sábado, 17 de junio de 2017

M. C. Escher, o Sísifo reencarnado como artista


Resumen: No hay manera de escapar de nosotros mismos, incluso cuando parece que lo que hacemos es algo perfectamente ajeno a nuestra personalidad. Escher, con sus dibujos aparentemente entregados a las leyes de la aritmética y de la geometría, no pudo evitar dejar reflejada en ellos su manera de estar en el mundo: buscando, como ha intentado hacer el hombre desde sus orígenes, que todo volviera al punto de partida.

     Tradicionalmente se ha interpretado la obra de Maurits Cornelis Escher (cuya exposición en el Palacio de Gaviria de Madrid finaliza el 25 de junio) como producto de una mente matemática; los suyos se asume que son dibujos sin emoción, genialidad artística reducida a mera geometría. Según esto, habría que interpretar que su irrefrenable tendencia a la depresión y a la melancolía era algo totalmente independiente de su arte. Esa vertiente depresiva de su personalidad, que hizo que sus acomodados padres le facilitaran irse a vivir desde su Holanda natal al más estimulante y soleado entorno italiano entre 1922 y 1935, llegó a su culminación a partir de 1970, cuando se trasladó a la Casa Rosa Spier de Laren, al norte de Holanda, donde los artistas podían tener estudio propio. En esa ciudad falleció dos años más tarde sumido, precisamente, en una profunda depresión. Por tanto, más o menos soterrada, esta enfermedad le acompañó toda su vida. Y aquí se va a defender la idea de que también le acompañó a lo largo de toda su producción artística, hasta el punto de que podríamos entender que su arte sería una genial sublimación de su depresiva manera de plantarse en la vida y de mirar el mundo… o escapar de él. Al fin y al cabo, “cada ser –decía Ortega– posee su paisaje propio, en relación con el cual se comporta”, y ese paisaje le acompañó no en tal o cual ocasión, sino durante toda la vida.
     Una de las aporías (callejones sin salida para el razonamiento) más famosas de la historia de la filosofía es aquella de Zenón de Elea (490 a.C.-430 a.C.) sobre Aquiles y la tortuga. Zenón era discípulo de Parménides, fundador de la Escuela Eleática, y la idea fundamental en la que se basaba la filosofía de esta escuela era la de que, salvo en el ámbito vulgar de las apariencias, no existía el movimiento. Para demostrarlo, Zenón propuso este ejemplo fabuloso: si Aquiles, “el de los pies ligeros”, competía en una carrera con una tortuga a la que le diera cierta ventaja inicial, nunca lograría alcanzarla. Y este era su razonamiento: Aquiles recorre en poco tiempo la distancia que le separaba inicialmente de la tortuga, pero al llegar allí descubre que la tortuga ya no está, sino que ha avanzado, más lentamente, un pequeño trecho. Sin desanimarse, sigue corriendo, pero al llegar de nuevo donde estaba la tortuga, ésta ha avanzado un poco más. Y así sucesivamente. De este modo, Aquiles no logrará alcanzar nunca a la tortuga, porque esta estará siempre por delante de él.
     Los razonamientos, y las mismas fábulas en las que aquellos encuentran un formato narrativo, son antes expresión de las maneras que quien los ejercita tiene de instalarse en el mundo y de darle un sentido acorde con las propias predisposiciones (en última instancia emocionales), que un reflejo de la realidad. Es la misma idea que, con sutileza, venía a sostener Ortega cuando decía: “Tal vez es imposible descubrir fuera una verdad que no esté preformada, como delirio magnífico, en nuestro fondo íntimo”. Aquella inmovilidad que los eleáticos creían detectar en el mundo, más allá de lo que consideraban meras apariencias de cambio y movimiento, era, antes que nada, una necesidad íntima que proyectaban sobre el mundo entorno, pues, armado con tal convicción, quien la tuviera podría afrontar mejor la angustia que producen los cambios, el ser tan efímero de las cosas y de las personas. Que la vida tenga sentido parece ser en el hombre una necesidad mayor incluso que la de aceptar la auténtica y desnuda realidad (aunque no necesariamente una y otra cosa hayan de estar en oposición).
     Otra fábula o mito que viene a expresar esa misma necesidad de inmovilidad, de que las cosas vuelvan una y otra vez a ser lo que eran, aunque esta vez dejando en evidencia el lado oscuro de esa necesidad, es el mito de Sísifo, aquel que subía una y otra vez un gran pedrusco a la cima de una montaña para ver cómo otras tantas veces, cuando coronaba aquella, acababa la piedra rodando montaña abajo. Y es que así de paradójica es la condición humana:
nos pasamos la vida luchando contra el imperio de lo efímero, del caos que producen los cambios constantes, buscando la inmovilidad, la ataraxia, o al menos ese casi suficiente sucedáneo suyo que es la regularidad, someter a ley y a previsión todo eso que va y que viene sin control; pero si alcanzamos ese objetivo, si convertimos nuestra vida en una sucesión de rutinas y cosas ya sabidas, en donde ya no caben las sorpresas y el asombro… nos deprimimos. Esa es la tragedia de Sísifo, un ser atrapado en una tarea eternamente repetida, que no llegó a comprender que, como decía Ortega, “el hombre no tiene más remedio que aprender a (…) sentirse a la par mudable y eterno”.
     Y también fue la tragedia de M. C. Escher, que no paró en sus obras, especialmente a partir de 1937 (hasta entonces fue un dibujante de paisajes) de construir (maravillosos) mundos cerrados, clausurados, sin salida, eternamente repetidos; propios de una persona que se siente atrapada, como Marco Aurelio, el emperador filósofo, cuando decía: “Todo arriba y abajo es lo mismo y proviene de lo mismo. ¿Hasta cuándo pues?”. Escher da expresión con sus dibujos al mismo fondo íntimo que le llevó a estar deprimido. Decía Cioran que “el desapego a la vida engendra un gusto por la rigidez. Comenzamos a ver un mundo de formas rígidas, líneas precisas, contornos muertos”. Un mundo, pues, que ha llegado donde tenía que llegar, que ha quedado cristalizado, definitivamente acabado. Escher, precisamente, tiene en las formas cristalizadas uno de sus motivos artísticos preferidos.
Alternativamente, lo que prefiere dibujar son círculos, donde coinciden el principio y el fin, o, en conclusión, busca expresar de una u otra forma cómo todo vuelve persistentemente a ser lo que era, que los cambios o las paradojas no son sino apariencias que toma una realidad única y que da lo mismo ir que venir, subir que bajar, porque, como dijera Heráclito, “camino arriba, camino abajo, uno y el mismo”.
Incluso en las pocas ocasiones en que Escher aborda en sus dibujos el tema de la espiral (que, en principio, representaría la genuina manera de, sin eludir el punto de partida, sobrepasarlo), se las ingenia para dar con ellas una versión más del eterno retorno, de representar con ellas, como él decía, “alguien que se busca a sí mismo”, lo que en él equivalía a un estancamiento en una posición introvertida, de alejamiento del mundo, de bloqueo de las fuerzas que empujan hacia el mundo entorno. Él mismo llegó a decir en una entrevista que le hizo la revista Het Vrij Nederland: “Mi obra nada tiene que ver con los hombres (…) La realidad me es ajena; mi obra nada tiene que ver con ella (…) La humanidad no me interesa. Tengo en torno mío un gran jardín para mantenerme a resguardo de toda esa gente (…) Nunca encontré placer en salir por ahí… Necesito estar solo con mi trabajo (…) ¿Por qué hay que topar siempre con la mísera realidad?”.
La posición vital de Escher, pues, se puede resumir en su intento de paralizar los efectos de la ley vital que empuja en favor de los cambios, de responder a esa necesidad –que acompaña al hombre desde sus primitivos orígenes– de suprimir el poder del tiempo, de interrumpir ese camino hacia la decadencia y la muerte en que consiste la vida. Y sin embargo, “la vida, señores –decía Ortega–, es un fluido indócil que no se deja retener, apresar, salvar”. Para vivir es preciso romper el círculo, salir en busca de lo que aún falta. María Zambrano decía:
“Vivir, al menos humanamente, es transitar, estarse yendo hacia… siempre más allá”. Lo mismo que decía León Felipe en lenguaje poético: “Pero he venido también a ver (...) a los que rompen los rosarios y los empalman después unos con otros para que no se muerda la cola la plegaria...”. Escher, buscando redimirse en la inmovilidad, no pudo impedir que, por la misma razón, su arte expresara de manera genial algo semejante a aquello que Van Gogh hizo en su “Ronda de presos”:
que estaba atrapado, sin salida. Incluso dio expresión gráfica a aquellos versos de Quevedo: “Y no hallé cosa en que poner los ojos que no fuera recuerdo de la muerte”.
Buscando reposar en aquello que merecería ser eterno, Escher acabó desembocando en la depresión.

lunes, 12 de junio de 2017

La dosis de pesimismo que hay que añadir a nuestra optimista visión del futuro

Resumen: El título de mi anterior artículo era algo tramposo: mientras lo redactaba ya iba tomando notas para hacer este otro. Los avances tecnológicos que se avecinan llegarán de la mano de la visión mecanicista del hombre y del universo. Esa manera de mirar ha sido muy fructífera para la ciencia, pero está asfixiando el alma del hombre.

