la vuelta a lo general, a los ideales, a lo compartido, al sentido, a lo que nos trasciende como individuos… a la razón, puede salvar al mundo, a este mundo que desde el Renacimiento para acá decidió abismarse en el conocimiento de lo particular, y que ya ha cumplido todo lo que puede dar de sí esa parte del ciclo. Hay que subir un bucle más arriba en la espiral omnipresente que, en su paradójico deambular, va formando el cosmos, eso que también suelen llamar Dios.

domingo, 20 de noviembre de 2011

EL SÍNDROME DE DON JUAN (POR QUÉ DESDEÑAMOS LA REALIDAD)

(LOS LÍMITES DEL INDIVIDUALISMO II)
El Romanticismo vino a sancionar (o a servir de desembocadura a) la idea de que el yo, el sujeto, lo íntimo… lo natural era lo único auténtico, y el objeto, sólo un medio, una investidura, una coartada para que la subjetividad aflorara. “Esto es, en rigor, lo que el romántico busca al rozarse con los paisajes –razonaba Ortega sobre este asunto–: más que verlos a ellos, contempla los remolinos que en su alma apasionada y líquida forma la piedra que cae de fuera”. Desdeñando la realidad objetiva, el romántico pasa a atender solamente lo que sus emociones le dictan: “El romántico –dice también Ortega– (…) no necesitaba ver las cosas sino lo estrictamente necesario para que se disparase su emoción, para entrar en frenesí y embriaguez. Entonces se volvía de espaldas al exterior y se ponía a beber su propio estupor”.


Esta forma de mirar invadió todos los órdenes de la cultura y acabó por sustentar la manera de estar en el mundo que aun hoy mantenemos. Impregnó, para empezar, la perspectiva de aquellos cuya imaginación viene a ser como el oráculo que en clave simbólica anuncia el mundo que está por venir: los artistas. Kandinsky, un influyente teórico del arte, además de pionero entre los artistas de nuestro tiempo, dejó claramente expresados esos fundamentos al hablar de la pintura: “Los elementos de construcción del cuadro no radican en lo externo, sino en la necesidad interior”. Y advirtiendo de hacia dónde se dirigía el arte, éste que fue el iniciador de la abstracción en la pintura señalaba también indirectamente los destinos hacia los que apunta nuestra cultura: “Con el tiempo –decía– será posible hablar a través de medios puramente artísticos, será innecesario tomar prestadas formas del mundo externo para el hablar interno”. Paul Cèzanne lo ratificaba cuando renunciaba a representar los objetos; según él, “un cuadro no representa nada, no debe representar, en principio, más que colores”. Aislados, borrachos de soledad, los artistas de la modernidad tardía, postromántica, decidieron seguir el camino que André Breton anunciaba desde el surrealismo cuando decía: “Únicamente el surrealismo podrá explicar el estado de completo aislamiento al que esperamos llegar aquí en esta vida”.


Ya, por entonces, la psicología había captado el mensaje: los trastornos psíquicos, venía diciendo, por ejemplo, Freud, son maneras de configurarse la libido, la energía psíquica (sexual decía él), algo que ocurre en el interior del sujeto, y su remedio también es asunto interno, platónicamente ceñido a la capacidad de recordar, que era lo que la terapia psicoanalítica pretendía activar, no al trato con las cosas, que, como en el romántico, sólo llegaba a ser una forma de vestir las emociones y el inconsciente, auténticos protagonistas del drama. La conclusión final de la nueva psicología iba a ser que el indicio de salud quedaría revelado en el hecho de que el sujeto estuviera a gusto consigo mismo. El mundo no quedaba comprometido en la tarea. Y sin embargo, ya Nietzsche había advertido que “el psicólogo tiene que apartar la vista de sí para llegar a ver algo”. El mismo Nietzsche había advertido: “El desierto crece: ¡ay de aquel que dentro de sí cobija desiertos!”


Se estaba, pues, configurando una forma de mirar que Ortega vino a decir que encajaba como anillo al dedo en las sesgadas expectativas que los españoles como conjunto emitimos hacia la vida, porque decía de nosotros: “Jamás la grandeza ambicionada se nos ha determinado (a los españoles) en forma particular; como nuestro Don Juan que amaba el amor y no logró amar a ninguna mujer, hemos querido el querer sin querer jamás ninguna cosa. Somos en la historia un estallido de voluntad ciega, difusa, brutal”. Lo cual explicaría nuestras dificultades a la hora de comprendernos como país, de saber de dónde venimos y a dónde vamos, de vislumbrar las trayectorias (los objetivos, las parcelas de mundo externo) que nos señala nuestro destino. “Tal es la tragedia de Don Juan –concluye su paralelismo Ortega–, el héroe sin finalidad”. Un héroe que remite sus deseos no hacia lo que la realidad le oferta, sino hacia los acuosos destinos que su íntimo delirio le va proponiendo.