     Todo el proceso de avance tecnológico que se viene produciendo desde los tiempos de la Revolución Científica, y los extraordinarios que están produciéndose ahora mismo y se producirán en el próximo tiempo futuro, se han sustentado sobre el paradigma científico y filosófico que, surgido sobre todo del mecanicismo de Descartes, ha llevado a entender que el universo, incluidos nosotros los hombres, se comporta como si fuera una gran máquina. En lo que se refiere a los humanos, esa forma de mirar supone que nos entendemos como meros seres reactivos, es decir, que no somos nada más que un conjunto de respuestas emitidas ante estímulos que nos vienen dados desde fuera, nada más que las consecuencias acumuladas a partir de unas causas que nos son ajenas. Otro destacado pensador, este de los tiempos de la Ilustración, Julien Offray de La Mettrie hizo famoso su libro más significativo y polémico, “El hombre máquina”, publicado en 1748,  en donde sostiene que son los procesos orgánicos los que producen los fenómenos psíquicos, que nuestra inteligencia depende solo, por tanto, de la constitución física del cerebro y que el hombre es lo que come. Su método de conocimiento no le permitía reconocer otra realidad más que aquella que sucesiva y no siempre firmemente le iban revelando los sentidos. Aunque en última instancia hay que considerar que el hombre, dice también La Mettrie, no ha sido hecho para conocer sino para ser dichoso. Estamos determinados a ser, según esto, lo que circunstancias que nos son exteriores deciden que seamos; nada de nosotros se debería a nosotros mismos. El caso es que los humanos habremos quedado disminuidos con esa restrictiva manera de entendernos, pero no cabe duda de que la ciencia ha podido recorrer un muy fructífero camino partiendo de esa consideración del universo como un gran engranaje mecánico.

     John Stuart Mill (1806-1873), que pertenecía a esa especie en peligro de extinción que son (somos) los liberales, aludió a los nefastos efectos que tiene esta fatalista visión del hombre como máquina (como conjunto de respuestas mecánicas emitidas ante estímulos que nos vienen dados) sobre nuestro estado de ánimo. Partía Stuart Mill en su argumentación de la constatación contraria a esa: “Sabemos que no estamos impelidos, como por un oráculo, a obedecer ningún motivo particular”, decía. Y también: “Las causas de las que depende una acción no son nunca incontrolables”. Desde ahí observaba lo que le ocurre a quien, en sentido contrario, se percibe a sí mismo como una máquina: “El fatalista cree, o medio cree (ya que nadie es un fatalista consistente), no solo que cualquier cosa que sea lo que ocurra será el resultado infalible de las causas que lo producen (…), sino más aún, cree que no vale la pena enfrentarse a ello; que ocurrirá a pesar de todo lo que podamos hacer para prevenirlo”; de una concreta causa se seguirá necesariamente, según esto, una prevista consecuencia. Y concluye que tales ideas o maneras de estar en el mundo conducen inevitablemente al estado de ánimo depresivo (él mismo sufrió una depresión, así que sabía de lo que hablaba). Y es que, para empezar, solo quien se siente capaz de cambiar sus actuales circunstancias realizará el esfuerzo necesario para conseguirlo; es lo que no ocurre con el fatalista, que considera que estamos determinados a reaccionar ante solo dos clases de motivaciones: buscar el placer y huir del dolor. Decía La Mettrie, precisamente, que el objetivo de la vida se encuentra en procurarse los placeres que otorgan los sentidos, y que la virtud puede reducirse a lo que es el amor propio. Tanto apreciaba, por ejemplo, los placeres de la mesa, que un día se excedió al parecer con un paté de águila preparado con trufas al modo de faisán, se indigestó gravemente y murió; era el 11 de noviembre de 1875. Cuando la muerte llega, la “farsa se acaba”, así que tomemos el placer mientras podamos, había dejado dicho.

      Pero ser moralmente libre no puede derivar meramente de la búsqueda del placer; ha de significar que uno, si bien condicionado por las circunstancias, decide sus propósitos y no los subordina al hecho de que en el camino hacia ellos encuentre placer o dolor. Así lo afirma Stuart Mill: “Se dice que tenemos un carácter bien establecido sólo cuando nuestros propósitos se han independizado de los sentimientos de dolor o placer desde los que surgieron originalmente”.

     El hombre-máquina, según lo dicho, va construyendo su vida como mera acumulación de experiencias reducibles al juego de acción-reacción frente a estímulos que provocan la aceptación de los que son placenteros y la evitación de los dolorosos. Pues bien, estamos ya acercándonos a un punto paroxístico, de exacerbación de las consecuencias de considerar que el hombre es asimilable en su funcionamiento al de una máquina. En un futuro cada vez más cercano, parece que el hombre, definitivamente, ya no necesitará tener propósitos, valdrá con que se limite a manifestar esas dos predisposiciones básicas, las que lo llevan a buscar el placer y a evitar del dolor; el sistema se encargará de todo lo demás.

     Así, por ejemplo, la poderosa nanomedicina, en línea con la interpretación dada por la medicina vigente hasta ahora, también basada en la concepción mecanicista del cuerpo y de la mente, seguirá entendiendo la enfermedad como algo que sufre un “paciente”: este, asimismo, se mantendrá sin tener nada que ver ni que hacer con su enfermedad. Solo tendrá que dejarse llevar. Y efectivamente, lo que el sistema le prescriba, de manera semejante a como ocurría con el soma en “El mundo feliz” de Aldous Huxley, le curará. Con el soma, se dice en este libro que habla de un mundo distópico muy parecido a este que va a venir, “uno puede tomarse unas vacaciones de la realidad siempre que se le antoje, y volver de las mismas sin siquiera un dolor de cabeza o una mitología (…) Un solo centímetro cúbico (de soma) cura diez sentimientos melancólicos”. También los robots nos sustituirán en breve a la hora de hacer las cosas que actualmente suponen un esfuerzo mecánico. Hasta los coches se conducirán por sí solos y Amazon tendrá previsto lo que, según los gustos que allí saben que tenemos, deberemos comprar. Solo tendremos que contraponer nuestra fisiológicamente condicionada búsqueda de placer y evitación del dolor, y de todo lo demás se encargará el sistema, que es el que mejor sabe lo que nos conviene.


     Todo lo cual no debe llevarnos a abogar, desde luego, contra los muy benéficos avances que nos procurarán las nuevas tecnologías, sino contra esta peligrosa derivada suya que se abre al considerar que no somos más que lo que nos dicta lo que es externo a nosotros. Porque cuando un hombre no tiene nada propio que hacer con su vida, cuando acepta ser lo que el mecanicismo (tan fructífero produciendo tecnología) había previsto que fuera, lo más inmediato que le ocurre es que, como sabía Stuart Mill, le sobreviene la depresión o alguno de sus equivalentes. La Organización Mundial de la Salud (OMS), la máxima institución sanitaria internacional, en un comunicado recientemente difundido, ya ha destacado que la depresión en el mundo creció más del 18 por ciento a nivel mundial entre 2005 y 2015. Y el fenómeno se extenderá aún más. Lo siguiente que acontecerá será que ese hombre-máquina buscará aturdirse de una u otra forma para sobrellevar una vida que, de puro desocupada, cuando menos, será aburrida (perfectamente compatible con el hecho de resultar placentera). En consecuencia, es previsible que en ese futuro que ya está llegando aumenten exponencialmente el alcoholismo, el uso de drogas y la búsqueda compulsiva de diversión y de consumos banales.

     Cuando uno no tiene propósitos, metas, proyecto de vida, y se convierte en un mecanismo que meramente reacciona, de forma respectivamente positiva o negativa, ante los estímulos placenteros o dolorosos, porque todo lo demás ya estará resuelto, no quiere ello decir que se ha llegado ya a un auténtico “mundo feliz”, sino que la vida, en tal tesitura, se convierte en un fértil manadero de angustias y desasosiegos. Y el caso es que vamos directos hacia un, en este sentido, infernal paraíso de tiempo libre en el que, efectivamente, (casi) todo estará resuelto. Helmholtz Watson, un inadaptado al “mundo feliz” de Huxley, un rebelde incluso, reflexionaba en la novela ante su amigo Bernard Marx: “¿No has tenido nunca la sensación de que dentro de ti había algo que solo esperaba que le dieras una oportunidad para salir al exterior? ¿Una especie de energía adicional que no empleas, como el agua que se desploma por una cascada en lugar de caer a través de las turbinas? (…) Me refiero a un sentimiento extraño que experimento de vez en cuando, el sentimiento de que tengo algo importante que decir y de que estoy capacitado para decirlo”. Ese es, precisamente, el sentimiento que corre el peligro de ser ahogado en el mundo feliz hacia el que vamos aceleradamente; Huxley, que publicó “Un mundo feliz" en 1932, previó que su distopía llegaría en un siglo. En el prólogo de su libro, Aldous Huxley mismo, desde dentro de la trama que construyó con su novela, veía la alternativa a todas las declinantes posibilidades que empujan hacia el "mundo feliz” en la cordura que representaría una comunidad de desterrados o refugiados del mismo que tendrían una filosofía de la vida en la que “prevalecería una especie de Alto Utilitarismo, en el cual el principio de Máxima Felicidad sería supeditado al principio del Fin Último”.

domingo, 4 de junio de 2017

Razones para ver el futuro con optimismo

Resumen: Las nuevas tecnologías van a abrir las puertas de un futuro tan sorprendente como esperanzador. Hay quien dice que en las próximas dos décadas va a haber más cambios que en los dos milenios transcurridos antes de ahora. Y en términos globales, serán para bien.  

     Según el conjunto de científicos que lideran la marcha de las nuevas tecnologías, el mundo va a cambiar dramáticamente en los dos o tres próximos decenios. En términos globales, para bien, aunque otro día tocará pensar en los riesgos que conllevará esta convulsión que se avecina. Los campos en los que podemos situar los cambios enormes que están por llegar son, fundamentalmente, la nanotecnología, la robótica y el internet de las cosas. Apenas me referiré a las fuentes de donde extraeré la información que iré detallando, para no complicar la lectura de este artículo, que va a ser largo. Pero en la era de Google es fácil seguir la pista de todo lo que aquí se dirá.


     La nanotecnología es una tecnología que se dedica al diseño y manipulación de la materia en el nivel de los átomos y las moléculas, con fines industriales o médicos, entre otros. La tecnología actual es capaz de crear máquinas de un tamaño tal que solo son visibles a través de potentes microscopios. El reto más importante en este ámbito microcósmico era el de crear una maquinaria médica capaz de funcionar en el interior de nuestra corriente sanguínea. De lo que se trataba era de trabajar con el cuerpo humano a la escala de la célula. La unidad de medida en ese ámbito había de ser el nanómetro, que es un millón de veces más pequeño que el milímetro (mil millones de veces más pequeño que un metro), ligeramente más grande que un átomo. En nanomedicina, efectivamente, se consigue introducir ya en el cuerpo, por medio de cápsulas ingeridas oralmente, nanoexploradores o robots miniaturizados que se esparcen por todo el cuerpo. Utilizando esa tecnología, cuando esté definitivamente operativa, será posible detectar, diagnosticar y tratar las enfermedades. Lo fundamental es que estas se descubrirán en sus fases previas, antes de que se hayan convertido realmente en enfermedad. La píldora ingerida contendrá millones de máquinas microscópicas, minúsculos robots que patrullarán dentro del organismo en busca de la enfermedad en sus primeras etapas. Su tamaño será similar al de las células vivas. La nanotecnología nos permitirá acceder a la parte específica de la célula donde se origina el problema. Algunos de esos microrrobots tendrán pequeñas antenas que identificarán a los microorganismos invasores, los descompondrán y los expulsarán. La peor infección podría controlarse en una hora. Los científicos ya han logrado realizar esta tecnología en el laboratorio, y solo está a falta de ser llevadaa la práctica clínica.


     Entre otras cosas, con esta tecnología será posible interactuar con el ADN de nuestras células, el ácido desoxirribonucleico, proteína compleja que se encuentra en el núcleo de las células y que constituye el principal componente del material genético de los seres vivos. El ADN es una espiral de unos 5 nanómetros de diámetro. Con las nuevas tecnologías será posible actuar sobre el ADN y corregir los tramos deficientes del mismo, aquellos en los que radica la enfermedad cuando tiene un origen genético. En otro de los ramales abiertos por esta tecnología, será posible introducir en el organismo millones de partículas capaces de identificar células cancerígenas con toda rapidez; esas partículas enviarán una señal de aviso de la presencia del cáncer, y simultáneamente destruirán las células cancerosas sin afectar lo más mínimo a las células sanas que haya alrededor. Las partículas en cuestión se llaman “puntos cuánticos”. Estos puntos recorren todo el cuerpo, y cuando encuentran lo que buscan, empiezan a juntarse. Al enfocarlos con una luz especial desde fuera del cuerpo devuelven una señal visual, brillando intensamente a través de la piel y coloreándola; esa luz, que se emitirá entonces desde el interior de una célula, es el indicio de la presencia de cáncer. El destello de luz que desde fuera se proyectará sobre el cuerpo y que servirá de desencadenante a la reacción luminosa desde el interior de las células, no constituirá una técnica invasiva, como hoy son, por ejemplo, los rayos X. Otros productos de la nanotecnología son los dendrímeros, que al recibir una señal luminosa como la antes citada, penetran en la célula para liberar una dosis de medicamento en el exacto lugar elegido. Una función más de las nanomáquinas será reconstruir tejidos óseos (afectados por la osteoporosis) y musculares, y en conjunto, conservar la salud en general.


     Cada vez somos más diestros los humanos a la hora de conectar maquinaria a nuestros cuerpos. En la nueva era nanotecnológica, se podrán construir máquinas microscópicas autogeneradoras de energía que, aun siendo artificiales, incorporarán muchas de las propiedades de la vida; de esta forma, por ejemplo, un deficiente auditivo, en lugar de llevar un audífono en el oído conectado a una batería, podrá llevar una micromáquina que se insertará en el oído, y será alimentada por la propia fisiología de la vida. El mecanismo se integrará plenamente en nuestro ciclo vital. Será un oído artificial, denominado implante cloquear, conectado directamente con nuestro sistema nervioso y alimentado directamente no por baterías, sino directamente por nuestro cuerpo, y además podrá ser reparado por la propia naturaleza cuando alguno de sus componentes se averíe. Consiste este oído artificial en un micrófono externo que digitaliza una señal sónica y la transmite directamente al nervio auditivo, sin la mediación del sistema auditivo natural dañado. Algo parecido ocurrirá con micromáquinas directamente integradas en nuestros ojos, de forma que una retina artificial llegará a funcionar de manera similar a la verdadera. El implante retinal (la nano retina) digitalizará una señal procedente de una cámara y la mandará a través de una red de electrodos conectados al nervio óptico, situado en la parte posterior del ojo.  Se trata de una nanomáquina que conectará directamente el mundo exterior con nuestro cerebro. En este campo, la investigación en humanos acaba de comenzar, aunque desde la compañía Bio-Retina, empresa conjunta de Zyvex Labs de Texas, Estados Unidos, y Rainbow Medical, una compañía israelí, auguran buenos resultados, sobre todo porque al ser el chip a introducir en el ojo de pequeño tamaño, la inserción resulta ser fácil. La operación también es relativamente sencilla y se tarda menos de media hora en llevar a cabo, con anestesia local. Es, pues, una solución para que los ciegos puedan ver, aunque de momento solo en blanco y negro y con una resolución baja.


     Estamos, pues, asistiendo al nacimiento de una nueva era en la que los elementos internos de nuestro cuerpo serán completamente reparables. La nanociencia procurará una protección sin precedentes casi contra cualquier enfermedad. Y no después de esperar turno en una larga lista de espera, sino en el acto. Lo que viene será una atención médica de primera calidad 24 horas al día. Los nanomédicos estarán noche y día cuidando de nuestro cuerpo. El médico activará la nanomedicina previamente introducida en nuestro organismo y, mediante un escáner colocado en nuestra muñeca como un reloj, sabremos si el tratamiento activado en la consulta está funcionando.