Y este mismo sería un contexto suficientemente adecuado para entender también el delirio del que brotan nuestros nacionalismos centrífugos. Dice Jon Juaristi (“El bucle melancólico”) que lo originario en ellos es, efectivamente, la emoción, un sentimiento de nostalgia de algo que nunca existió… ni falta que hace, puesto que será esa emoción la que dé origen y ponga en marcha un discurso narrativo que no tiene menos poder y capacidad de influir por el hecho de ser mítico (es decir, por subordinarse a las emociones que lo generan, a las que simplemente dan un ropaje, sin llegar a tributar el debido respeto a los hechos objetivos). Una vez desvirtuados, por falaces, los argumentos objetivos (la comunidad de sangre, la historia, la lengua, que mayoritariamente es la española…), los nacionalistas apelan a la emoción, a su voluntad de ser nación como fundamento de su derecho a la independencia. El sentimiento, lo subjetivo, pues, alzado una vez más como criterio ordenador de lo que deben ser o no las cosas. Son las secuelas de lo peor del Romanticismo.

El mundo está caminando en buena medida sobre el rastro que propone esta dictadura de lo subjetivo: la publicidad y el mismo consumo no se fundamentan en las cualidades objetivas de los bienes de consumo, sino que aluden a lo que eventualmente representan en este otro ámbito subjetivo de las emociones: una bebida se sugiere no porque su necesidad pueda deducirse de algún dato objetivo, sino porque está asociada al personal goce de vivir; de un coche no es preciso publicitar sus valores mecánicos o de seguridad, sino la subjetiva sensación de potencia que le acompaña… El mismo mecanismo –aludí a ello en otro artículo– serviría para explicar el hecho de que uno se pueda inscribir en el Registro Civil como hombre o como mujer no teniendo en cuenta los datos objetivos que acompañan a tal condición, sino la subjetiva percepción que uno tenga sobre el sexo al que pertenece. La realidad, en fin, dice el posmodernismo, no tiene ningún sustento objetivo: es una función del lenguaje…

“El ideal moderno de subordinación de lo individual a las reglas colectivas ha sido pulverizado –dice el sociólogo Gilles Lipovetsky, uno de los más cualificados analistas de la cultura actual–, el proceso de personalización ha promovido y encarnado masivamente un valor fundamental, el de la realización personal, el respeto a la singularidad subjetiva”. Y añade: “Escoger íntegramente el modo de existencia de cada uno: he aquí el hecho social y cultural más significativo de nuestro tiempo”. Para concluir: “Neofeminismo, liberación de costumbres y sexualidades, reivindicaciones de las minorías regionales y lingüísticas, tecnologías psicológicas, deseo de expresión y de expansión del yo, movimientos ‘alternativos’, por todas partes asistimos a la búsqueda de la propia identidad, y no ya de la universalidad que motiva las acciones sociales e individuales (…) Cada cual puede componer a la carta los elementos de su existencia”.

Y sin embargo, y como Ortega advertía, “el yo no adquiere un perfil genuino sin un tú que lo limite y un nosotros que le sirva de fondo”. Uno mismo no puede deslindarse impunemente de su circunstancia, de los límites que impone la objetividad, a la hora de decidir quién es y cuál ha de ser su manera de estar en el mundo. Y como de todas las tiranías, va siendo hora de que también nos deshagamos de ésta de la subjetividad, que, sin soportes objetivos, nos lleva a estar perdidos en el laberinto caótico de multiplicidades en el que ha quedado convertida la realidad.


Artículos de este blog relacionados:

 “La psicología: entre el pensamiento y la realidad externa”


“La realidad no es un delirio compartido”


“El mayor descubrimiento de la historia”

domingo, 13 de noviembre de 2011

TODA VERDAD REPUDIADA (LA DEL 11-M, POR EJEMPLO) SE CONVIERTE EN UN FOCO INFECCIOSO

La sociedad española, como todas las demás (corrijo: más que la mayoría de nuestro entorno), ha ido haciendo frente desde siempre a un conjunto de anomalías morbosas, muchas de ellas importantes, pero a la larga no tanto como para comprometer y poner en entredicho su marcha a través de la historia (sí, sin embargo, para que esa marcha se haya hecho a menudo con paso renqueante). En los últimos tiempos, sin embargo, en éstos que precisamente se corresponden con la era Zapatero, las anomalías morbosas que han venido a distorsionar el proyecto de vida en común que constituye nuestra nación han adquirido una gravedad especial, hasta el punto de que es posible que ese proyecto quede irreversiblemente deformado. Nuestro retroceso político, económico, moral, de cohesión social y territorial y de la calidad de nuestro papel en el concierto político mundial nos ha acabado situando al borde del colapso.