     Como parte de los cambios que desencadenará la nanotecnología, y que se anuncian para un futuro inmediato, algunos van aún más allá de todo lo dicho: el proceso natural de envejecimiento de nuestro cuerpo podrá interrumpirse, de modo que será posible disfrutar de una vida más larga y saludable. Esta técnica será posible aplicarla en unas tres décadas; hay quien dice que en menos. El ingeniero y profesor fundador de la Singularity University en Silicon Valley, el inglés Geoffrey Hinton, asegura incluso que el envejecimiento “será una enfermedad curable”. Hinton está detrás de inventos como el coche autónomo, los traductores virtuales, el reconocimiento de voz, el predictor de palabras… Las células madre van a permitir agregar treinta o cuarenta años a la vida de las personas, rejuveneciendo a su vez tejidos y órganos. La clave está en correlacionar la secuencia genética del genoma con las enfermedades e intervenir sobre esa secuencia en el punto en el que radique la enfermedad o, en general, el proceso degenerativo. Gracias a la regeneración celular, además, podremos reconstruir órganos que estén dañados a partir de células madre del propio sujeto afectado. Hablamos de que una persona que, por ejemplo, haya perdido un riñón podrá tener uno nuevo creado a partir de sus propias células, con lo que las listas de espera terminarán y los trasplantes no serán necesarios, acabando con los rechazos de órganos y con operaciones complicadas que suponen un riesgo enorme para la persona que recibe el órgano. Al igual que con el riñón sucederá con el corazón, con los ojos o con la médula espinal, es decir, que los seres humanos, cuando estas investigaciones médicas hoy incipientes lleguen a la práctica clínica, podremos reponer nuestros órganos y tejidos a medida que envejezcan o enfermen.

     La investigación con las células madre partió de la constatación de algo que ya ocurría en el reino animal: un animal como la salamandra puede regenerar partes de su cuerpo como las extremidades, el corazón, la cola, tejidos de ojo, riñón, cerebro y médula espinal durante toda la vida. Los humanos, en cambio, cuando se daña un tejido, formamos cicatrices. La investigación señalada apuntó hacia la instauración de células madre que contengan la información necesaria para conseguir dirigirlas a tomar parte en la regeneración, y no ya en la mera cicatrización. Esto supondría adquirir la capacidad de interrumpir y reparar las enfermedades degenerativas, de modo que la degeneración y el envejecimiento que es consustancial a la vida tarde en aparecer varias décadas más de lo que hoy lo hace.


     Los científicos John B. Gurdon (inglés) y Shinya Yamanaka (japonés) fueron quienes abrieron brecha en este campo de investigación, y consiguieron el premio Nobel de Medicina en 2012 por sus descubrimientos sobre reprogramación celular. El primero fue el precursor; el segundo descubrió cómo, sorprendentemente, mediante la introducción de sólo unos pocos genes, se podía reprogramar en ratones células maduras para convertirlas en células madre pluripotentes, es decir, células inmaduras, previas a la especialización, las cuales, partiendo de ese estado de inmadurez, podrán ser asignadas a alguna función específica del organismo, es decir, que serán capaces de convertirse en cualquier tipo de células especializadas en el cuerpo. En suma, se podrán reprogramar, por ejemplo, las células ya especializadas de un riñón enfermo y convertir células embrionarias en nuevas células sanas de ese riñón. El primer experimento de este tipo realizado con seres humanos se realizó en una fecha tan cercana como 2008. Para resultar operativos en la práctica, estos avances no habrán de esperar demasiado tiempo, solo unas pocas décadas. Por otro lado, y complementariamente, la manipulación genética permitirá también recortar los trozos de gen en los que tengan su raíz malformaciones o enfermedades potenciales y sustituirlos por tramos de gen sanos. Eventualmente, la manipulación genética podrá ponerse también al servicio, no ya de la curación de enfermedades, sino de la mejora de las potencialidades del hombre.

     En general, la robótica, la biología sintética, los drones, las impresoras 3D, las nuevas maneras de hacer negocios y comerciar... nos están indicando que caminamos hacia un mundo lleno de sensores, el elemento clave de estos avances. Los robots que a partir de ellos irán apareciendo se incorporarán a aspectos de nuestra vida tales como el cuidado de personas mayores y enfermos; veremos inteligencia artificial ayudándonos en los hospitales, por ejemplo, haciendo análisis y diagnósticos, y robots ayudando a estudiar a nuestros niños, haciendo de tutores personalizados. En pocos años, habrá también robots que permitirán captar, por ejemplo a las dos de la madrugada, la tos de nuestro bebé, y el aparato detectará si en esa tos hay bacterias o no, analizará las muestras de saliva, de orina, de sangre… En fin, podrá el robot realizar un diagnóstico mejor de lo que lo haría cualquier médico o grupo de médicos. Y este tipo de robots estará disponible en remotas aldeas donde no hay doctores a los que recurrir en muchos kilómetros a la redonda. En esta línea, muy pronto los ordenadores serán capaces de mejorar a los radiólogos en la lectura de los TACs, las resonancias magnéticas y las radiografías. Los ordenadores podrán también descubrir patrones en los síntomas que muestren los pacientes. La prescripción de medicamentos se hará asimismo de forma mucho más depurada. Llevaremos con nosotros sensores que nos dirán cuál es nuestro nivel de glucosa o de colesterol, nuestra presión sanguínea o nuestro riesgo de sufrir un infarto. He aquí un síntoma concreto de estos avances sobre el que no se tiene la suficiente conciencia: estamos ganándole la batalla al dolor. Hace cien años prácticamente no existía la anestesia; no hace tanto que para sacar una muela había que hacerlo en vivo.

     Ampliemos el abanico de nuestra descripción de los avances que prometen las nuevas tecnologías: hace unos años la empresa IBM concibió un ordenador  que llamó Watson y que ocupa el espacio de tres cajas de pizza. Cualquiera que tenga un teléfono inteligente podrá preguntarle a Watson desde cosas como dónde podría invertir sus ahorros para hacerlos más rentables o más seguros hasta, explicándole los síntomas que uno tiene, conseguir que Watson deduzca qué enfermedad se puede tener.

     Las impresoras 3D, por su parte, permitirán reproducir cualquier cosa, desde un pastel a un vestido o un bolso que se haya fabricado en la otra punta del mundo. O incluso reproducirán tejido humano. Una impresora 3D es una máquina capaz de realizar réplicas de diseños en tres dimensiones, creando piezas a partir de uno hecho previamente por ordenador, descargado de internet o recogido a partir de un escáner 3D. Partiendo, pues, de archivos diseñados en dos dimensiones, tales impresoras consiguen producir objetos tridimensionales. En la actualidad se está extendiendo su uso en la fabricación de todo tipo de objetos, modelos para vaciado, piezas complicadas, alimentos, prótesis médicas (ya que la impresión 3D permite adaptar cada pieza fabricada a las características exactas de cada paciente), etc. Una de las grandes ventajas que ha ofrecido la creación de prótesis es que las instrucciones a seguir para crear una son públicas en Internet. Así, cualquiera puede acceder a ello y no supone un sobrecoste ni económico ni de conocimiento.


     También, como decíamos, ha tenido lugar ya con estas impresoras la primera creación de un material con propiedades parecidas a las del tejido humano. De esta forma, en marzo de 2014 se le reconstruyó el rostro a un joven que había sufrido un accidente de moto. Gracias a las nuevas tecnologías de modelado en 3D, los médicos realizaron una recreación de su cráneo antes del accidente, seleccionaron las partes a reemplazar y, tomando células como materia prima, se imprimieron en 3D, implantando el tejido resultante mediante una operación. Así, han podido reconstruirle a este joven todo el rostro, lo cual le ha permitido llevar una vida relativamente normal. Por otro lado, un grupo de médicos de la Universidad de Pekín imprimió una vértebra, siendo éste el primer caso en este sentido. Se la implantaron con éxito a un niño de 12 años en una operación de 5 horas, después de retirarle la suya que contenía un tumor maligno. También se han utilizado ya las impresoras 3D para crear órganos. En ellas, como decimos, se usan células vivas como material para imprimir. A partir de éstas, y conjugando esta técnica con la de las células madre, es posible generar un órgano para implantárselo a una persona. Es uno de los objetivos más esperados, ya que hay enormes colas de espera para que las personas que necesitan un trasplante de órgano lo reciban, y a diario mueren varias de ellas debido a la espera demasiado larga. Existen varios grupos estudiando la creación de distintos órganos, siendo el corazón el gran objetivo. De momento, hay un grupo de ingenieros de la Universidad de Connecticut que ha creado riñones artificiales. Su objetivo es que estos órganos sean trasplantados a seres humanos y tengan las mismas funcionalidades que un riñón natural, y parece que no falta mucho para alcanzar esta meta.