Las andanadas morbosas que a raíz de la llegada de Zapatero al poder comenzaron a emitirse sobre nuestro cuerpo social aparecieron pronto y han sido constantes a lo largo de estos casi ocho años. La primera medida del nuevo Gobierno consistió en traicionar a sus aliados al retirar unilateralmente las tropas de Irak, a donde habían ido no a hacer la guerra, sino a colaborar en la reconstrucción del país amparadas en un mandato de la ONU. De lo que se trataba, al fin y al cabo, era de anular un peligroso foco de desestabilización internacional, de una clase parecida a los que se han ido produciendo en Kosovo, Líbano o Afganistán, en donde nuestras tropas también están o han estado presentes. Nuestra desacreditada política de relaciones internacionales pasó desde entonces a estar sesgada a favor de regímenes tan poco recomendables como la Venezuela de Hugo Chavez, la Bolivia de Evo Morales, el Marruecos de Mohamed VI y la Cuba de los Castro. El esperpento de la Alianza de Civilizaciones, sólo apto para mentes adolescentes, y en el que vienen a equipararse civilizaciones y modos de hacer política democráticos e ilustrados con otros que Occidente dejó atrás al superar la Edad Media, fue otra extravagante aportación de la política exterior zapateril.

La siguiente perentoria medida de Zapatero y su gobierno fue la supresión del Plan Hidrológico Nacional, que iba a financiarse con fondos de la Unión Europea. Podemos inferir lo que esto supuso de un solo dato: según afirman los expertos del Instituto de Estudios Económicos de Alicante (INECA) que, dirigidos por el profesor Joaquín Melgarejo, han elaborado el informe “Análisis económico del trasvase del Ebro, como instrumento generador de empleo duradero y sostenible”, el trasvase del Ebro hacia las regiones valenciana, murciana y andaluza hubiera asegurado la creación de 514.135 puestos de trabajo, de los cuales, el 83,4 % habrían sido estables.

Lo más nefasto de la política de Zapatero arranca de aquella nefanda opinión suya, que expuso también tempranamente, según la cual “la nación (española) es un concepto discutido y discutible”. De esa forma de pensar nació el nuevo Estatuto de Cataluña, que convierte de hecho a esta región en independiente, rompiendo la igualdad jurídica entre los españoles y, entre otras muchas cosas, el mercado único y la eventual movilidad de los trabajadores españoles hacia aquella región.

También es preciso resaltar cómo algunas de las ensoñaciones que han sustentado la política de Zapatero han conseguido reabrir en buena medida las heridas de la Guerra Civil, al volver a dividir a los españoles –según un criterio que él inauguró al denominarse “rojo” a sí mismo–, entre rojos por un lado y fachas (todos los demás) por el otro. El trabajo de generaciones de españoles tratando de superar los odios que desató aquella tragedia ha quedado así en gran parte desbaratado.


La actuación estelar de Zapatero a lo largo de estos años ha sido, sin embargo, la referida a la negociación y el acuerdo final con la banda terrorista ETA, que comenzó antes de la llegada de los socialistas al poder en el 2004, en tiempos en que precisamente ellos estaban también a punto de proponer, con el desparpajo y la felonía consiguientes, la promulgación de la Ley de Partidos, que no sólo estaba destinada a impedir esa negociación, sino que excluía del juego político a la banda y a quienes la apoyasen. A estas alturas, en el lenguaje políticamente correcto que los mismos socialistas han impuesto (con el sospechoso beneplácito de Rajoy), se ha pasado a denominar “derrota de ETA” al hecho de tener a la banda situada en las instituciones, gestionando más dinero que nunca y preparando el último asalto a sus aspiraciones máximas en cuanto ganen las próximas elecciones autonómicas junto al PNV. Y ello sin necesidad ya de utilizar las armas frente a un estado que ha desistido de proclamar, frente a la evidencia de esas amenazas, la unidad irrenunciable de la nación española que nuestra Constitución consagra. No ha quedado, de todas formas, convertida la banda en una especie de organización pacifista, sino que sigue implícitamente encargada de garantizar desde la sombra que la marcha triunfal de los nacionalistas hacia la independencia no vuelva a ser interrumpida.


El relato de los desastres sufridos y los que, a partir de ellos, aún pueden venir podría seguir. Pero de lo que aquí se trata no es de enumerarlos exhaustivamente, sino de aprovechar algunos ejemplos destacados para desde ellos inferir la existencia de un foco morboso original, desde el cual comenzó esta infección generalizada de nuestro cuerpo social. Ese foco original no es otro que el atentado múltiple del 11 de marzo de 2004 que tuvo lugar en el interior de varios trenes de cercanías de Madrid, a partir del cual toda nuestra trayectoria colectiva ha llegado a distorsionarse tan gravemente, empezando por el cambio drástico en la intención de voto en las elecciones del 14 de marzo, tres días después, que de forma inopinada llevaron al poder al PSOE. De qué forma esta trayectoria hacia la catástrofe está vinculada con aquel atentado en el que fallecieron 191 personas y 1.858 resultaron heridas es aún, en gran medida, una incógnita. Pero en la causa penal dirigida por la juez Coro Cillán en la que actualmente se está investigando la supuesta actuación delictiva en aquellos sucesos del que era jefe de los TEDAX por entonces, Juan Jesús Sánchez Manzano, ha quedado en evidencia que la principal prueba utilizada como base de la investigación policial y sobre la que se sustentó la sentencia del juicio del 11-M, la llamada mochila de Vallecas, era una prueba falsa: en esa mochila-bomba (que nadie vio en la estación de El Pozo, de donde supuestamente salió, y que nadie controló cómo llegaba hasta la comisaría de Puente de Vallecas, donde apareció), entre otros varios indicios de falsedad, había metralla, y la entonces Directora del Instituto Anatómico Forense, Carmen Baladía, ha declarado por fin en sede judicial (hasta ahora no se lo habían preguntado) que ninguno de los cuerpos de los fallecidos en el atentado, y por tanto ninguna de las diez bombas que explotaron, contenía metralla. Lo cual, unido a la siniestra desaparición de las toneladas de vestigios de los trenes y de las muestras de los restos de las ropas y enseres recogidos tras la masacre, destinados a sustentar la investigación sobre los explosivos utilizados y el modus operandi de los autores (por citar sólo algunos de los aspectos más relevantes que están quedando acreditados en el juicio contra Sánchez Manzano), deja espeluznantemente abierta la gran incógnita sobre ese suceso que marcó un punto de inflexión definitivo en la marcha de nuestro país hacia la actual catástrofe.


El Gobierno y la práctica totalidad de los miembros destacados de los partidos políticos y de los medios de comunicación han decidido ignorar, cuando no ocultar o impedir activamente el esclarecimiento de este tenebroso asunto cuyos flecos más actuales ni siquiera están llegando a la mayoría de la opinión pública. Pues bien, he aquí la conclusión que juzgo inevitable: mientras no se haga la luz sobre los atentados del 11-M, la infección de nuestro cuerpo colectivo no podrá ser cortada y la grave enfermedad social que estamos sufriendo no podrá ser atajada, porque una vez metabolizada la mentira que envuelve a todo aquello, una gran parte de la opinión pública ha ido incorporando lo que ha venido después como algo natural o como resultado en buena medida de la fatalidad, contra la cual nada puede hacerse.

domingo, 6 de noviembre de 2011

CAVILACIONES SOBRE ESPAÑA DE UN OPTIMISTA BIEN INFORMADO

En la vida de los individuos, a la larga, los logros acabarán estando siempre por debajo de las aspiraciones. O dicho de otra manera: en ese contexto, todo tiende hacia el fracaso, y finalmente, hacia el mayor de todos, la muerte. Como decía Don Quijote al final de la novela, en un momento tan declinante como lúcido: “Yo, Sancho, nací para vivir muriendo”. Éste es el primer principio metodológico que un optimista bien informado debería de aplicar al análisis de las situaciones humanas. Hasta ahí no me ha sido difícil encontrar los puntos básicos de coincidencia con quien me ha hecho llegar su opinión a propósito de mi deprimente visión de la sustancia política, moral y existencial de mis compatriotas expuesta en el artículo anterior. En lo que me ha resultado más difícil encontrar puntos de acuerdo es a propósito de la posibilidad de que nuestra actual situación, tan ejemplar en el sentido de dar expresión a lo que está en ciernes de convertirse en un rotundo fracaso colectivo, sea un posible punto de partida hacia la superación de todos los dislates que en ella se contienen (en lo colectivo, al contrario que en los individuos, la historia empuja siempre, a la larga, hacia algo mejor). Para quienes creemos que las cosas (las malas y las buenas) son sólo el descanso que la vida y la historia se toman mientras preparan su renovada marcha hacia el destino que más adelante les espera (es decir, para quienes somos progresistas), los fracasos históricos actuales son sólo el ingrediente más habitual con el que se van componiendo los éxitos del futuro. Es lo que, más o menos, venía a decir María Zambrano cuando afirmaba: “Toda muerte va seguida de una lenta resurrección, que comienza tras el vacío irremediable que la muerte deja” (sólo un matiz le añado a Zambrano: cuando los individuos morimos del todo, el vacío que dejamos, en mi opinión, sólo lo rellena la historia. A los individuos nos espera el olvido, no la resurrección).

Cuando en el artículo anterior hablábamos del desinterés de los españoles por la cosa pública en unos momentos como los actuales, tan dramáticos y tan necesitados de nuestra atención y de nuestro sentido de la responsabilidad, habríamos de añadir que no parece que con ello estemos distinguiéndonos sustancialmente de los comportamientos que, en general, caracterizan a los hombres de nuestro tiempo y de nuestro ámbito cultural. Alexis de Tocqueville, precursor de la sociología y uno de los más importantes ideólogos del liberalismo, en “La democracia en América”, que publicó en 1835, advertía ya de este estado de ánimo colectivo que veía venir y que consideraba el perfecto correlato de incipientes y originales formas de totalitarismo: “Quiero imaginar –decía– bajo qué riesgos nuevos el despotismo puede producirse en el mundo: veo una multitud innumerable de hombres semejantes e iguales, que dan vueltas sin descanso sobre sí mismos, para procurarse pequeños y vulgares placeres, de los que llenan su alma. Cada uno de ellos, mantenido aparte, es como extraño al destino de todos los demás: sus hijos y sus amigos forman para él toda la especie humana; en lo que se refiere a sus conciudadanos, está a su lado, pero no los ve; los toca y no los siente; no existe más que en sí mismo y para él solo, y, si le queda todavía una familia, por lo menos se puede decir que ya no tiene patria”.