     El gran problema con el que se topa el desarrollo de las nuevas tecnologías es el de la posible insuficiencia de las fuentes de energía, así como el de la contaminación a la que su uso suele abocar. Estamos, sin embargo, rodeados de energía solar. Esa energía es 5.000 veces mayor de la que empleamos en todo el planeta. Y se está desarrollando la tecnología para el aprovechamiento de la energía solar a un ritmo de un 30% al año. Al mismo tiempo el coste de esa energía se está reduciendo a un gran ritmo: hoy es mil veces más barato producir energía solar de lo que lo era hace veinte años. Probablemente estamos a tan solo quince años de que Estados Unidos, que es el país pionero en esta investigación, se abastezca en un 50% de energía solar para sus necesidades de consumo energético. Y hay muchos países que, por su posición geográfica, reciben más energía solar que Estados Unidos y que, por tanto, podrán aprovechar mejor esta tecnología.

     El caso es que puede que ni lleguemos a necesitar de la energía producida en los paneles solares. Dice Rafael Rebolo, actual director del Instituto Astrofísico de Canarias, que en el plazo de una década o década y media será posible llevar a culminación la técnica de la fusión nuclear, en cuya consecución trabajan hoy miles de científicos. Se trataría de conseguir imitar al sol en la producción de energía por medio de la fusión de átomos de hidrógeno. Hay hoy un gran consorcio de países trabajando en la técnica que ha de conseguir reproducir este proceso. Lograrlo significaría que el hombre tendría a su alcance la producción de energía limpia, barata e inagotable. El gran experimento que está detrás de esta investigación se está llevando a cabo en el sur de Francia, donde está la sede central del proyecto Iter (International Thermonuclear Experimental Reactor), donde científicos de muchos países están tratando de alcanzar este proceso de fusión nuclear, que no genera residuos radiactivos y del que su materia prima es el hidrógeno, que existe en cantidades inconmensurables en los océanos (aparte de que se necesitan pequeñas cantidades del mismo). Este sería seguramente el gran salto que serviría de punta de lanza a la evolución de la humanidad en el inmediato tiempo futuro.

     Sigamos enumerando avances tecnológicos sobre los que sostener nuestra optimista visión del futuro. Estamos a pocos años de que se generalicen los vehículos autodirigidos, que no necesitarán conductor y podrán, sin embargo, circular a gran velocidad, sin riesgo de producir accidentes. Tendrán sensores laser en su parte superior que podrán detectar todo lo que hay en su entorno a cien metros de distancia y reaccionarán ante cualquier eventualidad de una manera que no le sería posible a un conductor de carne y hueso. Registrarán información a una velocidad de 17.000 megabytes por segundo. Se visualizará absolutamente todo lo que resulte relevante para que el coche realice su marcha. Puesto que no habrá accidentes, no se necesitará asegurar los coches. Tampoco se tendrá que ser propietario de ninguno de ellos: se podrá solicitar uno a cualquier hora. No habrá problemas de aparcamiento; hoy, por el contrario, el tiempo dedicado a intentar aparcar en el centro de las ciudades supone el 30% del tiempo total de circulación. En ese futuro cercano, el coche irá solo a aparcar en lugares designados en zonas no habitadas (en el centro de las ciudades se dispondrá de los espacios hoy dedicados a aparcamiento para otros menesteres).


     Uno de los problemas más graves que todavía tiene la humanidad es el de la falta de agua. A día de hoy, hay mil millones de personas en el mundo que no tienen acceso a agua potable y mil seiscientos millones que no tienen servicios sanitarios. Sin embargo, el agua potable del que hoy hace uso la humanidad es solo el 0,5% del agua total del planeta. Y ya están en marcha tecnologías extraordinarias que van a permitir potabilizar una gran cantidad de ese otro 99,5% de agua. Peter Diamandis, biólogo, ingeniero y médico, uno de los grandes innovadores de Silicon Valley, destacado por la revista Fortune como una de las cincuenta personas más influyentes del mundo, informa de que uno de sus colaboradores, Dean Kamen, ha inventado una máquina potabilizadora que ha denominado Slingshot (https://es.wikipedia.org/wiki/Dean_Kamen ). La versión actual de Slingshot, del tamaño de una nevera de hotel, es capaz de purificar mil litros de agua al día usando la misma cantidad de energía que necesita una secadora, a dos centavos el litro. El agua entrante puede proceder de cualquier origen, incluso una letrina, y salir con una pureza que perfectamente podría inyectarse en el cuerpo humano. El aparato cuesta 2.500 dólares. La tecnología permitirá que esa agua depurada sea pronto de libre acceso a todos. Buena noticia para el tercer mundo.


     Pero además del problema del agua, persiste el de la producción de alimentos, máxime teniendo en cuenta que la población humana aún crecerá durante alguna década. También la tecnología ha dado con una posible solución: la producción de carne in vitro. La carne artificial o carne cultivada, también conocida como carne in vitro, es aquella carne animal que no proviene directamente del cuerpo de un animal (el tejido muscular como tal, el que habrá de servir de alimento, nunca ha formado parte propiamente de un animal); proviene en realidad del cultivo de las células musculares extraídas previamente de animales. El proceso de generar carne in vitro implica tomar células musculares y aplicar una proteína que ayuda a las células a crecer hasta formar grandes porciones de carne. Tras obtener las primeras células desde las que se iniciará el proceso, ya no se necesitarán más animales. No se trata de  ingeniería genética que cambie la forma de las células, sino que estas son células naturales creciendo de forma normal. El primer tejido animal comestible fue producido por el NSR/Touro Applied BioScience Research Consortium en 2000: células de carpa dorada cultivadas para parecerse a filetes de pescado. En noviembre de 2009, científicos de los Países Bajos anunciaron que habían logrado cultivar carne en el laboratorio usando células de un cerdo vivo. Cualquier tejido muscular animal puede potencialmente cultivarse a través de un proceso in vitro. Unos pocos científicos afirman que esta tecnología está lista para uso comercial y simplemente necesita que una compañía lo respalde. La carne cultivada es actualmente prohibitivamente cara, pero se calcula que el coste puede bajar en poco tiempo hasta aproximadamente el doble del pollo producido convencionalmente. El objetivo es producir una carne más sana que la convencional, la cual es demasiado rica en grasas saturadas, produce hipercolesterolemia y otros problemas de salud como enfermedades coronarias y obesidad. La carne originada de esta forma tampoco tendrá residuos de pesticidas ni hormonas, no contendrá carga bacteriana significativa ni producirá enfermedades como la denominada “vaca loca”. El inicial rechazo del consumidor ante algo tan innovador tendrá el contrapeso que supone saber cómo hoy a los pollos, por ejemplo, se los cría amontonados, con luz artificial y buenas dosis de antibióticos. Si lo natural es el objetivo, podemos preguntar: ¿cuánto tiene de natural la producción actual de carne? La revista Time ha sugerido que el proceso de producción de carne cultivada también puede disminuir la exposición de la carne a las bacterias y las enfermedades. Por otro lado, con la producción de carne in vitro y la consiguiente reducción de ganado animal se lograría reducir drásticamente la producción de gases con efecto invernadero, que tienen su origen principal en el ganado animal, más, según un informe de la ONU, que el producido por el transporte en general. Asimismo, el ahorro de agua y de tierras de cultivo, hoy necesarias para la producción de ganado, sería enorme. En las nuevas fábricas de carne, los tejidos musculares se desarrollarán en tanques de gran tamaño (biorreactores) en los cuales la carne crecerá durante semanas en un medio de cultivo adecuado. Según algunos de los investigadores existentes en este campo, ciertos tipos de carne cultivada de esta manera, como salchichas, hamburguesas o nuggets de pollo, pueden estar comercialmente disponible en algunos años.


     Queda todavía alguna buena noticia que comentar: en los últimos veinte años ha habido más gente que haya salido de la pobreza que en toda la historia anterior de la humanidad. Vamos avanzando hacia un mundo sin pobreza extrema. En todo el mundo se ha reducido a la mitad en las tres últimas décadas. Entre 1930 y comienzos del siglo XXI, el PIB por habitante en los países más avanzados creció entre cinco y seis veces. En China, epicentro del milagro económico más reciente, únicamente entre 1980 y 2010 la riqueza per cápita ha pasado de 300 a 4.500 dólares; es decir, se ha multiplicado por quince en apenas tres décadas. Por otro lado, es cierto que las nuevas tecnologías son usadas en primer lugar por la gente que tiene más capacidad adquisitiva, pero también lo es que eso abre la puerta a que posteriormente sean el resto de las capas sociales las que tengan acceso a esas tecnologías. Tenemos el ejemplo de los teléfonos móviles: los primeros que se lanzaron al mercado, en los años 80, solo estaban al alcance de los más ricos. Hoy ya hay mil millones de teléfonos móviles en África, en las zonas más pobres del mundo. Un habitante de una aldea africana, si tiene un móvil, tiene acceso a más información de la que tenía el presidente de Estados Unidos hace veinticinco años. Esa persona puede llevar en el bolsillo un aparato que, además de servirle para comunicarse casi sin coste con cualquier otra persona del mundo, tiene integrados en él una videocámara, una cámara de fotos, una inmensa biblioteca, un GPS, posibilidad de videoconferencia, de compras online… Está en marcha, y es un ejemplo más, una aplicación de Android, accesible, pues, en cualquier punto del planeta, que puede hacer que cualquier niño en cualquier parte del mundo, especialmente las de difícil acceso para cualquier medio de enseñanza, aprenda a leer y a escribir en dieciocho meses; gratis, por supuesto. En el año 2010 teníamos 2.000 millones de personas conectadas por internet; en el año 2020 serán cinco mil millones de personas.