Este clarividente Tocqueville desvela aún más explícitamente de qué forma ve que ese desinterés por lo público, por el bien general, aboca hacia renovadas formas de totalitarismo: “Por encima de ellos (de aquellos hombres que “dan vueltas sin descanso sobre sí mismos”) se alza un poder inmenso y tutelar, que sólo se encarga de asegurar su bienestar y velar por su suerte. Es un poder absoluto, detallado, regular, previsor y suave. Se parecería al poder paterno si, como él, tuviese como objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero no se persigue, al contrario, más que mantenerlos irrevocablemente en la infancia; le gusta que los ciudadanos se diviertan, con tal de que no piensen más que en divertirse. Trabaja a gusto por su felicidad; pero quiere ser su único agente y su único árbitro; provee a su seguridad, prevé y asegura sus necesidades, facilita sus placeres, conduce sus principales asuntos, dirige su industria, regula sus sucesiones, divide sus herencias (¿no puede suprimirle por completo el trastorno de pensar y el trabajo de vivir?). De esta manera, a diario, hace menos útil y más raro el empleo del libre arbitrio; encierra la acción de la voluntad en un espacio más pequeño, y arrebata, poco a poco, a cada ciudadano, hasta el uso de sí mismo” .Hablaba, pues, Tocqueville, en lo fundamental, de un estado que procuraba una determinada clase de bienestar a cambio de reducir la libertad y la responsabilidad individuales. Sólo sería cuestión, por nuestra parte, de valorar si eso ha tenido ya lugar para apreciar la pertinencia de su análisis.


Así, pues, y si esta actitud de irresponsabilidad cívica se hallara generalizada, ¿es que la historia está yendo hacia atrás? ¿La libertad que tantas puertas viene abriendo al hombre occidental desde los comienzos del Renacimiento ha acabado resultando ser un peso excesivo del que los hombres quisieran desprenderse como de un lastre que les impidiera ser felices dedicándose a sus privados intereses? Sí y no. Ambivalencia ésta que el mismo Tocqueville formula de la siguiente manera: “Nuestros contemporáneos son incesantemente asaltados por dos pasiones enemigas: sienten la necesidad de ser conducidos y el deseo de seguir siendo libres” .

Ocurre, para empezar, que estamos pagando el impuesto vital que significa la posesión de un bien enorme, pero que ha aumentado proporcionalmente la carga de nuestra responsabilidad: efectivamente, se trata de la libertad, es decir, la obligación (¡ya estamos con las paradojas!) de responder a las exigencias que la vida (personal y colectiva) nos impone con nuestras propias fuerzas, sin esperar que venga ningún poder externo a decirnos o a exigirnos lo que tenemos que ser y, en última instancia, lo que hemos de hacer. Y, concretando, en lo que se refiere a nuestra vida colectiva como españoles, pues sí, andamos trasteando, intentando eludir nuestras obligaciones, dejando hacer a nuestros dirigentes sin preocuparnos demasiado de las consecuencias que éstos han preparado en decidida proyección hacia la catástrofe. Hemos creído que libertad significaba lo que a los ojos de un niño viene a significar: que cada cual haga lo que le parezca, que atienda a su estricto interés y que el resto del mundo se las apañe como quiera o pueda.

Pero es posible que nuestra niñez colectiva tenga los días contados. Intentar prolongarla todavía más significaría adentrarnos en un proceso que, haciendo uso de métodos diagnósticos previstos por la psicología clínica, podríamos decir que desembocaría en la psicosis colectiva. La historia lleva dándonos a los españoles un plazo largo y suficiente: tuvimos un siglo XIX, especialmente sus tres primeros cuartos, catastrófico, después de un siglo XVIII bastante reparador. Llevamos tan lejos nuestra pulsión disgregadora (la que surge del arrepentimiento de la libertad y de la madurez que supuso la Ilustración), que en el siglo XX acabamos desembocando en una guerra civil (las tres guerras carlistas, durante el XIX, sirvieron de entrenamiento). Siguieron una larga dictadura y una tortuosa Transición que a estas alturas ha dejado al descubierto todas sus deficiencias. Ahora la historia asoma ya con sus perentorias exigencias, viene pidiéndonos cuentas. Si esto fuera un casino, el crupier estaría ya diciendo: “no va más”.


¿Y quién demonios es esa historia metomentodo que pone plazos, dicta labores y amenaza con castigos? María Zambrano tenía para esto una respuesta: “La historia, toda ella, pudiera titularse: ‘Historia de una esperanza en busca de su argumento’ ”. Efectivamente, no sabemos del todo a dónde, pero vamos a algún sitio. Nuestra parte infantil (a veces insidiosamente camuflada como progresismo o incluso como filosofía digamos que antihistoricista) se rebela y viene diciendo que no, que vamos a donde nos da la real gana, que sólo somos tributarios del azar, el cual nos deja plena “libertad” para hacer esto o aquello, tirar hacia esta dirección o la contraria. En este sentido, una vez oí a un dirigente batasuno (juraría que era el mismo que hoy dirige la Diputación Foral guipuzcoana) decir que, independientemente de las razones que pudieran asistirles, los vascos debían decidir libremente qué es lo que quieren ser; es eso mismo del chiste según el cual uno de Bilbao nace y es de donde le da la gana. Tiempos éstos desquiciados en que el infantilismo ha llevado también, por ejemplo, hasta la posibilidad de decidir que en el Registro Civil uno pueda inscribirse “libremente” como hombre o como mujer, o en que el arte haya quedado en buena medida consagrado como la apoteosis de la fealdad y del mal gusto. La libertad convertida en infantil juguete multiusos…


La historia, mientras tanto, nos está imponiendo la tarea de recuperar nuestra salud nacional y seguir desde ahí caminando hacia nuevas complejidades de la vida colectiva. Ortega cifraba esa salud en el hecho de que las clases sociales, los gremios y el resto de los grupos sociales a través de los que se articula el cuerpo nacional “tengan viva conciencia de que son un trozo inseparable, un miembro del cuerpo público”. Los movimientos de secesión étnica y territorial son hoy la expresión más cabal de esa falta de salud nacional que nos aqueja. De forma más o menos declarada, estos movimientos querrían regresarnos a un tiempo anterior al siglo XVIII (¡en algún sentido, incluso a tiempos anteriores a la civilización romana!), como intentaron hacerlo aquellos carlistas que, para tratar de permanecer o volver al Antiguo Régimen, metieron a nuestros predecesores en tres guerras civiles. También decía Ortega que “la historia es la recuperación del tiempo perdido”. O sea, que nos descuenta el plazo en el que hemos andado despistados (sobre todo, ese siglo XIX y, en buena parte, también el XX, que tan entregados estuvieron al extravío), pero, llegado el momento, sus trayectos o se enderezan o se acaban yendo a hacer gárgaras. Y nuestra nación (el ámbito colectivo del que nuestra libertad responsable ha de cuidar) con ellos.

En ésas estamos.

domingo, 30 de octubre de 2011

ESPAÑA Y SU FUTURO CON FORMA DE ESTALLIDO

En España parece que estamos condenados a vivir colectivamente subidos a la grupa de la crisis política permanente. Ninguno de los españoles que hoy vivimos hemos conocido una época en la que gozáramos de un consenso social suficiente sobre nuestro ser colectivo que nos permitiera dar ese asunto por descontado y propulsar nuestras preocupaciones hacia los menesteres que realmente hacen vivir y progresar a una sociedad. Nosotros estamos aún en gran parte atascados en esa fase previa que se ocupa en dar una configuración a nuestra sociedad. Ya en 1910 decía Ortega y Gasset: “En otros países acaso sea lícito a los individuos permitirse pasajeras abstracciones de los problemas nacionales: el francés, el inglés, el alemán, viven en medio de un ambiente social constituido. Sus patrias no serán sociedades perfectas, pero son sociedades dotadas de todas sus funciones esenciales, servidas por órganos en buen uso (…) ¿Qué impedirá al alemán empujar su propio esquife al mar de las eternas cosas divinas y pasarse veinte años pensando sólo en lo infinito? Entre nosotros el caso es muy diverso: el español que pretenda huir de las preocupaciones nacionales será hecho prisionero de ellas diez veces al día y acabará por comprender que para un hombre nacido entre el Bidasoa y Gibraltar es España el problema primero, plenario y perentorio”.

Pero apliquemos el rigor necesario a nuestras reflexiones: en realidad, el poso último de nuestras inquietudes no está hecho, aquí en España, de genuina preocupación por la cosa pública, como pudiera parecer a una mente apresurada que sugiere Ortega, sino de menosprecio de una gran parte hacia ella. Nuestra inconsistencia como nación es, precisamente, la cosecha de una siembra realizada con las semillas del apego a lo más inmediato, a lo que estrictamente se ciñe a nuestros intereses más particulares, apenas contrapesado con aisladas o coyunturales expresiones de solidaridad que vienen a ser como fuegos de artificio de efímera vitalidad, porque no encuentran un soporte en nuestras costumbres y en nuestras instituciones sobre el que consolidarse. “El hombre español –decía asimismo Ortega en otro lugar– se caracteriza por su antipatía hacia todo lo trascendente; es un materialista extremo (…) La emoción española ante el mundo no es miedo, ni es jocunda admiración, ni es fugitivo desdén que se aparta de lo real, es de agresión y desafío hacia todo lo supra-sensible y afirmación malgré tout de las cosas pequeñas, momentáneas, míseras, desconsideradas, insignificantes, groseras”.