     Respecto de la violencia en el mundo, hoy muere más gente por suicidio que por homicidios o por guerras. Steven Pinker ha demostrado que la violencia en la sociedad ha ido disminuyendo claramente a lo largo de la historia, hasta llegar al momento actual, en el que disfrutamos de más paz que nunca hasta ahora. La razón de que las guerras hayan disminuido es que han perdido vigencia las razones que tradicionalmente conducían a las guerras. Estas se producían fundamentalmente porque los países que las protagonizaban querían ampliar su poderío económico: se invadían otros territorios para adquirir control sobre las materias primas o terrenos fértiles o que permitieran el acceso a vías de comunicación. Sin embargo, hoy en día la naturaleza de la economía ha cambiado: ya no depende tanto de los recursos materiales como de los intelectuales y científicos. Actualmente el conocimiento es el recurso económico más importante, y nadie puede apropiarse de él invadiendo, por ejemplo, Silicon Valley. La ciencia no se puede conquistar por la fuerza. Hoy la guerra ha quedado reducida a zonas geográficas en las que la riqueza todavía se rige por las valoraciones antiguas, donde todavía están en disputa las materias primas; pero en la mayor parte del mundo la guerra ha perdido su sentido económico.

     En resumen: este es un tiempo extraordinario para estar vivos. Y mucho más lo será para nuestros hijos y nietos.

viernes, 12 de mayo de 2017

Por qué escriben los escritores

Texto de la charla que di el otro día en la librería Todo Libro de Aranda de Duero.
Resumen - Los ingredientes de la charla fueron: acertijos que extraer de algún desvarío, secretos que ha de desvelarte un monstruo que se nos parece, pecados que es imprescindible confesar, a ser posible a alguien más que a nosotros mismos, sombras que aparecen en cuanto apagamos la luz, sueños que buscamos prolongar o traducir durante el tiempo de vigilia, verdades que viven dentro de nosotros, pero que desconocemos, y de las que las musas solo nos dan fugaces atisbos… Todo ello, menos el monstruo, que no cabe, embutido en nuestra mochila de redivivos Doctores Livingstone (supongo), dispuestos a recorrer la travesía en busca de las fuentes, no del Nilo esta vez, sino de la literatura. Y es a nuestro lado donde discurre, precisamente, ese monstruo que se nos parece, y que si no salimos airosos de nuestra expedición, sin ninguna consideración, acabará comiéndonos vivos.
 