Si esta visión pesimista sobre nuestra forma de ser ha mantenido una vigencia sostenida en el tiempo, casi nunca ha sido más cierta de lo que lo es ahora. Nuestra clase política, para empezar, es, de forma muy generalizada, lamentable. Pero no es ella nada más que una versión destacada de nuestros propios defectos colectivos. Igual que, por ejemplo, tenemos la basurienta televisión que hemos decidido preferir, y que nadie nos obliga a ver, los políticos que nos gobiernan están hechos de la misma materia vital y moral que el resto de los españoles. Su corruptibilidad, su cortoplacismo, su irresponsabilidad, su perversa afición a procurarse privilegios y su cobardía no sería lógico que fueran ramas que viniesen a renegar del tronco del que han salido. Queda ello demostrado cuando se constata que nuestras tragaderas son lo suficientemente amplias como para que no tengan consecuencias, no ya penales, sino ni siquiera en las urnas, comportamientos de nuestros políticos que constituyen un auténtico saqueo de las arcas públicas; pensemos también en sus cesiones al terrorismo y a los nacionalismos en general (cuyo último e irrenunciable objetivo, no lo olvidemos, es la destrucción del estado), que en buena parte son manifiestamente constitutivos de alta traición a la nación española; o en su desprecio a la igualdad jurídica y de oportunidades de los españoles; o en sus estúpidas políticas de segregación (no sólo la lingüística); o en la degradación a la que han conducido a las instituciones judiciales… La ineptitud de nuestros gobernantes, en fin, es sólo el suelo al que había que descender después de tolerar su irresponsabilidad y su inmoralidad. Nada de esto ha salido de un caldo de cultivo extraterrestre.

Es hora de tomar conciencia: nuestra crisis más importante no es la económica, con ser ésta pavorosa. Lo es la de nuestro ser colectivo en su conjunto (lo cual, además, conlleva gravísimas repercusiones sobre la economía). Y ello ha sido causado en estos últimos tiempos por la persistente política de cesión de nuestros gobernantes a los nacionalismos, esa versión agudizada de nuestra tendencia al particularismo, al rechazo a pensar en los términos que exige el bien general. Se ha dejado que la educación quedase en manos de aquellos aberrantes constructores de mitos reaccionarios que son los nacionalistas, sin siquiera intentar resistir mínimamente ni en la trinchera política ni en la ideológica. ¡Cuánta desidia! ¡Cuánta irresponsabilidad! ¡Cuánto desprecio a las más elementales normas políticas, morales y de higiene intelectual!...



Bien: el futuro está a la vista: después de cerrar ese último capítulo de espeluznantes cesiones que han conducido a ETA hasta los puestos de dirección de nuestras instituciones, es ya previsible que, tras las próximas elecciones autonómicas, y con ETA y el PNV en el gobierno de la Comunidad Autónoma Vasca, estos grupos acabarán lanzando la andanada final en forma de declaración unilateral de independencia o algo similar. A lo que contestará como un eco solidario el gobierno de Cataluña. Estoy, pues, de acuerdo con lo que acaba de decir Mayor Oreja: “Se prepara un enorme desafío para España”. ¿Y quién se cree que un político tan pusilánime como Rajoy estará entonces a la altura de las circunstancias, cuando ha dado muestras suficientes de querer amoldarse (¡como si ello fuera posible!) al nuevo régimen de coexistencia con los nacionalismos, el mismo que éstos, sin embargo, han considerado simplemente como una etapa más en su camino hacia la disgregación del estado?

Muy al contrario de lo que el ínclito Zapatero decía en el famoso prólogo al libro de Jordi Sevilla “De nuevo socialismo”, según lo cual en política no hay ideas lógicas y, por tanto (aquí llegó al culmen de la investigación etimológica), no puede haber ideo-logías, Ortega afirma que en política podemos aspirar a tanta objetividad en los análisis como la que en su campo consigue la misma ciencia empírica: “Esta objetividad –dice por tanto, y más precisamente– no se reduce a la ciencia. Con leve modificación de sentido existe también en otros órdenes: por ejemplo, en la política. Lo que el hombre de hoy puede decidir como su opinión política para el porvenir no está a merced del azar individual. Hay una autenticidad política, querámoslo o no, que es común a todos los hoy vivientes en cada país, hay una vocación general política. Estaremos dispuestos o no a oírla, pero ella suena y resuena en nuestro interior. Y sería curioso y sintomático de la época que esa única política auténtica (…) no estuviese representada hoy (…) por lo menos claramente, por ningún grupo importante y desde lejos visible. Si esto fuera así tendríamos que hoy está viviendo el hombre una vida política subjetivamente falsa, que está estafándose –lo mismo por la derecha que por la izquierda–”. ¡Ortega hacía también la crónica de nuestra actualidad!

De esta política falseada yo excluyo, simplemente por ponerse de parte no ya sólo de esa objetividad filocientífica, sino del simple sentido común, a UPyD, que es hoy probablemente el único partido desde el que cabalmente podemos esperar que surja una alternativa cuando nuestra extraviada trayectoria como nación llegue a su culminación. No será posible entonces, me temo, refugiarse en la indolencia, porque el potencial desestabilizador de nuestros nacionalismos va más allá del hipotético momento en que lograran la independencia de lo que considerarían una parte de sus territorios. Vayámonos haciendo a la idea: no será posible llevar hasta el final nuestra actual y acumulativa defección hasta conseguir que la nación española muera de forma discreta y apaciguada. En algún momento los españoles descubriremos que no vale para siempre la postura del “¡qué más da!”. No será posible inhibirse: así lo veo yo. Y entonces necesitaremos que haya alguna opción política que ayude a catalizar la reacción contra tanto despropósito y propensión a la catástrofe como hemos ido acumulando.

lunes, 24 de octubre de 2011

“SOCIEDAD” NO ES IGUAL A “ROBINSON CRUSOE” ELEVADO A LA N

(LOS LÍMITES DEL INDIVIDUALISMO-I)
La historia está repleta de ejemplos de cómo los grandes hombres, los que más importantes hazañas han llevado a cabo, las han realizado no precisamente sacrificando sus propias aspiraciones en aras de una misión que sabían que les trascendía, sino, por el contrario, estimulados por la ambición o cualquier otro tipo de motivaciones personales. “¿Qué maestro de escuela –pregunta Hegel– no ha demostrado muchas veces ampliamente que Alejandro Magno y Julio César fueron impulsados por tales pasiones, siendo por tanto hombres inmorales?”. Cuando Julio César, habiendo cumplido treinta años de edad, lloró ante la estatua de Alejandro en Cádiz, porque a la edad de éste (que murió a los treinta y tres años habiendo llevado sus conquistas hasta los confines del mundo), no había conseguido hacer todavía nada comparable a lo logrado por el macedonio, lo hizo antes, evidentemente, a causa de la frustración personal que ello le producía, que porque pensara en sus ineludibles obligaciones para con la Historia. ¿Resulta de ello que ésta, la Historia, es, pues, el resultado aleatorio que van espumando las motivaciones personales, perversas o no, de aquellos a quienes la fortuna colocó en el lugar adecuado para convertir en realidad sus íntimas pretensiones? ¿El motor de la Historia son, por tanto, los individuos, y de la mano de ellos, el azar? ¿La Historia es, según esto, un capítulo, una rama de la Psicología, en la medida en que ésta es la que se encarga de analizar las pasiones y las ambiciones a cuya caudal sólo serviría de cauce aquélla?

Hegel mismo se niega a entenderlo así: “Los hombres históricos –dice– (…) han realizado su fin personal al mismo tiempo que el universal. Estos son inseparables”. Dice también: “La pasión es la condición para que algo grande nazca del hombre”. “Aquellos grandes hombres parecen seguir sólo su pasión, sólo su albedrío; pero lo que quieren es lo universal”. La Historia, pues, se mueve gracias al combustible de las motivaciones personales, pero éstas sólo entran a formar parte de aquélla cuando su trama se cruza con la urdimbre de los fines objetivos que la Historia tiene diseñados.


Sin embargo, vivimos ahora mismo tiempos en los que la subjetividad se ha alzado con la preeminencia exclusiva a la hora de interpretar las cosas. Todo lo que trasciende del sujeto tiende a carecer de prestigio en la escala de valores intelectuales y morales dominante. La sociedad misma, desde los albores de la Modernidad (aunque no, finalmente, en todos sus ramales), se vino a entender como una derivación o prolongación de los individuos y sus particulares intereses: para Hobbes, fue aquélla, la sociedad, un mecanismo de defensa que los hombres inventaron para defenderse unos de otros. Para Locke era un recurso puesto al servicio de los individuos, para que éstos pudieran defender más eficazmente su libertad personal. Y para Rousseau, que naciera la sociedad fue un error, una perversión con la que ya resulta ineludible contar. Sólo con Kant y Hegel, la sociedad pasará a ser un todo que viene a ser más que la suma de las partes, una complejidad que se eleva por encima de la suma de sus componentes simples, algo irreductible a los individuos que la componen. A costa de ser malinterpretado, Hegel afirmó: “Sólo en el Estado tiene el hombre existencia racional”. Una afirmación equivalente sería: sólo en el organismo humano completo tiene sentido la existencia de cada una de sus células o de cada uno de sus órganos particulares. La parte no puede ser entendida sin el todo.

Confirmemos, por tanto, que Robinson Crusoe o no existió o fue una anomalía coyuntural; y en conclusión, la sociedad no puede ser entendida como un Robinson elevado a la n. Ni la historia como el choque azaroso de miríadas de trayectorias individuales. Y es que el todo, el conjunto (el organismo) tiene vida más allá y por encima de lo que hagan o dejen de hacer las partes (las células). La historia, en fin, sería la trayectoria resultante de la suma de las ambiciones y de las pasiones de los individuos, pero irreductible a ellas.