     Diré antes de nada que no pretendo solamente hacer una exposición objetiva de los motivos que llevan a los escritores en general a emplearse en su oficio de escribir, aunque, efectivamente, esa será la materia prima de mi exposición. Pero aspiro también a que la comprensión de esos motivos objetivos u objetivados sea algo así como la desembocadura o la respuesta, seguramente insuficiente, que uno se ha de encontrar partiendo de la inquietud personal, de los motivos que subjetivamente uno detecta también que habitan en el interior de sí mismo y que empujan hacia el hecho de escribir. O sea, que no solo pretendo encontrar las razones de por qué otros, los escritores más o menos consagrados, sienten la necesidad de escribir, sino escarbar en la propia intimidad, la mía y también, eventualmente, la de ustedes, con la intención de hallar la fuente universal de la que mana esa peculiar necesidad, lleguemos a desarrollarla o no.
     Y ello me obliga, de alguna forma, a empezar partiendo de mi propia experiencia personal (personal, pero que pretendo que sea compartible, generalizable). Y he escogido, de entre las posibles experiencias propias de las que puedo echar mano la siguiente: yo soy licenciado en psicología; me especialicé en psicología clínica. Sin embargo, apenas he ejercido profesionalmente la psicología, excepto una temporada, en la que atendí diversos casos de personas con problemas psíquicos. Desde la perspectiva del psicólogo, al menos desde la perspectiva que yo tenía a partir de mi preparación y de mis lecturas (más que de la carrera incluso), uno percibe el problema psíquico que la persona que acude a tu consulta trae bajo el formato, podríamos decir, de un acertijo. Esa persona te va aportando datos sobre su vida, su sufrimiento, su manera de estar en el mundo que son como pistas que se van acumulando para acabar dando con la solución de ese acertijo que consiste en organizar los datos de la experiencia vital del paciente que se van acumulando de forma que eventualmente acaben apuntando hacia una solución. Un acertijo este para el que no tenemos solución dentro de las claves o del contexto hasta entonces habituales, y que, y aquí viene lo decisivo, en ese ámbito psicoterapéutico, ha de conseguir formularse en clave verbal, en forma de palabras. La respuesta al acertijo que plantea un problema psíquico, late, está esperando, antes de traducirse en cambios de comportamiento, en forma verbal. Solo se puede cambiar y resolver este tipo de problemas psíquicos a partir de que se hayan comprendido, y ese acto de comprensión se produce en un formato verbal. Por eso, suelo decir que la tarea de la psicoterapia es una tarea literaria.
     Y cuesta llegar a esa fórmula verbal, literaria, que supone la solución del acertijo. La palabra hablada no suele ser suficiente, porque tiende a ser inconsistente, improvisada, escasa… Por eso, yo tenía, en aquellas ocasiones que ejercí como psicólogo, un consejo casi previo que proponer a las personas que iban a mi consulta: les decía que escribieran. Que escribieran sobre su mundo interior, sobre los modos en que las experiencias en el mundo exterior repercutían sobre ellos, sobre sus emociones, y viceversa, sobre las maneras en que su mundo interior se trasladaba al mundo externo. En fin, les proponía hacerse escritores. Y desde esa necesidad que yo detectaba y que empujaba, a partir de un problema psíquico, en la dirección de la escritura, es desde donde pretendo ir enlazando con los motivos que he ido comprobando que llevan a los escritores a desarrollar su vocación de tales.
     Propongo retener esa idea que nos ha salido al paso al concluir que la tarea psicoterapéutica venía a ser algo así como resolver un acertijo, y que esa resolución la convertía en una especie de tarea literaria. Porque conceptos como estos o que vienen a confluir con ellos nos los encontraremos cuando demos nuevas vueltas de tuerca alrededor de los motivos que encuentra el escritor para desarrollar su vocación de tal. Para dar la siguiente vuelta de tuerca al asunto, me apoyaré en claves que pude extraer viendo la película y leyendo el libro que en ambos casos tienen por título “Un monstruo viene a verme”. La película la dirigió Juan Antonio Bayona basándose en la novela homónima de Patrick Ness. En ellas asistimos al desvelamiento del secreto que su protagonista, Conor, un adolescente de trece años, guardaba en su interior, el que, una vez descubierto, habría de permitirle pasar desde la pequeña verdad de un niño invisible para los que le rodean, aferrado a su pasivo papel de ser integrado en un entorno maternal, hasta la gran verdad de un adolescente madurado y capaz de aceptar la nueva realidad que estaba apareciendo ante él; una realidad que habría de surgir de la apocalíptica destrucción de su pequeño mundo de antaño. El monstruo que vive en él, igual que el arquetipo de la Sombra de Jung, es tan destructivo como creador, absurdo para la mente de un niño, luminoso para la del adolescente que emerge. Ese monstruo se le aparecerá entre sueños a Conor, el protagonista, para ayudarle a desvelar su secreto tal y como es debido: contando historias, haciendo aflorar en él el lenguaje literario con el que ha de construir la nueva verdad, la del adolescente que sustituye al niño. De modo que aquello que antes habíamos llamado “acertijo” pasa en este nuevo contexto a ser denominado “secreto”, y también promovería una clase de tareas literarias no muy diferentes de las que tenían lugar en el contexto de la psicoterapia, en la que al fin y al cabo el paciente se dedica también a contar historias, a contar la historia de su vida. Dando pruebas de esta similitud, en un determinado momento de la novela de la que hablamos se lee:
     “ ‘Historias’, pensó Conor con un escalofrío mientras caminaba hacia su casa (…) ‘Vuestras historias –había dicho la señorita Marl–. No penséis que no habéis vivido lo bastante como para no tener una historia que contar’. ‘Escribir la vida’, lo había llamado; un trabajo sobre ellos mismos. Su árbol genealógico, dónde habían vivido, los viajes en vacaciones y los recuerdos felices. Cosas importantes que hubieran pasado”. Así empezó Conor a pensar en esa clase de lenguaje que da acceso al secreto interior. La noche de aquel día en que a Conor le habían puesto aquella tarea escolar de escribir historias, y cuando dieron las 00:07 h., la hora de empezar a soñar, el monstruo se presentó ante la ventana de la habitación de Conor:
“–¿Qué quieres de mí?
–No es lo que yo quiera de ti, Conor O’Malley. –El monstruo pegó la cara a la ventana–. Es lo que tú quieres de mí.
–Yo no quiero nada de ti –replicó Conor.
–Todavía no –dijo el monstruo–. Pero ya lo querrás.
‘Es solo un sueño’, se dijo Conor.
–Pero ¿qué es un sueño, Conor O’Malley –El monstruo bajó la cabeza hasta la cara de Conor–. ¿Quién dice que no es todo lo demás lo que es un sueño?
(…)
–Esto es lo que pasará, Conor O’Malley –continuó el monstruo–: vendré a ti de nuevo otras noches y… –Conor sintió que se le encogía el estómago, como si se estuviera preparando para recibir un golpe– te contaré tres historias”.
(…)
–Bueno… –Conor miró a un lado y a otro sin dar crédito–. ¿Y qué clase de pesadilla es esa?
–Las historias son lo más salvaje de todo –retumbó la voz del monstruo–. Las historias persiguen y muerden y cazan  (…) Y cuando yo haya contado mis tres historias (…) tú me contarás a mí una cuarta (…) y será la verdad (…) Tu verdad.
–Vale –dijo Conor–, pero dijiste que antes del final pasaría miedo, y eso no da nada de miedo.
–Sabes que no es cierto –dijo el monstruo–. Sabes que tu verdad, esa verdad que escondes, Conor O’Malley, es lo que más miedo te da en el mundo.
(…)    
–Y si no te la cuento, ¿qué? –dijo Conor.
El monstruo volvió a esbozar su sonrisa diabólica.
–Entonces te comeré vivo.”
     En otro momento de la narración, ante el escepticismo de Conor, el monstruo insistió: “Las historias son importantes. Pueden ser más importantes que cualquier otra cosa. Si portan la verdad”. Retendremos este nuevo concepto que nos sale al paso, el de “verdad”, que añadiremos a los que ya tenemos acumulados, el de “acertijo” y el de “secreto” en esa exploración en la que estamos en busca del manantial de la literatura, de la fuente de las motivaciones que llevan a escribir.
     Una de las aportaciones del psicoanálisis al acervo de las ideas con las que tratamos los hombres de comprendernos a nosotros mismos consiste en la constatación de que ese secreto que encerramos en el fondo del alma y que, entre otras cosas, nos empuja a escribir para intentar expresarlo y conocerlo, permanece muchas veces en la zona oscura del alma, en el inconsciente (en lo que Carl Gustav Jung denominaba la Sombra), en forma de pecado (“pecado”: otro concepto que meter en nuestro zurrón o mochila de exploradores). Por eso es también impronunciable, por eso la conciencia, en tales casos, lo rechaza: porque es un pecado que no queremos reconocer. En el caso de Conor, se trataba de una verdad desestructuradora, inaceptable desde los valores morales en los que estaba instalado. Tuvo que cambiar su sentido moral, hacerlo más amplio y tolerante, para que cupieran en él sus ineludibles sentimientos. Pero si no se llega a confesar ese pecado que mantenemos en la sombra, acaba devorándonos. Recordemos que el monstruo le había dicho a Conor que si no le contaba su historia (su secreto, su verdad, su pecado), entonces le comería vivo. “Aceptando el propio pecado –decía Jung desde su puesto de psicoterapeuta– se puede vivir con él, mientras que su rechazo trae consigo incalculables consecuencias”. Y Nietzsche decía también: “Toda verdad silenciada se vuelve venenosa”
     Cuando Emil Michel Cioran escribió su primer libro, “En las cimas de la desesperación”, se justificó diciendo: “Es evidente  que, de no haberme puesto a escribir este libro a los veintiún años, me hubiese suicidado”. “¿Por qué no podemos permanecer encerrados en nosotros mismos? ¿Por qué buscamos la expresión y la forma intentando vaciarnos de todo contenido, aspirando a organizar un proceso caótico y rebelde? (...) Siempre es peligroso refrenar una energía explosiva, pues puede llegar el momento en que deje de poseerse la fuerza necesaria para dominarla (...) Existen estados y obsesiones con los que no se puede vivir. La salvación ¿no podría consistir en confesarlos? (...) El lirismo representa una fuerza de dispersión de la subjetividad, pues indica en el individuo una efervescencia incoercible que aspira sin cesar a la expresión”. Añadamos a nuestras indagaciones este perturbador motivo que puede llevar a convertir a alguien en escritor: Cioran escribió… ¡para no suicidarse! Y si lo consiguió, parece que fue porque la escritura significó para él una especie de “confesión”; por tanto, le sirvió para liberarse de algo así como un pecado.
     Efectivamente, Jung sabía que la Sombra, el guardián de nuestros secretos (de nuestros pecados), ha de salir a la luz, ha de ser confesado, porque si no se convierte en un ser maligno y destructor. Y entonces, aunque no te lleve a disyuntivas tan dramáticas como la que cuenta Cioran, puede que, al menos, te acabe abocando a la neurosis: “La enfermedad (neurótica) –dice Jung– no es ninguna carga superflua y por lo tanto carente de sentido, sino que es la persona misma como ‘otro’ al que siempre se ha tratado de excluir, por infantil comodidad, por ejemplo, o por miedo, o por cualquier otro motivo”. La vida le estaba, precisamente, exigiendo a Conor (como, sin duda, también a Cioran) crecer, ser “otro”, exigencia que su parte todavía infantil estaba tratando de evitar. “Ser otro”: un concepto más para meter en nuestra mochila de exploradores. En la literatura, uno aprende a ser otro fabulando, contando historias, acompañando a los personajes para los cuales inventamos vidas que sirvan de contraste a la que vivimos en nuestra pequeña realidad. El secreto, la historia que hay que desvelar es la de la vida misma, absurda a menudo, como en aquel momento crucial de la vida de Conor, donde lo bueno no tiene por qué prevalecer y lo malo puede triunfar, donde, como en su pesadilla, “los bordes del mundo se desmoronan”. Sobre eso hay que contar historias que le ayuden a uno a convertirse en recipiente de lo que la vida trae consigo, a desvelar el secreto, a confesarse a sí mismo “la verdad”. Rosa Montero lo dice de esta otra forma: “No se escribe para enseñar nada, se escribe para aprender. Si no tienes la sensación de haber puesto un poco de luz en tus sombras, es que lo que has hecho no es lo suficientemente bueno”. Y dice también: “Escribimos siempre sobre nuestras obsesiones” (metamos también en nuestra mochila este concepto de “sombras” al que se refiere Montero).
     Cuando Cioran se confiesa escribiendo su primer libro, cuando Conor, después del proceso catalizador de dejar que su monstruo le contara historias externas a él, acaba contándose su propia historia, incluso cuando Rosa Montero escribe para poner luz en sus sombras, están descubriendo la verdad, están resolviendo su acertijo, y es así como consiguen evitar ser devorados por su secreto, su pecado, su monstruo, su sombra. Desde entonces tuvieron que aprender a “ser otro”. Se escribe, pues, para no ser devorado por el monstruo que nos habita. Se escribe para, a través de las historias que uno se cuenta, aprender a “ser otro”, aprender a vivir otras realidades que amplíen la pequeña realidad en la que, para empezar, estamos viviendo. Se escribe para dar expresión a los secretos de nuestra alma, esa parte de nosotros que desconocemos. Y se escribe, en fin, por la misma razón por la que por la noche soñamos: porque el ser que somos en nuestra vida de vigilia es insuficiente para dar expresión a todo lo que potencialmente somos. Necesitamos poner luz en ese ser que vive dentro de nosotros, en nuestra zona sombría. Soñar es como fabular, y fabular es como soñar: en ambos casos damos vida a personajes que representan algo de nosotros mismos, conseguimos ser otros yoes distintos del que habitualmente somos, porque este yo cotidiano, reconocible y constatable resulta ser insuficiente. Explica Nicholas Humphrey, profesor de Psicología de la Universidad de Nueva York: “Los sueños nos llevan a situaciones extremas para entrenarnos a reaccionar y sentir. Los niños aprenden en ellos lo que significa tener miedo, esperanza, dolor, ansiedad o peligro. El mundo onírico es como un teatro. Cuando vemos Hamlet, aprendemos lo que es la traición, la venganza, el odio. Estas narraciones son las que se representan en nuestra mente por la noche. Al mismo tiempo nos dan una percepción del mundo que no podríamos tener de otra manera. Por ejemplo, muchas comadronas suelen soñar que dan a luz, aunque no tengan hijos. Eso les ayuda a entender las emociones de las mujeres a las que atienden”. Esta misma función que tienen los sueños la tendrían las fabulaciones que inventan los escritores. Los sueños, igual que la literatura, tendrían, pues, la función de enseñarnos a generar respuestas a situaciones para las cuales no estamos entrenados. Y en general, tanto los sueños como la literatura servirían para, a través de la imaginación, dar un cauce a nuestras emociones, las cuales, sin ese cauce, podrían llegar a ser desestructuradoras. El cuento de Caperucita Roja, por ejemplo, puede conducir el sentimiento de angustia del niño ante la oscuridad hacia una elaboración simbólica que lleve esa emoción hacia un buen destino. Y es que, como decía Truman Capote: “El que no imagina es como el que no suda; almacena veneno”.
      Vamos, pues, vislumbrando el manantial de la literatura que, como redivivos Doctores Livingstone en busca de las fuentes del Nilo, tratamos de descubrir. De momento, al menos, vamos descubriendo torrentes intermedios no menos caudalosos o poderosos que las cataratas Victoria que Livingstone descubrió en el corazón de África, esos que hemos denominado “acertijo”, “secreto”, “pecado”, “verdad”, “sombras”, “sueño”, “ser otro”…       
 
     Volvamos ahora, más en concreto, hacia ese concepto, hacia esa parte del río que estamos remontando en busca del manantial de la literatura que hemos denominado “verdad”. San Agustín afirmaba que “la verdad habita en nuestro interior”. Yo creo que eso es así, pero hay algo más que decir al respecto. Lo que habita en nuestro interior es una parte de la verdad, o la verdad en su grado incipiente, en su modo latente. La verdad que habita en nuestro interior lo hace sobre todo en forma de preguntas, intuiciones, interpelaciones, inquietud o inspiración. Y asimismo –esta es la otra parte de la verdad– llega a nosotros en forma de respuestas procedentes del exterior; o al menos como atisbos de algo que las musas envían, pero que hay que convertir en material externo, que hay que conseguir entrelazar con el campo de nuestras experiencias posibles en el mundo. Podríamos decir que somos el alambicado recipiente que toma la forma de signo de interrogación, de enigma por resolver, que viene a llenar el mundo externo con sus respuestas, reales o fabuladas. Cuanto más abramos nuestro interior para que emita preguntas, intuiciones, inquietudes, más verdad seremos capaces de contener. Esa verdad interior aparece como foco de luz que ilumina un trozo de realidad exterior, lo recompone, nos lleva a descubrir latencias o realidades implícitas que están ahí afuera, pero que no son evidentes, que hasta entonces estaban escondidas en ese mundo externo. Es eso precisamente lo que hacen las musas. Pondré un ejemplo para entender de qué hablamos, y recurriré no a lo que haya dicho, salvo indirectamente, ningún escritor, sino a lo que sentía un personaje de ficción, la protagonista de uno de los libros más leídos de los últimos tiempos, “Ofrenda a la tormenta”, de Dolores Redondo. Allí se cuenta cómo la inspectora Salazar, encargada de investigar unos crímenes que han tenido lugar en el valle del Baztán, tiene también ese tipo de inspiración, que llama “el rayo”, y que es tan frágil e inconsistente como un sueño, a partir del cual se le representan claves fundamentales destinadas a aclarar sus pesquisas, pero que apenas puede retener la memoria, igual que ocurre con los sueños, porque su código expresivo es, para empezar, muy diferente del que empleamos en la comunicación verbal y racional. Se trata, pues, de una intuición, de un foco de luz (de una verdad interior) que hay que trasladar al mundo real, al mundo externo, y allí darlo forma. Ernest Renan, escritor y filósofo francés del siglo XIX, planteaba esa pregunta a la que llega todo aquel que aspira a encontrar el sentido oculto de las cosas (y que también se hacía la inspectora Salazar para encontrar al autor de los crímenes que investigaba) -“¿Qué objeto os habéis propuesto?”, preguntaba Renan; y él mismo se contestaba: “-¡Eh! ¡Por Dios! el mismo que todos se proponen al escribir un libro: encontrar la verdad”.
     Para eso se inventó, efectivamente, la literatura: para desvelar la verdad, para poner cerco al secreto, como los israelitas hicieron con Jericó, atronando el aire, ellos con sus trompetas, los narradores con sus historias, los ensayistas con sus indagaciones, hasta conseguir que las murallas que protegen Jericó, el secreto, acaben derribándose. Cuentan historias los narradores, buscamos respuestas los que nos dedicamos más al ensayo, para ampliar los márgenes de la verdad, para descubrir el secreto que nos habita y habita en el mundo, para poder ir respondiendo a los acertijos que la Esfinge nos plantea por el mero hecho de haber venido a parar a la vida.
     A estas alturas ya hemos podido constatar que el escritor no escribe por capricho o por entretenerse, sino por necesidad. Decía Carl Gustav Jung al explicar los motivos que le impulsaron a escribir su autobiografía: “Un libro mío es siempre obra del destino. Existe en ello siempre algo difícil de prever, y yo no puedo prescribirme o proponerme nada. Así también la autobiografía toma ya ahora un camino distinto al que en un principio supuse. El que yo redacte mis antiguos recuerdos es una necesidad. Si lo abandono un solo día, se manifiestan inmediatamente desagradables síntomas físicos. Tan pronto como vuelvo a trabajar en ello, desaparecen, y recupero mi claridad mental”. Y Mario Vargas Llosa en su discurso de aceptación del Premio Nobel, que tituló “Elogio de la lectura y la ficción” hablaba de los efectos taumatúrgicos de la escritura: “En todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa”. De esa salida del túnel hablaba también María Zambrano cuando decía: “Todo libro es un hecho dramático, cuando menos polémico; sin conflicto de qué escapar, no se realizaría la acción dolorosa, angustiosa, que es dar nacimiento a un libro”.
     En conclusión, podemos decir, pues, que los motivos que llevan a escribir a los escritores son, en última instancia, los que empujan a poner luz en una zona oscura del alma, a dar solución a un acertijo, desvelar un secreto, incluso confesar un pecado que habita en nuestro interior, pero del cual apenas tenemos conciencia. Creo que la idea cristiana de que nacemos con un Pecado Original a las espaldas tiene que ver con esta necesidad de dar expresión a esa zona oscura del alma. Y quien no se atreve a fabular escribiendo, al menos fabula soñando; los sueños son literatura en su modo incipiente, y uno y otro modo de fabular cumplen la misma función: la de dar expresión a ese otro ser que somos en la sombra. Los escritores escriben por necesidad, de la misma forma que soñamos por necesidad; pasamos soñando tres años de nuestra vida, lo que evidentemente demuestra su importante función vital. Por otro lado, las áreas del cerebro que se activan cuando soñamos son las mismas que cuando imaginamos, por ejemplo, cuando leemos. A través de su tarea, los escritores, igual que los soñantes, asisten al desvelamiento de eso que les falta, y dan sentido a su vida a través de su búsqueda de otras realidades o de otras respuestas que amplíen o remedien la insuficiencia de la pequeña realidad en la que viven. Esas otras realidades, aun cuando sean fabuladas, ayudan a desvelar el secreto que nos habita. Un secreto que también es un monstruo (la “sombra” lo llamaba Jung) que si no lo sacamos a la luz, como en el cuento aquel en el que Conor era el protagonista, “nos comerá vivos”. Esas motivaciones que llevan al escritor a ejercer como tal están latentes en todos los hombres. La vida adquiere sentido cuando hacemos de ella una tarea que consiste en buscar eso que nos falta. Todos tenemos un secreto que desvelar, unas respuestas que dar al acertijo de la vida, incluso algo de lo que nos sentimos responsables y que la tarea de vivir ayuda a redimirnos de ello. Todos tenemos dentro un monstruo que hemos de domesticar para que no acabe comiéndonos vivos.